El gato que habita donde la vida confina con la eternidad

Por Rudy Alberto Negrete Londoño *

Morada

El antiguo cementerio de Mompox es un lugar sobrecogedor. Cuentan los habitantes que en este legendario camposanto reposan los restos del general Hermógenes Maza, quien fue uno de los escuderos del Libertador Simón Bolívar y quien, junto a él, libró emblemáticas batallas en la Ciudad de Dios durante la gesta por la Independencia.

Aquí también reposa Candelario Obeso, reconocido universalmente como el Poeta Negro y quien llegó a ser uno de los vates más influyentes del Caribe colombiano en la década de los treinta.

No hay que recorrer atajos para llegar a este lugar que sacude a sus visitantes con su extraño magnetismo, urdido por su atmosfera de 177 años de silencios. Entre los árboles frondosos y la espesa vegetación, sobresalen las estatuas de arcángeles y héroes portentosos que custodian la grandeza de este espacio detenido en el tiempo. Una soledad que estremece se hace sentir en todos sus rincones, incluso a plena luz del día.

Como el disparo de una escopeta, mi atención se detiene en un gato negro, de ojos gris plomizo y mirada penetrante, que se asoma como un relámpago en la oscuridad en medio de las plantas. El animal observa con prevención. Decido seguirlo a través de los callejoncitos que separan las tumbas socavadas. Avanza con señorío, sin sobresaltos, como si no sintiera las pisadas del viajero intruso que ha atravesado las losetas desgastadas de este panteón de la inmortalidad.

El silencio abrumador y el olor a tierra no se desvanecen en ningún momento. Lo único que penetra el aire es el eco repentino producido por las alas de los pájaros que, con ímpetu, sobrevuelan el cielo.

A medida que acelero los pasos, descubro más gatos, de diferentes tamaños y colores, que se asoman intrépidamente desde sus guaridas, con una expresión muda y desafiante. Por la precisión de sus movimientos, intuyo que son los dueños absolutos del lugar. Con la misma destreza olfativa de un perro fisgón, los felinos me conducen hasta una sola tumba, la de Alfredo Serrano Rubio, a quien en vida le apodaron el Gato.

Origen

A unas cuadras del cementerio municipal, en el barrio Arriba, se divisa una vieja casona de color verde oliva y fachada pedregosa. Allí habita el señor Víctor Serrano. Me recibe en su sala, sentado en una mecedora, con una lucidez absoluta a pesar de sus 80 años. El intenso resplandor del sol radiante de mediodía atraviesa el interior de la casa, que es la número 14-48.

Al ingresar a la vivienda, lo que más sorprende es una foto grande de Alfredo Serrano, colgada como un trofeo de caza en la sala principal. La observo detenidamente para descifrar sus rasgos y me cautiva la mirada invicta y centellante que ilumina su rostro.

–“Él tenía el presentimiento de que iba a morir. Por eso pidió que lo enterráramos aquí en Mompox”, asevera su padre, mientras me hace algunas precisiones sobre la enfermedad cardiaca que ambos tenían en común. Una miocardiopatía hipertrófica obstructiva lo acabó de manera fulminante, sin avisar. Yo también la tengo –puntualiza el señor Víctor, un reconocido médico que ha ocupado todas las distinciones políticas de su municipio.

–¿De dónde proviene este sobrenombre de El Gato? –

El médico Víctor Serrano frente a una foto de su hijo, Alfredo Serrano

–Nosotros nacimos con este apodo, su connotación viene desde hace 93 años. Eso es para que tenga en cuenta el legado y la magnitud de este sobrenombre, El Gato. Desde la época de mi padre, a nosotros aquí en Mompox nos llaman con ese apodo. Pero el que más se ganó el estimativo de El Gato fue el menor de mis hijos: Alfredo. Él era el hombre de los grandes afectos –Me dice su padre.

–¿Desde cuándo empezó todo? –insisto.

–A Julio Serrano Rojas, su abuelo, le apodaron El Gato por primera vez en 1923. Y fue en una ocasión en que él se estaba bañando en un brazo del río Magdalena, aquí en Mompox, cerca de La Esquina de las Tres Cruces. Entonces sus amigos asombrados al ver la vellosidad abundante de su cuerpo al salir del agua, le dijeron de inmediato que parecía un gato. Nosotros nacimos con este apodo, por eso para mí resulta de lo más normal –precisa el señor Víctor.

Apariciones

Dicen que, a lo largo de la historia, por su naturaleza sobreprotectora e indómita, los gatos han sido venerados y elevados a la categoría de una deidad, como sucedió en el antiguo Egipto a través de la figura de Bastet, la diosa gata. Una mujer con cabeza de felino, considerada como la diosa de la música, la danza y la alegría. Se dice que cuando falleció Alfredo Serrano a la edad de 36 años, se apareció de manera inexplicable el primer gato durante su sepelio. A los pocos días, la proliferación de estos animales no se hizo esperar. Se apoderaron de su tumba, como queriendo custodiar los restos del difunto.

Dueño de un rostro con facciones felinas, cuidadosamente rasurado, Serrano se hacía notar desde la distancia por las entradas marcadas en su cabello castaño y una inconfundible voz de trueno. Su fenotipo era bello. Sonreía con frecuencia y tenía la mirada llana. Con su cuerpo grueso y su tez blanca, El Gato vestía siempre con ropas poco llamativas y, a pesar del parecido con sus hermanos, supo marcar una diferencia de tajo: vivió intensamente cada momento de su vida.

Quienes lo conocieron de cerca, testifican que amaba extremadamente a los felinos. En efecto, los acogía si estaban desamparados en alguna calle olvidada de su natal Mompox. Fue un hombre que encarnó un sentimiento de protección hacia los animales, a partir de una transformación que experimentó varios años atrás. Lo cierto es que, cuando era apenas un muchacho, su padre se lo llevaba de cacería. Uno de aquellos días, después de haber agotado sus proyectiles en la huerta, Alfredo Serrano le dijo a su papá que no estaba de acuerdo con esa tradición y sostuvo que todas las especies merecían vivir a cabalidad. El Gato fue contundente en su determinación, a pesar de que muchos en su familia disfrutaran de esta faena ancestral. Desde aquel entonces ya demostraba una destreza para descifrar la fugacidad de la vida, nunca antes vista.

Vísceras

Tarsicio Martínez, el sepulturero del cementerio de Mompox

Al otro lado del municipio, a varias cuadras de distancia, se encuentra Tarsicio Martínez Peña. Es el sepulturero del cementerio municipal de Mompox, donde habita la mayor parte del tiempo. A sus 49 años también se desempeña como jardinero y doblador de campanas. Es delgado, de estatura media y siempre viste de overol. Su rostro apacible transmite serenidad en todo momento. Martínez Peña habla sin prisas y en su mirada se evidencia la sinceridad de sus palabras. En sus manos siempre sostiene una herramienta de campo, como buen cavador.

Todas las mañanas el sol del municipio de Mompox brilla con fuerza y su magnificencia se hace sentir sobre las lápidas del cementerio. Mientras Tarsicio adelanta sus oficios como jardinero, observa llegar al señor Víctor Serrano, quien desde tempranas horas ha preparado como siempre las vísceras guisadas para los gatos que habitan al calor de la tumba de su hijo Alfredo. De ese Alfredo que, aunque no tuvo la cabeza de felino como la diosa Bastet, sí encarnó la alegría y el optimismo por el que es recordado hasta el día de hoy.

–“Sobre la historia de Alfredo Serrano, El Gato, han surgido una cantidad de interpretaciones, mitos y conjeturas que lo relacionan hasta con la brujería y la superstición” –afirma el sepulturero implacable.

–¿Cómo fue el sepelio de El Gato? –le pregunto.

–El entierro del joven Alfredo Serrano fue algo totalmente fuera de lo común. Asistieron alrededor de dos mil personas. Durante el sepelio, sus amigos le arrojaban banderas, consignas y toda clase de reconocimientos al féretro –detalla Tarsicio para explicar la vida de ese Alfredo que, durante su existencia, se dio a conocer como un adalid dentro de su comarca y dejó una huella indeleble en el deporte, la cultura y las tradiciones festivas de su municipio.

–¿Qué más recuerdas de Alfredo? –continúo.

–Alfredo Serrano Rubio tuvo una muerte repentina, un primero de diciembre del 2001 a las 8:30 de la mañana, en el parqueadero del aeropuerto El Dorado, en Bogotá. Aquí está su tumba (pone su mano sobre la misma) y es el aposento sagrado de los gatos –aclara Tarsicio Martínez, mientras acaricia a un felino montado en una inscripción radiante de mármol. Insiste en que estos animales viven en el cementerio, encima de la lápida de Alfredo.

–Alfredo siempre se hacía sentir en cualquier lugar donde estuviera. Fue algo verdaderamente conmovedor. Aquí la gente asegura que nunca habían visto un sepelio como ese. Pero, aunque él ya no esté en medio de nosotros, su memoria sigue viva e inclaudicable. Por eso, los gatos de Mompox y la vida de Alfredo son inseparables –concluye Tarsicio.

Justamente, los animales se congregan con delicado sigilo alrededor de la tumba, se acumulan de forma incesante, llegando a un número que puede ser indeterminado. Con una lealtad que parece de otro mundo, permanecen sobre el sepulcro. Y de esta manera, los gatos continúan haciendo cada vez más fuerte ese inquebrantable telar de los afectos, de conformidad con el proverbio en letras negras y corroídas que adorna la entrada del legendario cementerio municipal: Aquí confina la vida con la eternidad”.

La vida de Alfredo se hace eterna no solo en la piedra de la tumba, sino en algún lugar del alma gatuna. Allí se preserva como un fuego. Por lo demás, la tumba de El Gato sigue siendo la más visitada por los humanos, quizás, por alguna otra razón fantástica que pertenece solamente al ciclo vital de esos seres fugaces e inmortales de las siete vidas.

 

* Comunicador social – periodista

Fotos de: Andrés Pión Botero

 

 

 

1 Comment

  1. Diana Agamez dice:

    La importancia de escribir sobre las historias de nuestra tierra!!! Sobre lo que nos pasa y sobre cómo lo vivimos. Que bonita cronica.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Social media & sharing icons powered by UltimatelySocial