La player, la Madame y la ciudad

Por José Luis Osorio Galvis *

En lo que va corrido de este siglo, millones de personas han experimentado las múltiples formas en las que se distorsiona la información en las redes sociales. Y, quizá, entre los contenidos que más se propagan se encuentran los que tienen tintes de escándalo, como el enorme bullicio en torno a la mujer que llaman ‘La Madame’; o Madame a secas, sin el artículo.

En todas las clases de la sociedad cartagenera se ha hablado de esto, se desmenuza el tema y en muchos casos se disfruta, con risas, con algarabía. Y, claro, no faltará el que mire las imágenes con ojos de moralista censurador. Tampoco el religioso que vea en la situación una abominación babilónica, signo de los últimos días antes del Juicio Final.

Aún así: ¿quién podría desconocer que la nuestra es una sociedad que exalta a quienes ostentan la opulencia, la desmesura y el desenfreno sexual? Vale la pena, una y otra vez, preguntarse sobre cuál viene siendo el papel del cuerpo femenino en esta sociedad de espectáculos multitudinarios en la que vivimos. Un papel que es en extremo contradictorio. Es, al tiempo, ‘territorio’ de tapujos, de censuras, de ascos, y, a la vez, ‘territorio’ anhelado, de ansias brutales, de luchas políticas y de revoluciones sociales.

Tomemos, por ejemplo, un videoclip de Youtube que a la fecha tiene 182.160.699[1] reproducciones. Podemos ver desde los primeros segundos a una mujer voluptuosa, entre sombras; de labios carnosos y actitud insinuante. Uno de los cantantes, Zión, la tilda de esquiva y la describe en medio de la fiesta, donde parece ser que es dueña de sí misma y de sus movimientos. Más adelante la llama ‘bandolera’ y nos da a entender que es una adúltera, quizá tanto más deseada porque es prohibida y una relación con ella exige artilugios y engaños.

En medio de la iluminación rojiza, apoltronado en un sofá, aparece otro de los cantantes, Lennox, rodeado de mujeres que bailan riéndose con cara de satisfacción—sea o no fingida—. La nuestra es una sociedad que eleva a posición de privilegio al hombre que está en el centro de una escena como la descrita. Quizá no es exagerado llamar ídolo al norteamericano Dan Bilzerian a quien casi veinticuatro millones de usuarios siguen en Instagram y son testigos de sus alardes.   

Ni qué decir sobre nuestra cultura de narconovelas, nuestra cultura de dinero fácil, de enriquecimiento ladino y aprovechado. El sistema de valores representado en el reguetón, que se ha metido en tantos rincones del espíritu humano contemporáneo, revela, en el caso de la sociedad colombiana, nuestra hipocresía.

El escándalo mediático de Liliana Campos, alias ‘La Madame’ –Mauricio Rubio, en una columna publicada el jueves pasado en El Espectador, la compara con la prostituta canadiense Terri-Jean Bedford[2]­—  congrega a miles de individuos que se sienten legitimados para opinar con autoridad de juez de social media.

En estos días se habla de ‘linchamiento digital’ o ‘linchamiento en redes’, y viene a cuento un capítulo de Los Simpson de 1996, en el que Bart es contratado para trabajar en una mansión que ofrece espectáculos eróticos con mujeres desnudas. La mayoría de los habitantes del pueblo saben del lugar, y muchos de ellos son clientes asiduos de Belle, la dueña de la casa. Al final Marge convence a la comunidad de Sprinfield de destruir la mansión. Camino al lugar, el director de la escuela primaria sostiene algo así como: “no hay justicia como la de una turba furiosa”.

Hemos podido ver imágenes de las fiestas que ofrecía La Madame: ostentación, lujos, licor, drogas, carne, y es inevitable acercarnos a estos temas desde una posición moral propia. Si vemos en detalle lo ocurrido comprobáremos la comisión de vaya uno a saber cuántos delitos en el contexto del Código Penal Colombiano. Y es cierto, también, que los asistentes a estas bacanales representan a muchos individuos que querrían participar de toda esa orgía que para otros no es más que degeneración.

Estamos hablando de unos apetitos que procuran reprimirse desde una moral que llamaríamos diurna, pero esos mismos apetitos están latentes desde hace miles de años, y son un campo de posibilidades ciertas para otros. Viendo algunas de las grabaciones parece que los asistentes, hombres y mujeres, estuvieran encantados regodeándose en sus excesos. De seguro en los expedientes que la investigación judicial sacó a la luz se evidencia la explotación, el abuso y el horror.

Liliana Campos, como lo hizo en 2013 Terri-Jean Bedford, dijo que iba a “prender el ventilador” para revelar nombres de empresarios y políticos poderosos que usaron sus servicios. La canadiense nunca lo hizo; habrá que ver qué pasa con La Madame en Colombia.

En toda esta historia, una vez más, se revela el poder al lado de la riqueza y el exceso, el poder en abuso permanente sobre el otro, como en una de esas películas sadeanas de Tinto Brass.

[1] Este número crece masivamente con el paso de las horas.

[2] Esta mujer se hizo tan poderosa que logró enfrentarse a la juridicidad canadiense y rebatió mucho de la legislación sobre el comercio sexual en Canadá.

* Abogado, docente universitario, decano de la Facultad de Ciencias Sociales de Tecnar.

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