Por Francisco Javier Flórez Bolívar *

El negacionismo ha sido una de las armas que varios miembros del partido Centro Democrático han privilegiado como herramienta política en los últimos años. Hizo uso de ella, con total descaro, José Obdulio Gaviria, quien sugirió que los millones de desplazados que aún tiene Colombia no eran tales, sino que se trataban de migrantes. En su contraevidente cruzada por negar la existencia de un conflicto armado en Colombia, Gaviria pretendió hacerle creer a los colombianos que los desarraigados que se ubicaron (y se siguen ubicando) en los cinturones de miseria de las principales ciudades del país eran personas que voluntariamente salían de sus lugares de orígenes, y no seres que bajo amenazas, asesinatos de familiares o masacres en sus territorios se vieron obligados a abandonar familias, tierras, recuerdos…

La masacre de las bananeras, episodio que dejó un indeterminado número de trabajadores asesinados a manos del ejército de Colombia, ha entrado a engrosar la lista de hechos que miembros del Centro Democrático han pretendido ubicar en el terreno de lo inexistente. A través de un claro ejercicio de negacionismo, la congresista María Fernando Cabal, en diciembre del año pasado, señaló que los trabajadores asesinados eran parte del relato mágico creado por el escritor Gabriel García Márquez. A lo David Irving, el escritor británico que contra toda evidencia negó la existencia del holocausto durante el imperio de terror instaurado por Hitler en la Alemania Nazi, la hoy senadora Cabal concluyó que ‘la masacre de las bananeras es otro de los mitos históricos de la narrativa comunista’.

En Colombia, país que en medio del embrujo uribista se ha acostumbrado a aceptar lo contraevidente como un acto de fe, es necesario, una y otra vez, hacer uso de las herramientas que utilizó la historiadora Deborah Lipstadt y su equipo de defensa para dejar sin sustento la inaceptable afirmación de Irving y la demanda que éste le interpuso por acusarlo de negacionista del holocausto y poner en tela de juicio su prestigio como historiador.

La estrategia de defensa de Lipstadt, reconstruida magistralmente en la película Negación (2016), implicó, en primer lugar, acudir a la revisión de textos escritos con criterios ajustados a la rigurosidad propia del ejercicio histórico, y no a la mirada caprichosa de políticos calculadores. En el caso de la masacre de las bananeras, los trabajos sistemáticos de historiadores como Catherine Legrand y Mauricio Archila dan cuenta de los sucesos ocurridos entre el 12 de noviembre y el 6 de diciembre de 1928. Durante ese período, miles de trabajadores que laboraban en el enclave que la United Fruit Company estableció en el Departamento del Magdalena adelantaron una prolongada huelga en defensa de sus derechos laborales. No menos de 12 mil trabajadores, según algunas fuentes de la época, integraban la legión de protestantes que reclamaban, entre otras cosas, aumento salarial, seguros de riesgo, y respeto a la normatividad laboral colombiana. Estos mismos autores demuestran que la madrugada del 6 de diciembre trabajadores que se encontraban reunidos en la Plaza del Ferrocarril del Municipio de Ciénaga (Magdalena) fueron asesinados por militares al mando del general Carlos Cortes Vargas, quien fungía como Jefe Civil y Militar de la Provincia de Santa Marta.

La búsqueda y contraste de múltiples fuentes, otro elemento utilizado en la exitosa estrategia de defensa de Deborah Lipstadt, también sirve para sacar la discusión del terreno de lo ficcional en el que hábilmente María Fernanda Cabal, con su alusión al relato mágico de García Márquez, ubicó la masacre de las bananeras. La existencia de  la masacre la confirman diversas fuentes. El ya previamente citado general Cortes consignó en sus memorias que la cifra de trabajadores asesinados a manos del ejército fueron cuarenta y siete y no nueve, como inicialmente declaró en los famosos debates que el caudillo liberal Jorge Eliecer Gaitán lideró en el Congreso de la República. Fuentes que reposan en archivos de los Estados Unidos, como lo demostró Mauricio Archila, sugieren que los trabajadores asesinados ascienden a no menos de mil.

Este ejercicio de contraste de fuentes y la revisión de literatura rigurosa que adelantó el equipo de defensa de Lipstadt se complementó con la reconstrucción del lenguaje y espíritu de la época. El uso de este recurso, en el caso de las bananeras, es fundamental para desvirtuar la afirmación que el ejército accionó sus armas porque los manifestantes abandonaron las vías pacíficas y acudieron a las de hecho. Miembros del ejército disparando a protestantes fue una imagen que se convirtió en marca registrada de los regímenes oligárquicos que gobernaron en Latinoamérica entre 1880 y 1930. El establecimiento del orden, palabra en boga en aquellos tiempos y que ha retornado con el ascenso de regímenes autoritarios a nivel global, hizo que varios de estos gobiernos acudieran constantemente a recursos represivos.

En Colombia, diez años antes de la masacre de las bananeras, en el marco una huelga de trabajadores portuarios que inició en Barranquilla, se extendió a Santa Marta y luego a Cartagena, el ejército ya había disparado en contra de manifestantes. El 8 de enero de 1918, miles de trabajadores de Cartagena paralizaron el puerto y las actividades comerciales. Ese día, con el beneplácito del  presidente José Vicente Concha, las autoridades militares, en nombre de la defensa de la propiedad privada, abrieron fuego en contra de los manifestantes. El saldo, según la prensa de la época, fue de tres muertos y numerosos heridos. Este libreto, de declaratoria de estado de sitio, defensa de los intereses de multinacionales y luego uso de la violencia contra los manifestantes, fue el mismo que el presidente conservador Miguel Abadía Méndez puso en escena en Ciénaga el 6 de diciembre de 1928.

Hoy, que se conmemoran los 90 años de la masacre de las bananeras, es imperativo poner en contexto los hechos sometidos al burdo negacionismo y restituirles la personalidad histórica que se le pretende negar. Este ejercicio de contextualización es clave porque las narrativas tienen el potencial de liberarnos de los traumas, pero a la vez, dejadas en manos de los negacionistas, pueden condenarnos a eternizar fratricidas conflictos. Y en Colombia, ahora que el uribismo pretende nombrar seudoacadémicos en el Centro Nacional de Memoria Histórica, esta labor en contra del asalto a la verdad histórica se hace más apremiante. Por eso hoy, en un claro y necesario ejercicio de memoria, las marchas universitarias recordaran a los trabajadores caídos en la masacre de las bananeras que los negacionistas del Centro Democrático pretenden borrar de la Historia.

* Historiador de la Universidad de Cartagena, con Maestría en Historia, Graduate Certicate in Latin American Studies y PH. D en Historia de la Universidad de Pittsburgh. 

 

 

 

 

 

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