En Higueretal, San Cristóbal, un corazón late al ritmo de un tambor

Por Rudy Negrete Londoño *

A sus 98 años, don Guillermo Cueto Ávila recuerda con absoluta precisión que la primera vez que tocó un tambor fue a la edad de cinco años. ‘Papa Guille’, como todos le llaman, es una leyenda bolivarense de la música ancestral. Hoy se acuerda que siendo apenas un chiquillo acudía de manera instintiva por los rincones de su poblado a esos lugares donde identificaba, mientras caminaba por los callejones de las zonas rurales, que provenía aquel bullicio estrepitoso de la danza del Son de Negro. Desde entonces, los oídos de Guillermo eran conducidos por una intensa atracción provocada por el sonido de los tambores.

Oriundo del corregimiento de Higueretal, ese pueblo pesquero con algo más de 2.500 habitantes perteneciente al municipio de San Cristóbal, de casas coloridas y donde sus pobladores trabajan en la modalidad de colonos al interior de las parcelas de los terratenientes por tiempos determinados, Guillermo se dejó cautivar por esos mismos tambores que sirvieron desde las épocas de la Conquista como instrumento de guerra para avisar a los negros cimarrones cuando los invasores europeos llegaban a los territorios africanos de las Américas.

Hoy Guillermo Cueto se encuentra provisto de aquel primor que trae el peso de sus años, acomodado en una mecedora en el patio de su casa del Barrio Abajo, sector del Cañito, desde donde combate una diabetes. Pero sus quebrantos de salud aún no logran apagar esa voz enérgica con raigambre africano con la que acompaña el eco impetuoso de su tambor.

Su tez trigueña y sus fibras musculares surcadas por la aspereza de la edad aún dan cuenta de la firmeza con que fabricaba sus propios tambores de cuero tensado de carnero y caja de palmiche. Tal vez sin descifrar que ese poderoso instrumento era, en definitiva, el símbolo inequívoco de los grandes imperios africanos. Tampoco esperaba el maestro Cueto que, con el paso del tiempo, los tambores lo convertirían en el máximo exponente musical de su comarca.

Y aunque ya no sale de su residencia, todos en su comunidad reconocen que él sigue siendo el invencible tamborero que disputó en muchas ocasiones para poner en alto el nombre de Bolívar en los famosos Festivales del Son de Negro que tenían lugar en Santa Lucía, Departamento del Atlántico. Justamente detrás de San Cristóbal, su municipio.

Desde este pueblo bolivarense y caluroso del trópico, rodeado por las Ciénagas de Tupe, Capote y Zarzal, Don Guillermo resplandece con su sonrisa de siempre. Con aquella cordialidad y simpatía que le son habituales y que se aprecian mientras entona sus estrofas de cantos populares.

Este entrañable patriarca, a sus casi cien años, aún es dueño de una versatilidad y destreza única al tocar el tambor. Y por ello, adonde él acuden las nuevas generaciones para que les instruya en este arte que él supo asimilar de forma empírica, lo que hoy lo convierte en toda una institución.

También, a las puertas de su casa concurren visitantes curiosos de Barranquilla y Cartagena para que los deleite con una demostración mágica de su talento, a través de sus manos potentes y rápidas, con la furia imparable de sus dedos con los que pone a sonar un tambor al golpe de la percusión.

Yo toco el tambor con fuerza porque así siento que late mi corazón”, expresa, mientras acaba de entonar la ‘La rama de Tamarindo’, un clásico de la herencia africana que interpreta a la perfección, sentado mientras se engancha un tambor entre sus piernas, acompañado del compás de las palmas unánimes de toda una multitud que lo rodea a las afueras de su vecindad.

Le deseamos larga vida al ‘Maestro Guille’, quien tuvo la osadía de convertirse en un tamborero único en su especie. Tan auténtico como el manatí antillano que solamente habita en las aguas profundas de los complejos cenagosos de su natal Higueretal.

* Comunicador social – periodista

 

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