La final del tercer mundo

Por Juan Camilo Ardila Durante *

Por otra tormenta, pero esta vez de imbéciles disfrazados de hinchas, el partido entre River Plate y Boca Juniors fue postergado para hoy domingo a las 3 de la tarde. Pero en este momento, mientras escribo estas líneas, aún es difícil pronosticar si finalmente se jugará. Ni Argentina ni Suramérica parecen estar preparados para que haya final.

Las imágenes que se sucedían en la transmisión en la tarde de ayer desde que unos criminales agredieron al bus que transportaba a los jugadores de Boca Juniors, y los policías, en su intento por dispersarlos, terminaron afectando a los jugadores con gases lacrimógenos, parecían más reproducir la secuencia de una guerra que una fiesta deportiva.

Una tarada mujer que ató bengalas en el cuerpo de una niña, posiblemente su hija, para burlar la seguridad del estadio fue la representación perfecta aunque dramática de que el fútbol en Argentina ya no se vive con pasión sino con demencia. Cuando se produjo hace menos de un mes la posibilidad -hermosísima en ese momento – de que se jugara la final entre River y Boca, pensaban los analistas deportivos que se daba para dignificar al fútbol argentino. Hoy tenemos claro que esta histórica final se produjo para exponer sus miserias; para reflexionar el porqué se juega sin público visitante desde hace un tiempo. Ahora, por lo visto, se superaron con creces: tampoco se puede jugar con los jugadores visitantes. Están matando progresivamente al fútbol. No se puede jugar así. No se puede vivir así.

Una tarada mujer ata bengalas en el cuerpo de una niña para burlar la seguridad del estadio

Además de la lamentable señora vimos repetidamente las imágenes de las piedras rompiendo los vidrios del bus donde viajaban los jugadores, de los violentos riéndose de su hazaña, de los policías -incapaces – lanzando por doquier gases pimienta, de jugadores vomitando al entrar al estadio, de dos de ellos saliendo del estadio para ser atendidos en una clínica; uno de ellos, Pablo Pérez, capitán de Boca, con el riesgo de tener que ser operado en el ojo izquierdo; de directivos reunidos durante horas para ver si se jugaba o no el partido, sin importarles a varios de ellos el estado de salud y emocional de los jugadores. “El show debe continuar”, pensarían seguramente sentados con sus trajes impecables. El partido lo reprogramaron primero para las 5:15 p.m. pero luego lo suspendieron definitivamente, lo que generó mayor enfado en los simpatizantes de River que llenaron desde muy tempranas horas El Monumental. Una vergüenza. Y aún no sabemos si lo peor aún está por suceder.

A esta hora del día en el que presuntamente se jugará la final, las directivas del Boca Juniors estudian solicitar que se sancione a River con la pérdida del partido, como ya les sucedió a ellos en 2015 tras el bochornoso suceso del gas pimienta mientras Boca y River jugaban en La Bombonera el partido de vuelta de los octavos de final de La Libertadores. En ese entonces la Conmebol resolvió dar por ganada la serie a River y aplicó a Boca una pena de cuatro partidos a puertas cerradas como local y otros cuatro sin sus hinchas cuando fuera visitante.

La final corre el riesgo de no jugarse, pero no solo porque se acepte esta solicitud que podría presentar el equipo agredido ayer. La final corre un riesgo porque el miedo a los bárbaros que se tomaron el fútbol en Argentina es aún más grande si se piensa lo que puede llegar a ocurrir cuando se tenga a un ganador y a un perdedor. Pase lo que pase, ya es un hecho que en la final del tercer mundo, que fue en lo que terminó convertida esta definición de la Copa Libertadores – todos fuimos los derrotados.

* Comunicador social – periodista, especialista en Periodismo digital.

juancardila@gmail.com

Contexto:

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