Catástrofe ciudadana

Por Germán Danilo Hernández *

Cuando se presentan circunstancias excepcionales que afectan a la organización social, los Estados contemplan, entre otros recursos, la declaratoria de emergencias, figura que permite concentrar esfuerzos y recursos institucionales para superar adversidades o calamidades públicas. Así, por ejemplo, se declaran emergencias económicas, sociales, ambientales, de orden público, etc.

En Cartagena desde hace rato están dadas las condiciones para la declaratoria de todas las emergencias posibles; su estado de postración en casi todos los frentes es de tal magnitud que algunos expertos y analistas ya no dudan en calificarla como “ciudad inviable”.

Si bien el sector político ha sido uno de los desencadenantes del caos en que se encuentra inmersa Cartagena, al momento de establecer responsabilidades puntuales no queda títere con cabeza: la empresa privada, los gremios, la academia, los medios de comunicación, los organismos de control, la Iglesia y la propia ciudadanía, han aportado granos y montañas de arena a la hecatombe que amenaza con sepultarnos.

De todos los males identificados, uno de los más nocivos es la actitud ciudadana frente a su propia tragedia. Hasta la herencia histórica de resistencia y combatividad se ha perdido. Su condición de ‘heroica’ parece haber quedado relegada a un simple remoquete de recuerdos de identidad, que más se asemeja a una bandera arriada.

La perversidad con la que las estructuras de poder encontraron en las masas populares la validación de sus apetitos desbordados, conllevó a que el interés individual, asociado a la imperiosa necesidad de satisfacer necesidades vitales, se antepusiera a una visión colectiva de ciudad, dando paso al desdén, a la desidia o dicho en términos coloquiales a un ‘importaculismo’ generalizado frente a lo que pase.

En cualquier sociedad civilizada del mundo, uno solo de los escandalosos hechos que han ocurrido recientemente en Cartagena, habría sido motivo de levantamiento popular, pero la ciudad continúa impasible, adormecida, inmersa en un letargo desesperanzador, y para colmo centrada en rebatiñas parroquiales, con las que se sigue cavando en el fondo que ya se creía haber llegado.

Desde perspectivas extremas del pesimismo y del optimismo, se cree que todo está perdido por que “no es posible salvar a una ciudad que no quiere salvarse” o que si se puede hacer algo despertando a una masa crítica de ciudadanos, que logre reponerse, como otras ciudades que han padecido problemas similares”.

Aunque hay razones para la desesperanza, estimo que no se puede claudicar en la recuperación de la dignidad colectiva. El momento de transición que hoy tiene Cartagena con el nuevo alcalde (e) Pedrito Pereira, podría ser punto de partida y a partir de la declaratoria simbólica de una “catástrofe ciudadana” intentar desde bases pensantes la unidad de esfuerzos por el rescate de esta ciudad descuadernada.

* Periodista, columnista, docente universitario y asesor de comunicaciones.

 

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