Luisinho Salas Martínez, o la Historia como redención

Por Francisco Javier Flórez Bolívar *

Luisinho Salas Martínez vio llegar parte de las madrugadas del año 2003 trabajando en alguna finca cercana a su natal Sudán, un corregimiento del Municipio de Tiquisio, Sur de Bolívar. Esta zona, para entonces plagada de actores armados ilegales, fue privilegiada por grupos guerrilleros y paramilitares para hacer crecer sus finanzas a partir de los cultivos ilícitos. Varios campesinos o sus hijos, que antes se dedicaban a la siembra de yuca, ñame o maíz, como por inercia, fueron empujados a los campos inundados de coca. Lo propio ocurrió con quienes tradicionalmente habían vivido de la minería artesanal que históricamente se ha practicado en la región, y también con los que se habían acostumbrado a lanzar sus atarrayas para extraer peces de las aguas del imponente río Magdalena. Recolectar la hoja de coca, a cambio de 30 mil pesos por arroba, se convirtió en un oficio obligado en un territorio generoso en falta de oportunidades laborales bien remuneradas.

Luisinho, que para la época ya contaba con dieciocho años de edad, fue uno de los que pareció resignarse a ese destino. Su jornada, en fincas ubicadas a cuatro horas, a pie, de Sudán, iniciaba a las cinco de la madrugada, cuando despertaba y preparaba todo para luego perderse en los cultivos entre las siete de la mañana y las seis de la tarde. Cubriendo sus manos con pedazos de tela de toldos para evitar el maltrato, se aferraba a las matas de cocas hasta dejarlas sin hojas y hacerlas caer en un costal que ubicaba al pie de las mismas. A diferencia de los experimentados en el oficio, que recolectaban entre diez y doce arrobas por día, Luisinho a duras penas llegaba a  una y media o dos.

La inexperiencia de este improvisado raspachin se explicaba por el proyecto de vida que sus padres, Víctor Manuel Salas y Virgelina Martínez, habían pensado para él y sus ocho hermanos. Su madre, ama de casa, y su padre, pescador y agricultor, procuraron que todos sus hijos culminaran sus estudios de bachillerato en la Institución Educativa Francisco de Paula Santander de su pueblo. Luisinho, en particular, mostró un marcado interés por la lectura; algo que forjó leyendo las cartas que paisanos fuera de Sudán les enviaban a algunos de sus vecinos, o aprovechando las páginas de periódicos que su madre pegaba en las paredes para adornar su casa.  En el Francisco de Paula Santander, su profesor de Ciencias Sociales, Luis Ospino Rivera, aparte de fortalecerle sus competencias en lectura y escritura, lo aproximó a las formas críticas de analizar los procesos históricos. Y, cuando Luisinho terminó el bachillerato en el año 2002, le insistió en la necesidad de avanzar en su proceso de formación en algún centro universitario de la costa Caribe.

La idea de cursar  estudios universitarios la reforzaba también la necesidad de escapar a los cantos de sirena de la guerra. Enrolarse en la guerrilla o en los grupos paramilitares fue el destino que varios de sus conocidos abrazaron o, en su defecto, les tocó abrazar. Esa nunca fue una opción para él; al contrario, había vivido tan de cerca los rigores del conflicto que la única arma que estaba dispuesto a empuñar era la de la educación. Durante su niñez y adolescencia, cuando la guerrilla ejercía una fuerte presencia en la zona, los enfrentamientos entre este grupo y los militares fueron permanentes, y en varias ocasiones su madre Virgelina tuvo que salir a buscarlo al colegio ante la inminencia de una inesperada toma guerrillera. Después, cuando los paramilitares edificaron su imperio en Sudán y sus alrededores, no sólo presenció parte del ritual dantesco que hizo infamemente célebres a estos escuadrones de la muerte, sino que también vivió de cerca el accionar de este grupo armado: uno de sus tíos materno fue asesinado en el año de 1998.

La puerta para no terminar siendo parte de esta sinfonía de guerra e iniciar su formación universitaria se la abrió su profesor Luis Ospino Rivera, en el año 2004. Ospino Rivera, tras enterarse de las aventuras como raspachin de su destacado alumno, le sugirió viajar a su casa en Calamar (Bolívar), y preparar desde allí el examen de admisión a la Universidad de Cartagena. Luisinho no dudó en aceptar la invitación. Con algo de los recursos que ahorró desojando matas de coca, viajó al otrora vibrante puerto bolivarense, trabajó seis meses como ayudante de albañilería de un hermano de su profesor, y presentó con éxito su examen en la mencionada institución. Su padre, haciendo una inocente relación entre la profesión que se estudia y el éxito económico que se obtiene, lo soñaba estudiando Derecho; pero Ospino Rivera ya había sembrado la semilla de la Historia en Luisinho.

En julio del 2004 aterrizó en Cartagena para iniciar su formación como historiador. La vida como universitario, al igual que la de muchos provincianos humildes, fue una llena de dietas no sugeridas por el nutricionista sino impuesta por las condiciones económicas; largas caminatas cuando los recursos escaseaban para los pasajes; fotocopias de libros que al circular de mano en mano desafiaban la lógica capitalista de la propiedad privada; y habitaciones que debían imaginarse espaciosas para albergar en sus reales dimensiones a un número mayor de personas de las proyectadas. Pero también fue un período lleno de amigos dispuestos a darle vida a la palabra generosidad; profesores que sin caer en la trampa de la arrogancia saben para qué está hecho el conocimiento; horas y horas de estudio para adquirir herramientas académicas e investigativas; y, sobre todo, elementos útiles para forjar un proyecto de vida signado por la disciplina de trabajo y la capacidad de transformar sueños en metas y objetivos realizables.

Luisinho, junto a uno de sus amigos de infancia: José Luis Martínez. Al fondo, las estribaciones en las que se encuentra Sudán, jurisdicción de Tiquisio.

Los frutos de los esfuerzos realizados y el aprovechamiento de las posibilidades que le brindaron ángeles terrenales empezaron a reflejarse en el 2009. En diciembre de ese año, tras completar de manera exitosa sus créditos académicos, pasar por el semillero de investigación del Instituto Internacional de Estudios del Caribe de la Universidad de Cartagena y redactar su monografía, Luisinho se graduó como historiador. Su tesis sobre el proyecto educativo del liberalismo radical en el Estado Soberano de Bolívar (1870-1886), dirigida por el también historiador Roicer Flórez Bolívar, recibió la distinción de meritoria. Al año siguiente, tras competir en una convocatoria nacional abierta por Colciencias, fue seleccionado para hacer parte del programa Jóvenes Investigadores e Innovadores, iniciativa que, a través de una beca-pasantía, ofrece la posibilidad para que egresados menores de 28 años adelanten durante un año un ejercicio de investigación e ingresen a las redes del conocimiento especializado.

Esta experiencia académica e investigativa, aparte de permitirle publicar reseñas y un par de artículos en revistas de circulación regional, lo animó a contemplar la posibilidad de cursar sus estudios de posgrado en el exterior. El provinciano que ante la falta de oportunidades se vio obligado a trabajar de raspachin, o que los fines de semana acompañaba a su padre a jornadas de pesca, ahora se sabía con el carácter suficiente para adelantar sus estudios de maestría y doctorado fuera del país. Y la beca para hacerlo no tardó en llegar. En el 2014, al tiempo que había pasado el examen para ser docente del magisterio en Colombia, obtuvo una beca para realizar su maestría en Historia en la Universidad Autónoma de Zacatecas, en México. Allí, bajo la dirección del historiador René Amaró Peñaflores, realizó con éxito su master entre 2015 y 2016. En esta oportunidad, su tesis Educación, maestro y ciudadanía en el tránsito del liberalismo radical a la Regeneración: el caso del Bolívar Grande, 1870-1899”, también fue meritoria y le garantizó su admisión al doctorado.

El pasado 27 de junio, mi hermano Roicer y yo tuvimos el placer de comentar, vía Skype, los avances de la tesis doctoral que Luisinho viene adelantando sobre educación y sociabilidades en el Caribe colombiano durante las tres últimas décadas del siglo XIX e inicios del  XX. En  agosto de 2020, cuando culmine su doctorado, sus familiares, incluida su pequeña hija Malena, hablarán de la trayectoria de alguien que en catorce años pasó de ser un raspachín de hoja de coca a convertirse en Doctor en Historia. Quienes lo hemos acompañado, como docente o amigo, aparte de expresarle nuestra admiración, celebraremos los 27 años de funcionamiento de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad de Cartagena y su rol en la formación de profesionales provenientes de las barriadas humildes de Cartagena y de las provincias del Caribe colombiano. Y por supuesto, ahora que los profetas del neoliberalismo y sus áulicos ven la educación como un bien de consumo, reafirmaremos nuestra convicción de que la superación de la violencia y la redención de la sociedad colombiana no pasa por la aniquilación del último actor armado ilegal del país, sino por garantizarle a jóvenes nacidos en territorios como el de Luisinho la posibilidad de acceder a uno de sus derechos fundamentales: la educación.

* Historiador de la Universidad de Cartagena, con Maestría en Historia, Graduate Certicate in Latin American Studies y PH. D en Historia de la Universidad de Pittsburgh. 

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