Reflexión: ojalá no tengamos que comernos una naranja con sal

Por Ángelica Villalba Eljach *

La economía naranja suena en el mundo desde hace rato. El primero en hablar de ella fue John Howkins en el 2001 bajo el rótulo de economía creativa. La relación cítrica, en cambio, es un poco más cercana: se la debemos a Felipe Buitrago y al joven presidente de la República de Colombia, Iván Duque Márquez, quienes publicaron el libro ‘La economía naranja: una oportunidad infinita’ cuando trabajaban en el Banco Interamericano de Desarrollo -BID en el 2013.

Hoy, el concepto de economía naranja convoca cada vez más a un número significativo de personas que creen que el asunto trata de la promoción e inversión en actividades culturales; inclusive, creen que se relaciona un poco con ‘la superación personal’. Esta pista que les entrego la obtuve la semana pasada en un evento que, aunque gozó de una organización impecable y de invitados maravillosos, tuvo una única excepción: un desafortunado panel sobre economía naranja, que a más de un apasionado y entendido del tema dejó confundido.

Por esta razón decidí escribir sobre el asunto, y debo confesarles que organizar todas mis ideas ha resultado un gran reto, porque siento la necesidad de abarcar muchas cosas que no podré resolver en una sola columna.

Ahora bien, debo señalar que el término ‘economía naranja’ es cada vez más popular. Se podría comparar, tal vez, a cuando comienza a sonar una nueva canción de reggaetón en la radio: la ponen en los buses, en los taxis, en los almacenes de ropa, en las voces de los artistas callejeros, hasta que la empezamos a cantar, así no nos guste. No les de pena admitirlo que a todos nos ha pasado.

Lo anterior nos obliga a buscar con más calma eso de lo que realmente habla este concepto. Extraigo del mismo libro del BID que he mencionado unos párrafos antes, la definición más resumida que vamos a encontrar de economía naranja: es el conjunto de actividades que de manera encadenada permiten que las ideas se transformen en bienes y servicios culturales, cuyo valor está determinado por su contenido de propiedad intelectual. El universo naranja está compuesto por: i) la Economía Cultural y las Industrias Creativas, en cuya intersección se encuentran las Industrias Culturales Convencionales; y ii) las áreas de soporte para la creatividad.

En este orden de ideas, la primera reflexión que pongo sobre la mesa es que, para poder entender de qué es que nos están hablando, debemos comprender cómo funciona nuestro sistema económico, cuáles son las proyecciones económicas del país y los incentivos (o inclusive restricciones) que existen alrededor de los sectores que componen el llamado ‘universo naranja’.

Estos sectores son los denominados convencionales como el editorial, el audiovisual y el fonográfico; así como otros donde se encuentran las artes visuales, escénicas y del espectáculo; el turismo y el patrimonio material e inmaterial; la educación artística y cultural; y las nuevas áreas que se relacionan con las creaciones funcionales como el diseño y creación de software, la industria de la moda, las agencias de noticias y otros servicios de información, y el diseño (de interiores, de artes gráficas, de joyas, de juguetes y de productos).

Les pregunto ahora: ¿sabemos cómo es la dinámica económica de estos sectores en el país? ¿Cómo funcionan en Cartagena?

Tal vez por desconocimiento general de las normas, proyectos y planes que rigen a este amplio abanico de opciones creemos que si una persona abre un hotel, o si desarrolla un emprendimiento relacionado con la producción videográfica o si monta un show cualquiera ya está contribuyendo a la economía naranja. La suposición no es correcta porque la idea principal de este concepto que trato de ilustrar aquí, es que se debe generar valor y deben generarse procesos (encadenados) que permitan la innovación de productos y de servicios (consumibles) en los sectores mencionados.

La base de la economía naranja es el conocimiento y el talento para innovar y crear, y aquí viene entonces mi segunda reflexión. ¿Qué tan preparados estamos para la economía naranja en un país donde el presupuesto para cultura y para ciencia, tecnología e innovación es cada vez más escaso? ¿Cómo hacemos en Cartagena para generar cambios sustanciales en la sociedad, si creemos que el motor que nos sacará adelante son las formas del entretenimiento, el consumo cultural y la oferta de servicios culturales?

Aplaudo que el gobierno central lidere este discurso, y que grandes conglomerados del sector privado lo respalden. En verdad creo que la economía naranja, como el título del famoso libro, nos ofrece una oportunidad infinita. Pero hasta ahora no hemos visto el ‘cómo’ en lo que va de construcción del Plan Nacional de Desarrollo, haciendo que las metas se ven etéreas. Mi gran preocupación y última reflexión en este texto es que, tal vez, nos tengamos que pasar esta naranja ácida con sal y no como la naranja dulce y refrescante que puede llegar a ser.

* Internacionalista de la Universidad del Rosario; Master en Análisis de problemas políticos y económicos contemporáneos de la Universidad Externado de Colombia y la Universidad de París III – Sorbona Nueva; Correctora de estilo de la Escuela Cursiva de la editorial Penguin Random House.

 

 

 

 

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