Buscando ritmo para un sueño

Por Marcela Márquez * – Fotografías de Alex Guete y Fabián Puello.

“Un gran talento encuentra su felicidad en la ejecución”: Johann Wolfgang von Goethe

Pierre ‘El Negro’ Magallanes, baterista de la agrupación Bazurto All Stars, anduvo por muchos años buscando ritmo para un sueño, hasta el día en que tuvo que tomar una arriesgada decisión, sin saber que esta lo conduciría a la experiencia más maravillosa de su vida.

Con su peculiar estilo que lo hace inconfundible, el gran afro y sus prominentes gafas (que no son de lujo, como sucede con muchos artistas, pues él padece de miopía y astigmatismo), este cartagenero de pura cepa se crió desde su nacimiento en uno de los barrios populares más tradicionales de la ciudad: San Pedro Mártir. Siendo el segundo de cuatro hijos, en su cuadra compartió no solo con vecinitos como era la costumbre en los 80 y 90, sino además con tíos y primos, ya que sus abuelos paternos hicieron parte del grupo de fundadores del barrio y poseían, en una de las calles principales, un patio inmenso que colindaba con cada una de las casas de varios integrantes de la familia y que era común para todos.

“Tuve una infancia muy bonita, muy alegre”, nos contó; “siempre nos reuníamos los vecinos a jugar, toda la ‘pelaera’. La calle fue un lugar de encuentro para la diversión de nosotros. En la misma calle vivían mis abuelos paternos y muchos de mis tíos, porque mis abuelos eran dueños de una parcela que quedaba allí, y de hecho ellos hicieron parte de los fundadores del barrio, entonces ellos tenían un lote bastante grandecito: ese lote era el patio de mis abuelos, y mis tíos y mis abuelos fueron haciendo sus casas, entonces prácticamente era toda una cuadra de familia, compartíamos el mismo patio gigante. Recuerdo muchos momentos vividos allí, habían árboles de toda clase de frutos, yo salía al patio y comía mango, guayaba, ciruela, en fin… había de todo en ese patio y ahí nos divertíamos, en las noches jugábamos al escondido… fue muy chévere, siempre cerca de mis primos y de mis vecinos”.

Su encuentro con la percusión y más específicamente con la batería ocurrió por instinto. Como si África retumbara dentro de él, le sucedió que mientras más se iba adentrando en las artes musicales, y, más específicamente en el arte de la percusión, más iba creciendo dentro de él un impulso que parecía provenir de sus más remotos orígenes ancestrales y se dibujaba dentro de su mente el ritmo de un sueño: el de convertirse un percusionista profesional y reconocido.

“Cuando era niño, si en mi casa yo escuchaba una canción (de cualquier género) me gustaba ponerme a tratar de tocar los sonidos. En los muebles, en las sillas, en las mesas, en los bafles, lo que tuviera al alcance, lo utilizaba para imitar lo que escuchaba, con golpes rítmicos. Hasta que un día, en el año 1997, como todo adolescente, había una chica que me gustaba en el colegio; era una chica que acababa de ingresar, ya en décimo (…) un amigo, el que era mi mejor amigo en ese momento, hacía parte del grupo de danza donde la chica también estaba, y entonces yo le pedí que me ayudara a entrar al grupo de danza, con la intención de conocer más de cerca a esa chica, y yo terminé bailando en el grupo de danza folclórica en el colegio  (nunca en mi vida había bailado nada, pero ahí estaba yo, bailando)”, manifestó.

Resultó ser que en el mismo salón donde practicaban los bailes se dictaban clases de arte en general, y allí, mientras practicaban las danzas, siempre estaban rodeados de instrumentos musicales. Al terminar los ensayos de danza él se acercaba a los instrumentos de percusión y, sin ninguna clase de temor, se acercó a un par de congas. Cada tarde de baile significó para él estar más cerca de estas nuevas amigas, siempre tocándolas “a oído”.

“Habían otros chicos que también estaban tratando de aprender y entre todos nos ayudábamos, ellos me guiaban y yo comencé a aprender la técnica y a perfeccionarla, entonces no solo tomé las congas sino también el bongo, luego la guacharaca, la güira, en fin, empecé a hacer parte del grupo de música folclórica, además de estar en el grupo de baile; luego conformé un grupo de vallenato del que también hacía parte mi mejor amigo del colegio, con el que  nos presentábamos en algunos eventos del colegio, a veces presentábamos hasta sin acordeón pero lo hacíamos con mucha entrega”, dijoTiempo después en la orquesta del colegio  lo invitaron a hacer parte con la güira, esta vez en salsa y en merengue. También  la tambora, el alegre, el llamador, todos esos instrumentos y distintos géneros, los cuales fueron sus primeros pinitos en el colegio.

Para cuando se graduó del colegio ya estaba perdidamente enamorado de la música. Pero estudiar Música no era una opción; al menos no lo era frente a sus padres. Debía decidirse entre la carrera militar o estudiar Contaduría. Esta segunda opción fue la elegida.

Al ingresar a la universidad se encontró con la misma profesora de danza que le dijo que ingresara al grupo de danza folclórica de la institución. Allí estuvo un tiempo; mientras tanto, buscaba un grupo musical en el cual hacer lo que le apasionaba; el único grupo que había era de vallenato y decidió hacer parte de él. “Me metí al grupo, me presenté como percusionista y acabé siendo el conguero del conjunto vallenato. Un año después de estar tocando congas en este grupo se conformó otro grupo pero de rock en español, del que hacía parte un vecino mío que estudiaba en la universidad (aunque era mi vecino no nos hablábamos mucho en el barrio, pero sí nos identificábamos), él me contactó y me dijo que él sabía que yo era conguero, y me preguntó que si quería hacer parte, y yo dije que sí. -De adolescente yo era rockerito, me gustaba el rock a pesar de no ser tan común-. Decidí hacer parte”.

“En uno de los ensayos correspondientes se ausentó el baterista y manifestó que no iba a ir al ensayo por estar viendo una carrera de Montoya”, siguió contando. “Entonces, debido a que estábamos ensayando una presentación que iba a tener lugar en pocos días (la clausura de semestre en la universidad), me pidieron que me sentara en la batería aunque fuese solo para el ensayo, y dando la gran sorpresa de que empecé a tocar las canciones y ellos me dijeron que yo tocaba mejor, y que desde ese momento yo iba a ser el baterista. Luego tuvimos esa presentación y fue muy chévere, si yo ahora viera esa presentación pensaría ‘qué horrible tocan’ pero yo ese día sentí que tocábamos bien. Allí fue mi inicio en la batería. Finalmente no me gradué de esa carrera, porque definitivamente no era lo que me apasionaba. Unos años después, inicié mis estudios en Criminalística y en esta sí tomé grado”.

Pierre ‘El Negro’ Magallanes hizo parte de muchas otras agrupaciones, tocó su instrumento predilecto en múltiples escenarios, y pasó mucho tiempo antes de que haciendo esto comenzara a devengar un salario o recibiera alguna clase de remuneración por desplegar su talento. Sin embargo, cuando al fin comenzó a tener estabilidad financiera, cuando por primera vez logró sentir que su esfuerzo daba resultados y que su talento representaba para él un crecimiento económico, tuvo que tomar una decisión que significaría perder todo esto a cambio de poder ser feliz realmente.

“Hubo un año en el que yo estaba tocando en un bar y recibía un salario”, señaló; “trabajé allí un par de años y mezclaba a veces ese trabajo con el de otro bar donde yo era invitado a tocar. Cuando se acabó ese año -esa temporada – me proponen en el segundo bar que fuera el baterista oficial pero ya yo era el baterista oficial del otro. En esta  propuesta que me hicieron, el pago era menor; mi enseñanza fue que yo tuve que tomar una decisión. En el primer bar yo me sentía bien y tenía una buena paga, pero no me sentía espectacular, era más que todo un trabajo; pero como hacía lo que me gusta yo me lo disfrutaba. Pero en este otro bar, la sensación de hacer lo que me gusta era superior, era maravillosa.  Me sentía muy cómodo, el ambiente era demasiado bacano, y me tocó tomar esta decisión: si me dejaba llevar por el dinero o si me dejaba llevar por sentirme  bien con lo que estaba haciendo”.

Sin saberlo, el sueño se haría realidad después de años de trabajar en ello con pasión. “Durante mucho tiempo me tocó tocar gratis pero lo hacía porque me gustaba lo que hacía y eso fue mi universidad realmente, porque tuve que aprender nuevos géneros, presentarme en distintos escenarios, tratar con distintas personas”, expresó; “yo no sabía el curso que iban a tomar las cosas, pero yo me decidí por el lugar donde me sentía en familia y donde podía hacer lo que en realidad me gustaba: cambié el dinero por mi felicidad. Eso siempre lo recuerdo porque mira hasta dónde me ha traído.  Gracias a hacer con el corazón lo que me gustaba y hacerlo feliz.  Aprendí que uno debe estar donde esté feliz y a gusto, más allá del dinero que le vayan a pagar”. 

* Comunicadora social – periodista.

 

 

1 Comment

  1. Jorge Mario dice:

    Pierre “el loro” Magallanes

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