El legado de papá

Por Francisco Javier Flórez Bolívar *

El 31 de julio de 2017, en medio de su cumpleaños número 88, mi abuelo Ismael de Jesús Bolívar Acosta, muy a su estilo, le confesó a mi madre, Alicia Mercedes, que estaba asistiendo a la que podía ser la última celebración de su natalicio: “No creo que me patee el próximo cumpleaños”, sentenció.

Papá, como mis hermanos y yo acostumbrábamos a llamarlo, infortunadamente, tuvo voz profética: el pasado seis de marzo, a tres meses y veinticinco días de celebrar sus 89 años de vida, falleció en Cascajal, el corregimiento de Magangué -Bolívar – donde nació en 1929. En medio de su partida, aunque las voces de solidaridad fueron mayoritarias, hubo quienes se acercaron a uno de mis tíos para preguntarle por lo poco o mucho que mi abuelo había dejado como herencia, y si pensaba reclamar algo.

Esa noche, ante las dificultades que tenía mi tío para digerir tan inaceptable pregunta, le hablé del culto a lo material que viene creciendo en ciertos habitantes de Cascajal y, a la vez, pensé que la impertinencia tenía méritos suficientes para haber ocupado un lugar de privilegio en el listado de los siete pecados capitales. Hoy, cuando reflexiono con más detenimiento sobre el particular, creo que tal muestra de insensibilidad e impertinencia obedece al peso que la palabra heredar, asociada a lo material, tiene en la mente de algunas personas. Su reinado es tan fuerte que hay quienes han proscrito de su vocabulario la noción de legado, más vinculada al mundo de las ideas. Yo, en cambio, sigo aferrado a la idea de legar, y considero que en ese terreno papá, a través de sus acciones y discursos, legó a sus hijos y nietos algo más perdurable y admirable: posibles actitudes y formas de ver la vida.

La primera de esas posibles actitudes es que hay que ganarse el pan de manera honrada, sin maniobras turbias, porque nada dignifica más que el trabajo honesto. Y él sí que se dedicó a varios oficios. Su primera ocupación, siendo un adolescente, fue la de ‘mechonero’. Eran los años cuarenta del siglo XX y aún faltaban tres décadas para que en Cascajal instalaran las redes del servicio eléctrico que anunciaron la llegada de la modernización al pueblo. De tal manera que quienes para entonces sacrificaban cerdos o reses con fines comerciales debían acudir a adolescentes que, cual Virgilios, se encargaran de sostener lámparas artesanales (mechones) e iluminaran patios en las oscuras madrugadas cascajaleras. Papá, a cambio de unos chivos y algo de carne de cerdo, no dudó en servirles de ‘mechonero’ a varios matarifes de la población.

El próximo 31 de julio, mi madre Alicia Mercedes seguramente recordará la profética advertencia que él le hiciera en el 2017.

Ordeñar y labrar la tierra, como parte de la rutina de apoyo a mi bisabuelo que combinaba el cultivo con la cría de ganado, también hicieron parte del repertorio de oficios que desempeñó papá. Este entrenamiento en casa fue de utilidad cuando papá, al igual que varios de sus amigos, “cruzó raya” y viajó a trabajar en fincas venezolanas. Posteriormente, junto a sus paisanos Apolinar Quesada, Fernando Posada, Marcelo Turizo y los hermanos Moisés y Virgilio Fuentes, hizo parte de una generación de sastres que recorrieron las sabanas de Bolívar y Sucre, o capitales como Cartagena y Barranquilla. Esta última ciudad y el municipio de San Jacinto fueron dos de los destinos en los que papá se dedicó a la costura. Finalmente, en los años ochenta y noventa del siglo XX, antes de que los problemas visuales que lo acompañaron desde joven lo alejaran del trabajo en el campo, incursionó con relativo éxito en el cultivo del algodón.

Si a través del ejercicio de múltiples oficios nos mostró que el trabajo dignifica, mediante sus visiones sobre las religiones reafirmó la importancia de no prostituir las convicciones que guían nuestros comportamientos. Era una de las pocas personas que en Cascajal, sin importar el acentuado catolicismo de los habitantes, negaba, de manera abierta, la existencia de dios. Bendito sea dios o dios quiera, para él, eran simples dichos, expresiones propias del vocabulario que se usa cotidianamente. Este escepticismo lo llevaba a mofarse del celibato de los curas y a cuestionar que las personas, sobre todo aquellas con formación profesional, se dejaran ‘embaucar’ de pastores, a quienes caracterizaba como unos traficantes de la fe.

Esta mirada escéptica también la aplicaba a las supersticiones que sus contemporáneos reproducían sin beneficio de inventario. Ante las leyendas que hablaban de apariciones y ‘lloronas’ que atemorizaban en las noches a los habitantes del pueblo, El Hombre, como lo llamaban sus hermanos, prefería referirse a amantes furtivos que aprovechaban las oscuras calles de Cascajal para evitar el chismorreo en un pueblo donde todo el mundo se conocía. En medio de carcajadas y en su castizo lenguaje, no dudaba en afirmar, que “ese era zutano que se disfrazaba de llorona para medirle el aceite a fulana”. Sin imponer en qué creer o no, parecía indicarnos que la bondad y la maldad habitan en las mentes y los corazones de seres terrenales, y no había que buscarlas en idílicos paraísos o inexistentes infiernos.

Esta iconoclasta actitud, excepcional en una comunidad mayoritariamente entregada al catolicismo, devenía quizás de un tercer componente del legado que papá proyectó a sus familiares: informarse es parte vital en la formación de todo ser humano. Su gusto por la información la cultivó desde que adelantó sus estudios de primaria en Magangué, municipio que en los años cuarenta del siglo XX contaba con la circulación de varios periódicos y revistas. Luego, cuando la presión ocular llenó sus ojos de sombras, hizo de la radio, primero, y la televisión, después, sus fieles cómplices; programas radiales de noticias en la mañana y noticieros a mediodía y en las horas de la noche eran parte de la dosis diaria que utilizaba para mantenerse actualizado.

Le encantaba memorizar cifras; algunas veces relacionadas con el número de personas que cometían ‘locuras’ en el país; en otras sobre la cantidad de asesinatos; y generalmente en torno a la corrupción. Pero, sobre todo, absorbía todo lo relacionado con la vida política local y nacional. Cuando mis hermanos y yo llegábamos de vacaciones a Cascajal, aprovechaba para preguntarnos por las problemáticas de Cartagena o Barranquilla, y él, a su vez, nos informaba de manera detallada las vicisitudes políticas por las que atravesaba Magangué. Con datos de aquí y de allá, terminaba dando forma a su usual visión pesimista sobre Colombia, un país que, en su criterio, “no tenía componte” y que parecía estar condenado a nadar en la corrupción.

Esta cuasi-adicción a la información, aunada a una extraordinaria memoria y al verbo generoso que poseía, le permitió transmitirnos, a través del ejemplo, una de sus principales lecciones: la vida -si se narra- se hace más bella. Contar historias, precisamente, era una de las actividades que realizaba cada vez que llegaba a casa en las horas de la noche, costumbre que adquirió desde que mis padres la construyeron a finales de los años setenta. Era una suerte de Griot que, en medio de las fallas constantes del fluido eléctrico y durante los racionamientos vividos durante los años noventa, a punta de historias, preservaba la memoria local y, de paso, nos hacía olvidar del calor y de los zancudos que nos acechaban.

Una noche podía contar que él, un liberal de pura cepa, pese a adquirir la mayoría de edad en 1950, solo tramitó su cédula en el gobierno de Alberto Lleras Camargo, para evitar que los funcionarios conservadores lo obligaran a votar por candidatos distintos a los de su partido político. En otra, hablando del asesinato de Gaitán, rememoraba que en ese abril de 1948 su amigo y copartidario León Cruz salió de una cantina e incendió la inspección del pueblo como protesta por la muerte del caudillo liberal. A la siguiente, convertía en memorables sus épocas de inspector de policía del pueblo y los enfrentamientos que tuvo con José Napoleón Posada, un líder conservador de Cascajal que llegó a ser congresista. Y, cómo no, evocaba que en los años ochenta lideró, junto a su amigo Anselmo Jiménez, un comité de campesinos que -a través de manifestaciones – se sumó a las disputas por la tierra que adelantaban sus pares en varias zonas de Colombia.

El próximo 31 de julio, mi madre Alicia Mercedes, que también conoce al dedillo la particular visión que papá tenía del trabajo, la religión, la política y la memoria, seguramente recordará la profética advertencia que él le hiciera en el 2017. Y mi tío, ante personas impropias que insistan en preguntarle por efímeras cosas materiales, podrá responder que su padre legó a sus hijos y nietos ideas, visiones y memorias destinadas a perdurar en el tiempo.

 

* Historiador de la Universidad de Cartagena, con Maestría en Historia, Graduate Certicate in Latin American Studies y PH. D en Historia de la Universidad de Pittsburgh. 

2 Comments

  1. Neyla Luz Crespo Simancas dice:

    Con todos los errores, me dirijo a usted, pare felicitarlo por tan excelente crónica. A mí me gustaría hacer una crónica a mi abuelo materno , quien fue inspector en la población de Rocha , adinerado y murió en la pobreza.

  2. Francisco Javier Flórez Bolívar dice:

    Muchas gracias por leer y comentar el texto. Espero que se anime a publicar la crónica sobre su abuelo y con gusto la leeré. Saludos.

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