Democracia Feroz: el fenómeno de la corrupción en Colombia

Por Carlos A. Almanza Agámez *

Uno de los temas que más afecta el desarrollo de cualquier Nación es la corrupción, que en Colombia resulta dramático según los índices de Transparencia Internacional, en los que el país se ubica en el puesto 96 entre las 180 economías que mide la organización [1]. Esta situación, gracias al paulatino silencio de los fusiles del conflicto armado, deja de estar tras bambalinas y se ubica en el primer lugar de la agenda nacional de medios y campañas políticas.

Es en ese contexto cuando surge un libro de sugerida lectura, cuyo lanzamiento en Cartagena se hizo el pasado 19 de abril en la biblioteca Miguel Henríquez Castañeda de la Corporación Universitaria Rafael Núñez: ‘Democracia Feroz’ (Sello: Debate – Penguin Random House Grupo Editorial) del profesor Gustavo Duncan, docente del Departamento de Gobierno y Ciencias Políticas de la Universidad EAFIT de Medellín y PhD. en Ciencias Políticas de la Universidad de Northwestern.

En esta obra se hace un análisis del papel de la sociedad civil para controlar a los actores políticos. De hecho, un punto central de ‘Democracia Feroz’ es que la gran diferencia entre las democracias consolidadas (Unión Europea, EEUU), y aquellas que aún somos democracias imperfectas (Colombia, y en general, la gran mayoría de países latinoamericanos) es la capacidad de la sociedad para controlar los comportamientos visibles de la clase política contrarios a cualquier noción de ética de lo público. Así, nuestra poca capacidad de asombro e indignación nos hace proclives como sociedad a que se perpetúen estructuras de poder que favorecen fenómenos de corrupción. En el libro abundan ejemplos de actores con comprobados actos de corrupción y nexos con la criminalidad, que siguen, directamente o por interpuesta persona, favorecidos por el voto popular, incapaz este de censurar políticamente a los mismos.

El profesor Duncan hace un planteamiento interesante: “Si hay prensa libre, elecciones periódicas muy competidas y organizaciones de la sociedad civil, ¿por qué, entonces, la pobre capacidad que tiene la sociedad de controlar a su clase política?” E intenta responder que no solo la ausencia de control y reproche ciudadano, sino también aspectos culturales e históricos, nos hacen vulnerables socialmente. No en vano ciertos valores y comportamientos de los colombianos favorecen o son la expresión de un uso extendido de prácticas deshonestas, a lo que se suma que históricamente en Colombia el uso del poder político se ha usado para captar u obtener rentas económicas. Navegamos entre quienes hacen política como vocación o virtud, y quienes hacen política con ánimo de lucro.

Y a ello habría que sumar las fallas profundas en la forma como funciona nuestro sistema político. En nuestras democracias latinoamericanas, imperfectas, el sistema de pesos y contrapesos busca evitar abusos de poder y violaciones a la normatividad. En Colombia, este sistema se ha transformado en un espacio de negociaciones y acuerdos en que las partes se conciertan para capturar rentas públicas por medios ilegales.

El margen de gobernabilidad, así, se logra en gran medida gracias a concesiones y transacciones entre el Ejecutivo y el Legislativo, o entre gobiernos territoriales y sus órganos colegiados de coadministración. Duncan señala que “los costos de transacción se encarecen porque suponen numerosos acuerdos entre los más diversos sectores de la clase política”, y me permito agregar que muchos de esos acuerdos se hacen a costas del erario.

En entrevista reciente a la Revista Semana [2], Duncan señala que el libro “propone es una economía política de la corrupción”. El libro en su primera parte aborda esta tesis: un análisis obligado de la economía política nacional que se sostiene en gran parte gracias a transacciones informales, ilegales e incluso criminales. Ante la incapacidad del Estado para garantizar una economía estable y regulada, el sistema entonces necesita y recurre a actores políticos que protejan la informalidad de la que se lucran grandes y pequeños actores económicos, y de la que dependen millones de colombianos. Y aunque podamos estar de acuerdo o no, la invitación es a leer el libro para ahondar en un análisis de este fenómeno.

Pero hay esperanzas. La corrupción No es inherente al ser humano como en forma desafortunada y cínica lo sugirieron los hermano Nule. Acabar el conflicto armado permite que el Estado, la sociedad civil, los gremios económicos formales, la academia, la prensa libre y muchos actores más, puedan concentrar sus esfuerzos en atacar las formas como se presentan y manifiestan los actos de corrupción, haciendo énfasis en corregir o enderezar la economía nacional y más eficiente la redistribución de la riqueza y los tributos que administra el Estado, para quitarle terreno fértil a situaciones de pobreza y exclusión que nos hace como sociedad proclives a la corrupción.

Adenda: En la 31 Feria Internacional del Libro de Bogotá, que acaba de concluir, se hizo el lanzamiento de otra obra: “El dulce poder: Así funciona la política en Colombia” (Sello: Aguilar – Penguin Random House Grupo Editorial), del portal La Silla Vacía. Una obra de lectura obligada para entender cómo funciona el poder político en Colombia y sus maquinarias electorales. Puede tener la certeza la periodista Laura Ardila, una de sus coautoras, que lo leeré con detenimiento y, si me permiten el espacio, compartir mis comentarios sobre el mismo.

[1] https://www.transparency.org/country/COL

[2] Revista Semana, 13/04/2018 http://www.semana.com/nacion/articulo/gustavo-duncan-habla-sobre-nuevo-su-libro-democracia-feroz/563700

* Abogado. Docente Universitario

 

 

 

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