¡No es el castrochavismo, es la tierra estúpidos!

Por Francisco Javier Flórez Bolívar *

“No habrá reforma agraria si el campesinado, sus organizaciones y asociaciones de usuarios no la imponen”, fueron las palabras que lo hicieron célebre al interior de las masas campesinas y dirigentes populares que lo escucharon atentamente aquella vez en Sincelejo, Sucre. Él, conocedor de la historia y la economía colombiana, había llegado a ese convencimiento tras estudiar el rol central que la disputa por la tierra había tenido en La Violencia de los años 30 y 40 del siglo XX. Las violencias que caracterizaron la década subsiguiente, como producto del proceso de expansión de la frontera agrícola adelantado por grandes terratenientes -a sangre y fuego – en territorios que con anterioridad habían sido ‘civilizados’ por colonos, reforzaron aún más esa acertada convicción.

El camino para transformar esa violenta realidad, se repetía a sí mismo y lo exponía en múltiples escenarios, era adelantar una reforma agraria que tuviera a los campesinos como principales protagonistas. En el Congreso de la República, lugar donde pronunció memorables discursos, evocaba constantemente el primer gobierno liberal de Alfonso López Pumarejo (1934-1938). Rememoraba, de manera particular, la ley 200 de 1936 que estableció la función social de la tierra. En los medios, a veces en voz alta y otras tantas en silencio, se mostraba partidario de distribuir la tierra para conformar pequeños y medianos propietarios y, al hacerlo, mejorar las condiciones de vida de las legiones de hombres y mujeres que, producto del fratricida conflicto colombiano, abandonaron sus lugares de origen y migraron en busca de inciertas posibilidades laborales hacia las ciudades.

La defensa de ese necesario proceso de redistribución de la tierra lo enfrentó ideológicamente a terratenientes conservadores y liberales. Estos, propietarios de grandes latifundios, insistían en la idea de que el problema central no radicaba en la tenencia de la tierra, sino en garantizar y aumentar la producción a través de grandes inversiones en proyectos agroindustriales. Él, en contraste, consideraba que por elementales nociones de justicia social era necesario ese proceso de redistribución. Señalaba, además, que al hacer la reforma agraria se lograría un elemento fundamental para asegurar la estabilidad económica del país que tanto le preocupaba: ampliar el mercado interno.

La posibilidad de vencer los obstáculos de los sectores terratenientes y de llevar a cabo su soñada reforma agraria le llegó cuando ascendió a la Presidencia de la República. Durante su período presidencial, impulsó organizaciones campesinas y creó un instituto encargado de administrar a nombre del Estado las tierras baldías de propiedad de la nación para adjudicarlas o crear reservas. Y siguiendo el espíritu de la ya citada reforma de 1936, creó Procuradores Agrarios quienes, como delegados del Procurador General, debían encargarse de realizar y controlar las extinciones de dominio que fueran necesarias. A lo largo de su mandato, según algunas estimaciones, se llevó a cabo el 25% del programa de adquisición de tierras y el 72% del programa de extinción de dominio de tierras baldías de la Nación.

Él, según varios análisis de historiadores y sociólogos, implementó esta reforma no solo para lograr unos mejores niveles de equidad en la propiedad de la tierra y volver productivas las baldías, sino también para generar condiciones propicias para la consolidación de una era de paz en Colombia.

Este relato, que parece corresponderse con una visión ficcionada de un mandato presidencial de Gustavo Petro, realmente ocurrió entre 1966 y 1970 y su protagonista fue el presidente liberal Carlos Lleras Restrepo. Sí, el abuelo de Germán Vargas Lleras, quien, en pleno apogeo de la Revolución Cubana, impulsó la referenciada reforma agraria a través de la Ley 1ª de 1968. Pese a que se trataba de una reforma impulsada desde los Estados Unidos en el marco de la Alianza para el Progreso, los sectores latifundistas más radicales intentaron deslegitimarla, tildando a Lleras Restrepo de ‘comunista’ e ‘instigador de lucha de clases’ Y luego, cuando ya habían sembrado la cizaña, miembros del liberalismo y el conservatismo, con la decidida participación del presidente Misael Pastrana (sí, el papá del también presidente Andrés Pastrana) dieron forma al Pacto de Chicoral. En este municipio del Departamento del Tolima, a puerta cerrada (como siempre han hecho sus pactos y como seguramente lo harán en una eventual segunda vuelta), desnaturalizaron la reforma agraria de Lleras Restrepo y, al hacerlo, los verdes campos colombianos se tiñeron de rojo con la sangre derramada por líderes campesinos y miles de habitantes pobres.

Lo que ocurrió posteriormente es historia conocida, pero es necesario remarcarla constantemente porque, como bien dice el periodista Félix de Bedout, ‘no es que los políticos tengan mala memoria, es que conocen bien la mala memoria nuestra’. Al inicios de los años noventa, tras revivir la doctrina de la creación de autodefensas impulsadas por el presidente Guillermo León Valencia (sí, el abuelo de la senadora Paloma Valencia), sectores con grandes intereses en la tierra, entre ellos Álvaro Uribe Vélez, auspiciaron las llamadas Convivir. Estos ejércitos privados derivaron en fuerzas paramilitares que, a través de masacres, desplazamientos y asesinatos selectivos, adelantaron una brutal contrarreforma agraria que benefició a los grandes capitales y condenó a los sin tierras a la miseria.

Hoy, cuando se abre camino la posibilidad de que fuerzas progresistas implementen reformas para construir una paz estable y disminuir las desigualdades sociales existentes en Colombia, el nieto de Carlos Lleras Restrepo, Germán Vargas, decide no retomar los esfuerzos que su abuelo hizo para llevar a cabo una reforma agraria con y para los campesinos. En contraste, junto a los Valencia, los Pastrana, los Uribe, repite una y otra vez que de implementarse los puntos acordados entre el gobierno y las Farc en la Habana, entre ellos el de la Reforma Rural Integral, Colombia iría en caída libre hacia el comunismo.  Y lo peor es que hay miles de colombianos que ciegamente creen en semejante insensatez. Tal vez convenga recordarles la frase que se hizo célebre en los tiempos de la Presidencia de Lleras Restrepo: si no hay paz en los campos, no hay paz en el país. Varios (sobre todo aquellos que cuentan con formación profesional) tendrán que perdonarme por dirigirme a ellos en los siguientes términos, pero no encuentro otros más apropiados para expresar mi indignación por negarse a aceptar algo que está tan claro: ¡lo que les preocupa a Uribe y sus pares no es el castrochavismo, es la tierra estúpidos!

* Historiador de la Universidad de Cartagena, con Maestría en Historia, Graduate Certicate in Latin American Studies y PH. D en Historia de la Universidad de Pittsburgh.

 

1 Comment

  1. Es la historia Política de este País que no conocen las bases , por eso son engañados.

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