Una forma de rebeldía

Uno de estos días, después del amor desprevenido que muy probablemente les deparará un quinto pelao, surgió una conversación en voz tenue entre Marimón y su mujer, que más bien parecía una minuciosa conspiración. Dieron por sentado que sus verdugos estaban más unidos que nunca, ahora que aparentemente habían sufrido graves derrotas judiciales. Entonces, acordaron votar, pero sus voces eran un susurro ininteligible.

danilo-contrerasPor Danilo Contreras Guzmán *

Marimón es un tipo sencillo y anónimo. Vive en un punto de vértigo en las faldas de La Popa que él mismo desmontó, como tantos otros, para hacerle un rancho a su mujer y a sus cuatro pelaos, de los cuales ninguno alcanza los doce años. Es extrañamente callado a pesar de lo áspero de su oficio de mototaxista (que bien podría ser de albañil o celador o cualquier otro oficio que le permitiera su exigüo séptimo de bachillerato de colegio público).

Es muy cartagenero. Le gusta la salsa, los jibaritos y la música africana de El Conde y El Guajiro. No olvida cómo en la niñez, desde el mes de septiembre unos camiones gigantes traían a la caseta de la reina del barrio inconmensurables cajas de sonido que le estremecían hasta los huesitos y tampoco se le borra la imagen de la gente afuera del baile, cuando ya había caído la noche fresca, muchos con grabadoras de casettes al hombro, encendidas, y un trinche en el afro de perfecta redondez.

Marimón escucha su música, que es de lo poco que le pertenece de verdad, en un pick-up de medio pelo que ha logrado armar, pieza por pieza, a través de los años. Lo enciende cada domingo, temprano, como si fuese una cita mística, obligada. Le acompaña siempre el mismo par de vecinos.

Se rebusca un poco más del mínimo, con lo cual ha abandonado, según el gobierno y las felices cifras del DANE, la zona de pobreza, de manera que ya casi hace parte de la gran masa de clase media de este prospero país que tiene como máxima aspiración nacional hacerse miembro del OCDE, una vaina rara que casi nadie descifra. Los cachacos definitivamente no saben cuánto le cuesta a Marimón la liga y el bastimento para que los muchachos coman regular, por lo menos dos veces al día.

No tiene mucho tiempo para socializar este paisano, casi ni para ver televisión. Menos para chatear o meterse en Facebook, pues sale a las 5 de la mañana y regresa cansado, tipo 4 de la tarde, además, su celular sigue siendo un ‘Sisbén’, de modo que su mundo aún es duro y real, no virtual. Sin embargo, no es ajeno a la agitación febril que anda por ahí, por cuenta de las campañas políticas.

No le son indiferentes debido a que guarda una rebeldía recóndita que le viene de antaño y de los lados de Getsemaní. Sospecha, fundadamente, que quienes han mandado, mandan y se disponen a seguir mandando, le quitaron oportunidades a él, a su mujer y ahora a sus hijos. El dilatado olvido a que los han condenado estos agitadores de temporada, les ha arrancado todo, menos una alegría congénita, la dignidad y la esperanza, que les alcanza para persistir.

Por estos días, unas vecinas de lengua incesante, que también son reconocidas ‘puyaojos’ por deambular de comando en comando, en dichoso peregrinaje, le han propuesto ir a las reuniones de algunos candidatos. Él responde que “se dejen de andunderías”; “yo soy serio”, les advierte. Pero su mujer sí las acompañó una vez. Ella regresó con suéter, gorra y 10 mil pesitos que no sobran. Además, se oreó un rato, pues no sale de la loma sino del año un día. Él es condescendiente ante estas razones. Ella, que es quizás más rebelde que él, le tranquiliza diciendo que no votará por ninguno de esos extraños que aparecen de cuando en cuando, siempre que necesitan del voto.

En efecto, la opción más digna que ha encontrado esta pareja de paisanos míos es abstenerse de votar. Es su secreta forma de rebelarse, de protestar, de repudiar a quienes a su vez les han despreciado por décadas y se han enriquecido con los recursos que deberían ayudarles a superar la pobreza y a ofrecer educación a sus hijos.

Uno de estos días, después del amor desprevenido que muy probablemente les deparará un quinto pelao, surgió una conversación en voz tenue entre Marimón y su mujer, que más bien parecía una minuciosa conspiración. Dieron por sentado que sus verdugos estaban más unidos que nunca, ahora que aparentemente habían sufrido graves derrotas judiciales. Entonces, acordaron votar, pero sus voces eran un susurro ininteligible.

Ni el autor de esta página, que pronto debe ser olvidada, supo si lo harían en blanco, a por alguien más. En todo caso, las evidencias parecían indicar que aquel sufragio sería su ineluctable y meditado levantamiento.

* Abogado especialista en Derecho Administrativo y candidato a Maestría en Derecho con énfasis en Derecho Público.

 

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