Una historia de la esquina

Por Danilo Contreras Guzmán *

danilo-contrerasHay una alegría incontenible en los niños de los barrios populares que logra superar la dureza que los días les traen desde tempranito.

Crecí entre dos o tres esquinas de un barrio humilde de Cartagena, y entre los amigos de esa infancia que sigue alejándose sin pausa estaba William Segovia, cuyo sobrenombre (todos lo teníamos o tenemos) es más perdurable entre nosotros: El Kirry. Ese apodo tenía sutiles variantes: algunos le decían Pirry, otros Mapirry; en fin. Nunca supe el origen de ese nombre de calle, ni quien se lo asignó, pero tal vez ahora que su ausencia es una presencia de otro tipo en el barrio, una casi leyenda construida de recuerdos, hipérboles y anécdotas, solo tal vez, por curiosidad, lo intentaré averiguar.

El Kirry era hijo de dos personas honorables y de principios, de esos que no se aprenden en escuelas o universidades. Carmela, su madre, cuya delgadez William heredó con sumo detalle, era una mujer sufrida y de trabajo a quien no le faltaba la alegría, que es nuestra forma de la felicidad en nuestro barrio. Fritaba, según mi memoria, todas las mañanas, en la esquina de la calle 11 de noviembre con Ricaurte de Lo Amador. No dudo que con ello complacía a su madrugadora clientela.

Un hijo de la señora Delia -una de sus vecinas – solía hacer su encargo a voz en cuello desde una distancia exacta de media cuadra: “Carmela, mándame dos arepitas, pero le pones dos huevitos a cada una; ¿oíste?, es pa la fatiga”. Carmela se desparramaba en risas y hacendosa respondía: “ya voy Víctor, ya voy”.

Pello Juan era el padre de El Kirry; aún vive en las vagas tinieblas de su ceguera que, quizás, como la de Borges, fue una especie de ocaso que vino lentamente. De niño pensaba que Pello Juan era una encarnación de Kalimán. Nunca osé dirigirme a él. El uso del hacha y la mona en su oficio de jefe de cuadrilla de obreros esculpió su físico de una manera que Schwarzenegger habría envidiado. También era inflexible el carácter de este anciano que ahora llora tiernamente la muerte del menor de sus hijos varones, el que más dolores de cabeza le causó.

El Kirry se levantaba temprano a ayudar a Carmela en los oficios del fogón y a hacer mandados a las señoras de la cuadra. No le gustaba la escuela, pero una vez le oí decir a la señora Delia que El Kirry era bueno para las cuentas. Lo comprobé por la ágil aritmética que demostraba al jugar siglito en las esquinas polvorientas de aquel tiempo de infancia.

Andaba descalzo, su pie era ancho y áspero. Solía vestir los restos de un pantalón mocho que se ajustaba con un brusco nudo de perro que a menudo se le aflojaba. Su mirada era desafiante y honda. En eso compruebo que los ojos son, como dicen, espejos del alma. Le conocí entonces desde niño y pese a que empezó siendo una especie de enemigo al que debía confrontar diariamente, terminó siendo mi amigo hasta las lágrimas.

En la esquina de la calle 7 de agosto, cerca de la parroquia, solíamos reunirnos los combos por generaciones. Los más adultos armaban peleas entre los menores de la misma edad. Tenía el infortunio de ser contemporáneo de El Kirry. William, si embargo, no esperaba que me enfrentaran a él, simplemente procedía y noche a noche me tocaba hacerle frente, tal vez sin mucho éxito, aunque no soy mocho. Pocos salían derrotados pero todos golpeados. Aquellos combates eran una forma de preparación para la dureza de la vida que luego debe enfrentar la gente popular más allá del barrio.

Los 31 de diciembre nos reuníamos al caer la noche y teníamos la mala costumbre de comprar cigarrillos, vino moscatel y hasta ron para dedicarnos a presumir una adultez que aún estaba lejana. Era una liberalidad que no deseé a mis hijos, ni jamás se las permití, pero eran otras épocas. Caminábamos minuciosamente el polvo de las calles, hasta el aviso de los pitos del año nuevo. Éramos El Samy, Marquitos (pipirucho), El Perilla, El Chatarra, El Chito y El Kirry, y otros que ahora se me escapan.

William creció y ya sus peleas no eran intrascendentes como las de la esquina del viejo bar Copas y Tangos; entre pelaos. También dejó de tomar vino moscatel cada 31 de diciembre. La droga lo tocó y terminó de marcar su rudo destino.

Pocos en el barrio podrían hacer una aritmética de los pleitos de El Kirry. Eran permanentes y sangrientos. Como su padre, William parecía implacable y lo era con sus enemigos.

Recuerdo una pelea en particular que sostuvo con su compadre Pilele. Pilele salió vivo de milagro y El Kirry fue a dar a la cárcel. Para esa época ya no trataba con él. Cada uno había tomado su camino.

La cárcel lo castigó severamente, pero el de William era un espíritu libre e indómito.

Pasaron meses de reclusión y la libertad no llegaba de la mano de su abogado. Se acordó de mí y me mando un recado desesperado: quería ser libre otra vez. Lo dudé por dos razones: no me inclinaba por el litigio penal pues la angustia del preso se me traslada y porque no quería patrocinar las sinvergüencerías de un caradura. Sin embargo pudo más ver al amigo preso y desesperado. Salió libre y su vida pareció cambiar. Nos gustaba a sus amigos verlo trabajar. Fue un ‘umpire’ muy solicitado.

Un día que subí a las lomas a tomar cervezas donde el difunto Juan Pelusa me lo encontré tomado y nos alegramos de vernos. No dejó brindar cervezas. Hablamos largamente. Y recordamos muchos momentos de nuestra juventud. Me confesó la pena que le causaba que sus hijos fueran copia de sus desventurados errores. Lo angustiaba verlos sumidos en la misma violencia que le había marcado a él. Recordó la libertad que le ayudé a recuperar y entonces lloró como un niño. Moqueaba abundantemente como antes en las esquinas y me sentí profundamente unido a aquel amigo de la infancia.

En estos días, finalmente, lo mataron. Cobardemente. Los bandidos no le dieron chance de que les diera cara. Los habría derrotado, sin duda. No lo volví a ver y no pude ir a su sepelio. Me duele pensarlo tirado en el piso, derrotado, en un barrio que no era el suyo, exánime y sin oportunidad de ripostar el agravio.

Hoy temprano me dijeron que la misa de nueve días será este martes en la loma, donde vive el anciano Pello Juan que aún llora su partida. Iré. No le guardaré luto, pero esa visita y estas peregrinas letras son mi sentido homenaje de amistad.

* Abogado especialista en Derecho Administrativo y candidato a Maestría en Derecho con énfasis en Derecho Público.

 

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