Café concierto en San Basilio de Palenque

Por Juan Alvarado *

Era la primera vez que visitaba San Basilio de Palenque, corregimiento del municipio de Mahates. Tenía por misión cubrir el café concierto que realizaría la Corporación Cultural Atabaques y que por primera vez se iba a hacer en la tierra de los cimarrones. Iba en la ruta viendo por la ventana el triste cielo nublado; este clima me llevó a pensar en la botella de agua que cargaba en mi maleta y en la vestimenta fresca que llevaba. El clima fue bipolar, el sol nos visitaba, luego se escondía, y ese día a las tres de la tarde el calor se fue. Yo quería ver el sol alumbrando a Palenque, quería sudar, tomar agua y volver a cubrir el evento, pero hubo otras cosas que vi que hicieron el día caluroso.

Al bajar del bus se me agolparon los sentidos; vi el lugar donde se realizan los eventos culturales. Cerca queda el monumento al líder cimarrón Benkos Biohó. Las calles sin pavimentar. La gente sentada en las bancas que están cerca de la plaza. Los mototaxistas se forman en grupos para hablar como si tuvieran un megáfono en sus bocas. Los palanqueros hablan en voz alta, pareciera que en su garganta no se pudieran controlar los decibeles de su voz; pueden estar a centímetros de distancia el uno del otro, pero hablan con mucha fuerza.

Cerca de la plaza principal había un establecimiento: ‘La Terraza’; ahí descansaban los adultos, sentados en sillas plásticas, tomando cerveza y jugando dominó. Mi vista hizo un paneo hacia la izquierda y lo que vi me dejó asombrado: niñas de aproximadamente cuatro o cinco años que bailaban sujetas a movimientos de cadera, abdomen y torso como si fueran grandes y tuvieran experiencia en el baile; a ritmo de champeta las niñas fueron abordadas por niños que empezaron a bailar junto a ellas. Yo pensé: “quizás ser palenquero es tener el baile en la sangre”.

El evento fue abierto con la participación de la Escuela Batata, anfitriona del evento: niños de aproximadamente 13 años que bailaban al son de los tambores, vestidos de tigrillo, y se lanzaban al baile de una manera eufórica. Presentaron un mosaico de nueve canciones, y los bailarines iban al compás, pasaban de un ritmo lento a un ritmo rápido, y ya ellos tenían la métrica en la memoria del cuerpo.

Andreu Manuel, coordinador del grupo Batata, me contó que cuando ellos se suben a un escenario quieren hacer una pequeña radiografía del vivir, del hacer de cada palanquero y palanquera y que desde este espacio se fortalecen las manifestaciones culturales que constituyen su patrimonio.

Al terminar la intervención del grupo Batata, se subieron al escenario dos niños de 11 y 9 años, que hacen parte del grupo ‘Monasito Currap’, que traducido de palanquero al español quiere decir ‘Niños Raperos’. Andry Padilla Julio, director del grupo, me contó que ‘Monasito Currap’ está compuesto por 15 niños, y es un espacio para empoderar a los niños y las niñas, mediante el canto y la danza, en su identidad cultural. Jamás había yo escuchado el ritmo que los percusionistas tocaban, el RFP (Rap Folclórico Palanquero), e incluso conocí un nuevo instrumento: la caja marimba, que contagian a los espectadores y se les mete en sus cuerpos haciéndolos mover desde la cabeza hasta los pies. Quizás esta es una de las tareas de Atabaques: buscar con una lupa grande estos ritmos y géneros musicales poco conocidos para darles un espacio que los visibilice.

El turno de subir al domo fue para el grupo de danza y música de la Universidad del Sinú, conformado por 12 jóvenes universitarios de programas como Medicina, Administración y Derecho, quienes dejan momentáneamente los números, las leyes y la anatomía a un lado para vestirse de sanjuanero huilense, que con otros ritmos como la cumbia y el chandé bailaban para entretener al público que no abandonaba sus puestos. Todos los jóvenes que conforman este grupo, tanto músicos como bailarines esbozaban sonrisas. En ningún momento cambiaron la expresión de alegría de sus rostros; debe ser un ejercicio complejo de concentración.

“Como grupo estamos conformado hace dos años, y con nuestro profesor José Luis Sarkar nos sentimos muy bien. Esta es una experiencia que nos ha ayudado a perder el miedo, y estar en Palenque es muy importante para nosotros, pues nos enriquece culturalmente. Esta alegría y el sentido de pertenencia que tienen los habitantes de Palenque es un ejemplo para los que vivimos en la ciudad”, afirmó Luisa Pájaro.

Por su parte, Andrés Lozada, quien estudia medicina, cree que el folclor se lleva adentro: “por ser de una tierra en donde no predomina la cumbia, creo que aprender y apropiarse nos hace sociedad”.

El grupo Nankama cerró el café concierto en Palenque, que con tambores alegraron el ambiente visitado por el sereno de ese viernes 27 de abril. A las 5:40 de la tarde esta agrupación se inauguró como banda, fue su primera presentación en vivo después de muchos meses de investigación sobre lo que querían plasmar en el escenario. Nuevos ritmos se escucharon, las manos de todos los músicos iban al compás, los instrumentos tenían voces que al unísono sonaban muy bien. Uno de sus directores es un chileno, algo muy particular, porque en Chile la música principal proviene del folclor traído de España; por eso nunca pensé que en Chile la música hecha en Palenque tuviera tanta acogida.

“Nankama está integrado por el maestro Juan José Benavides y mi persona, Hans Lavin”, manifestó el director del grupo Nankama; “somos los fundadores del grupo, y estamos acompañados por Santiago Rojas, Josep Díaz y Valentín Benavides. Nankama es una palabra en lenguaje  de Guinea, y significa ‘nacidos para esto’. Es curioso aquí en Colombia se hace mucha música tradicional afrocolombiana; en Chile se hace mucha música tradicional Africana, de países como Guinea y Burkina Faso; no es muy común que un chileno venga a estas tierras porque lo que la gente no sabe es que Chile tiene un fuerte movimiento en esta cultura musical, este género que tocamos se llama ‘Malinque’; en la costa somos el único grupo que tocamos este género; en la región andina hay otro grupo que se llama ‘Guaraba’ que también se está abriendo a los espacios culturales que se hacen en la ciudad de Bogotá. Para nosotros es una completa felicidad abrir en Palenque una tierra rica en ritmos africanos, me siento en África”.

Al subirme nuevamente al bus que me transportó a Cartagena de Indias me sentí satisfecho por lo que aprendí, por lo que vi y por la reflexión principal de este viaje: la música no se extingue, los valores culturales son renovables, la tradición aún en el lugar más recóndito siempre tendrá una oportunidad para ser escuchada, y Atabaques cumple con ser un inmenso megáfono.

* Estudiante de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, Seccional del Caribe

 

 

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