Qué tal si volvemos por Mamá África

Por Danilo Contreras Guzmán *

He pensado, tal vez de manera equivocada, que leer al filo de la medianoche es un magnífico remedio contra el insomnio, pero también contra las preocupaciones que nos ocupan durante el día. Lo he practicado y me resulta infalible. Cinco o seis páginas son suficientes para sufrir un knock out.

danilo-contrerasPor estos días esa terapia me la ha ofrecido el libro ‘De animales a dioses’ de Yuval Noah Harari, quien hace un tiempo estuvo por aquí. Ese inquietante texto que nos sumerge en los abisales de la prehistoria y la historia de la humanidad plantea una hipótesis seductora: el rasgo distintivo que permitió al ‘homo sapiens’ dominar sobre la tierra consistió en su habilidad de plantear estrategias sociales y aduce que esa posibilidad encuentra base en la construcción de mitos y ficciones que, entiendo, no son cosa distintas que los ‘ideales’.

Harari afirma: “un gran número de extraños pueden cooperar con éxito si creen en mitos comunes”. Y agrega: “puesto que la cooperación humana a gran escala se basa en mitos, la manera en que la gente puede cooperar puede ser alterada si se cambian los mitos contando narraciones diferentes”. Así, por ejemplo, los Estados modernos se encaraman en la idea de una nación que asemeja, cultural y políticamente, a una población. O cita también el caso de la religión, en la cual una mitología y un conjunto de aspiraciones metafísicas, nos hacen profesar un credo.

Hace un par de años o más, una de las interesantes encuestas que realiza ‘Cartagena Cómo Vamos’ mostraba que el 77% de los encuestados no ha realizado acción alguna durante el último año para resolver un problema que afecte a su comunidad, en tanto que el 78% de los indagados no realizó ninguna tendiente a apoyar a otras personas o ideas. La conclusión que deduce el programa ‘Cartagena Cómo Vamos’ es que “en general, la mayoría de los cartageneros perciben que los ciudadanos no hacen nada para resolver problemas comunes”. No he podido entonces dejar de ceder a la tentación de afilar este argumento para sostener mi tesis en el sentido de que Cartagena ha venido destruyendo los ideales que la cohesionan como patria chica.

Hemos llegado al punto de pensar que el lenguaje vulgar y la chabacanería (que no es lo mismo que ‘bacanería’) es un rasgo distintivo de nuestra identidad.

Las élites sociales y económicas de la ciudad no han encontrado, durante las últimas tres décadas, el menor inconveniente para establecer alianzas deplorables con la dirigencia política tradicional, para, entre ambos, mantener el statu quo que se refleja en la decadencia que padecemos. Es más, ante situaciones de crisis como la actual, estas alianzas se han vuelto más cínicas y expresas, como en un acto de desespero. No hay propósito colectivo en estas coaliciones pues evidentemente el objetivo es mantener los privilegios a costa del bienestar general.

El pueblo que no es tonto, se percata de eso y del hecho de que los liderazgos que se proponen no han podido construir un discurso de inclusión que interprete las necesidades y el querer de las mayorías. He especulado que quizás en ese punto radica el fundamento de la altísima abstención electoral.

Así las cosas, es preciso llamar la atención sobre la necesidad de construir un relato colectivo moderno y modernizante, que nos devuelva el orgullo de ser cartageneros y que, por ese sendero, la fraternidad y la justicia para con los más desposeídos se encarne en ellos y por ellos.

Esto puede sonar a carreta y por eso quiero finalizar proponiendo un ejemplo que obviamente corresponde a mi apreciación subjetiva y, por ello, discutible o errada: de los recuerdos espléndidos de mi primera juventud puedo señalar la experiencia cultural y feliz que fue el ‘Festival de Música del Caribe’. No solo fue un experiencia sibarita sino que desde aquellos años juveniles pude ser testigo de excepción de la manera cómo aquel evento nos ponía de cara frente al sincretismo cultural que nos caracteriza y, sobre todo, porque fue como una revelación acerca de la profundidad de la influencia de ‘Mama Africa’ en nuestro ser cartagenero, en cual convergen también, con igual importancia, lo hispánico y lo indígena. Todas las clases sociales, recuerdo, se convocaban, casi que sin distingos, para gozar a Lokassa Y´bongo, o a Canda Bongo Man, o a Burning flames o al gran Francisco Zumaqué y su excitante himno del festival.

Éramos todos cartageneros y caribes por esos días. El ocaso de aquellos esplendores se llevó consigo esas alegrías culturales que nos hermanaban para dejaron lo prosaico y deleznable que tenemos ahora.

* Abogado especialista en Derecho Administrativo y candidato a Maestría en Derecho con énfasis en Derecho Público.

 

 

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