Por Francisco Javier Flórez Bolívar *

El movimiento de los estudiantes, trabajadores y profesores de las universidades publicas colombianas es político se les escucha decir, en tono descalificatorio, a algunos directivos del Sistema Universitario Estatal -SUE-. Lo anuncian como quien tiene un momento de epifanía y pretende ofrecer luz sobre algo que amerita ser aclarado. Lo proclaman como una suerte de revelación de la que los participantes de este legítimo movimiento no estamos conscientes y debemos reconocer. Realmente es una verdad de Perogrullo. ¡Claro que tiene una naturaleza política!

Y la tiene porque las universidades, en esencia, son un espacio político. Por si no lo recuerdan o prefieren olvidarlo, estimados directivos, las universidades republicanas fueron parte del ritual fundacional de las naciones que surgieron tras la consecución definitiva de la independencia en las primeras décadas del siglo XIX. Las regionales de Tunja, Popayán y Magdalena e Istmo (hoy Universidad de Cartagena), junto a las centrales de Quito, Caracas y Bogotá, fueron creadas por Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander con un claro propósito político: formar a los dirigentes de la Nación. Las que surgieron en la segunda mitad del siglo XIX, entre ellas la Universidad  Nacional de Colombia, fueron concebidas por los dirigentes liberales para consolidar su proyecto de formar ciudadanos conscientes y dispuestos a defender los derechos que les garantizaba ser hijos de una república.

El actual movimiento universitario también es de naturaleza política porque, precisamente, buena parte de las universidades han continuado (pese a la antidemocrática visión de algunos directivos) con esa actividad misional de formar ciudadanos. La Universidad de Cartagena, por ejemplo, aparte de formar profesionales “competentes en distintas áreas del conocimiento”, les brinda a sus estudiantes fundamentación para “ejercer una ciudadanía responsable, contribuir con la transformación social, y liderar procesos de desarrollo empresarial, ambiental y cultural en los contextos de su acción institucional”. Esto último, particularmente, es lo que hemos venido realizando estudiantes, profesores y trabajadores universitarios. Hemos ejercido la ciudadanía a través de la organización de asambleas, la opinión, la protesta, las miradas críticas y la búsqueda de mecanismos de diálogo y concertación.

El movimiento universitario tiene una naturaleza política porque, producto también del ejercicio responsable de la ciudadanía, miles de ciudadanos estamos defendiendo un derecho por el que las generaciones que nos precedieron pagaron un alto costo. Conocidos son los esfuerzos que desde finales del siglo XVIII hombres y mujeres hicieron para que se permitiera la formación de sus hijos, sin tener en cuenta cuestiones de raza y clase. Y una vez conseguido ese derecho, varias han sido las disputas para que de manera efectiva se garantice el mismo. Por ejemplo, como lo he mostrado en algunos de mis estudios, en los años diez y veinte del siglo XX, a los hijos de los artesanos o campesinos se les quería hacer creer que solo estaban destinados  a ejercer los oficios de sus padres y no a estudiar profesiones; eso, de manera natural, le correspondía a miembros de las élites. En los años 40 de esa misma centuria, estudiantes de origen afrodescendiente de la Universidad de Cartagena tuvieron que confrontar a profesores que les decían que su destino ineluctable era vender carbón y no estudiar medicina. En los años sesenta y setenta, al calor del mayo del 68, líderes estudiantiles que defendieron el carácter público de la educación tuvieron que lidiar con las torturas, desapariciones y asesinatos.

Varios de los directivos del SUE, en vez de seguir creyendo que están haciendo una gran revelación al decir que el movimiento universitario es de naturaleza política, deben retornar al significado originario de la palabra Universidad. Tal significado, por ningún lado, hace alusión a la imposición de un pensamiento único. Todo lo contrario: evoca universalidad y totalidad, lo cual supone el respeto a las múltiples visiones que defienden los distintos miembros de la comunidad universitaria. En el pasado, la escasa voluntad política para comprender lo que significa la Universidad en su amplia dimensión condujo a la estigmatización de trabajadores, profesores, directivos y estudiantes. En esta oportunidad, en el marco del actual movimiento universitario, es hora de demostrar que, como lo anuncian varias de las misiones y visiones de las universidades públicas del país, están comprometidos, a través de la educación, con la elaboración y re-significación del proyecto de nación.

Fotografía del Claustro de San Agustín, cortesía de Daniel Arrieta Rincón

* Historiador de la Universidad de Cartagena, con Maestría en Historia, Graduate Certicate in Latin American Studies y PH. D en Historia de la Universidad de Pittsburgh. 

 

 

 

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