La mediatización de la democracia en Colombia

“El poder de los medios de difusión es poder político”: Ben Bagdikian

Por Marcela Márquez *

En la actual etapa de preelecciones presidenciales la democracia ha sido constantemente mediatizada, principalmente a través de la realización y difusión de las encuestas de intención de voto, y en segunda medida a través de los debates organizados por medios masivos con apoyo de instituciones educativas.

Contrario a lo que se cree, dichas encuestas y los titulares noticiosos -disimuladamente parcializados – que las promulgan, no promueven una educación política, no difunden información democrática relevante y carecen de contenido educomunicativo; por esta razón agravan el desconocimiento de las propuestas de gobierno y la desinformación con respecto a las hojas de vida de los candidatos: estos dos aspectos son relegados a la promoción por parte de cada campaña.

Si bien no es posible determinar el nivel de influencia que tienen las encuestas de intención de voto sobre las elecciones en sí, pues son diversos factores -factores de carácter sociológico, psicológico, económico, educativo e incluso ambientales – los que determinan los votos, lo cierto es que sí median en los resultados finales.

Acerca de esto existen opiniones dispares. Están los defensores del “efecto de arrastre” o bandwagon effect,[1] que producen las encuestas; por otro lado, encontramos los abanderados del underdog effect.[2]. Mientras que el primero está relacionado con el hecho de que los votantes se inclinen a decidirse por el candidato que figura en primer lugar, el segundo hace referencia al ciudadano que elige votar por aquel candidato o candidata que figura inmediatamente por debajo del primer lugar, considerando que con su voto puede ‘despegar’. De cualquier forma, muchas personas terminan haciendo el ejercicio democrático del sufragio sin basarse necesariamente en el conocimiento profundo de las propuestas, ni en su afinidad hacia las mismas, ni en su percepción sobre la idoneidad de un candidato.

A todo esto se añade un par de debates a los que no se convocaron todos los candidatos; un gran debate que no fue debate, que tuvo una cuña publicitaria política en medio del espacio institucional, que estuvo ‘moderado’ por dos personas, entre estas una presentadora que cada tanto soltaba una risita y nadie sabía con quién ni porqué, y en el que proliferaron los argumentos falaces en las respuestas de algunos candidatos y los ‘moderadores’ los permitieron dejando en el aire múltiples interrogantes sin respuestas.

La desinformación y la manipulación mediáticas se suman entonces a los males que empañan la actividad política en nuestra nación (compraventa de votos, favores políticos, mermelada, clientelismo…). En tiempos de elecciones, la prensa debería proporcionar escenarios continuos de diálogo ciudadano, cuya promoción y desarrollo fuesen periódicos, y cuyo enfoque sea el de propender por dos cauces fundamentales: en primer lugar el énfasis en la responsabilidad del ejercicio del derecho al voto (incluyendo mensajes informativos con respecto a la inscripción de cédulas y la correcta manera de votar); y en segundo lugar, la oportunidad de mostrar en condiciones equitativas las distintas propuestas de gobierno y la trayectoria de los candidatos, con el fin de provocar una discusión pública acerca de los temas de interés común; de esta forma la prensa cumpliría el rol de ser mediadora entre los candidatos y la ciudadanía en estos aspectos cruciales.

Definitivamente no está cumpliendo esta función; la difusión de mensajes exhortadores sobre el ejercicio del derecho al voto es errática. Los encuentros han sido desatinados; varios se han desarrollado a pesar de que algunos candidatos no han asistido (algunos por no haber sido invitados, como el caso de la candidata Viviane Morales; y otros que presentaron excusas). La participación ciudadana en ellos es poca o nula, los canales de información son netamente verticales, únicamente dan lugar a una reciprocidad mínima y los temas son abordados desde perspectivas muy escuetas sin dar lugar a la elaboración de conclusiones certeras y concretas. En definitiva, la ciudadanía queda con visiones borrosas de la realidad.

Lo anterior debido a los hilos invisibles que entrelazan la prensa y la esfera pública en Colombia, y a su vez a los fuertes nudos que amarran la prensa a las leyes del mercado. Es por ello que se requiere un sistema mediático independiente, con recursos monetarios de fuentes alternas, que brinde las herramientas para que realmente los medios masivos muestren una cantidad equitativa, diversa y suficiente de información. Pero mientras esta utopía llega a ser real tenemos que tomar “el toro por los cuernos”, ejercer nuestro derecho a la información de manera particular y autónoma, investigar y conocer a profundidad los programas de gobierno y las hojas de vida de los distintos candidatos, y al final de todo esto tomar una decisión concienzuda y libre. Y, por supuesto, sufragar, salir a votar, porque a fin de cuentas el abstencionismo ha sido el principal elector en las últimas décadas[3].

[1] Richard Henshel y William Johnston, “The Emergence of Bandwagon Effect: A Theory”, Sociological Quarterly, vol. 28, núm. 4, Midwest Sociological Society, Reino Unido, 1987, pp. 493-511.

[2] D. W. Fleitas, “Bandwagon and underdog effects in minimal information elections”, American

Political Science Review, vol. 65, Texas, Estados Unidos, 1971, pp. 434-438.

[3] https://wsr.registraduria.gov.co/IMG/pdf/CEDAE_-_Abstencionismo_electoral_en_Colombia.pdf

* Comunicadora social – periodista.

 

 

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