El estigma y los inmigrantes venezolanos

Por Francisco Javier Flórez Bolívar *

Los miles de inmigrantes venezolanos que han llegado al territorio colombiano a raíz de la crisis económica que registra su país por la torpe administración de Nicolás Maduro, aparte de su disputa diaria por conseguir comida o un lugar donde dormir, están luchando contra un enemigo que amenaza con hacerles aun más difícil su estadía en Colombia: el estigma.

En varias ciudades colombianas he escuchado diversas voces que, a punta de generalizaciones y miradas estereotípicas, tildan a los venezolanos de asesinos, prostitutas y ladrones. En Santa Marta, ante el asesinato de un taxista en medio de un atraco protagonizado por un venezolano, el calificativo de asesinos le sale natural a un taxista samario que abordé. “Todos andan en lo mismo”, me dice con el tono de quien tiene una absoluta certeza. En Bucaramanga, otro que iba escuchando un programa radial en su pasacinta, expresa su indignación cuando en la programación incorporan los chistes de un humorista venezolano: “Ahora hasta en las emisoras tenemos que escucharlos y soportarlos”, me dice buscando una aprobación que de mi parte jamás recibió. Y en Cartagena, una joven peluquera me hizo saber su malestar porque frente a su casa una familia venezolana abrió una peluquería y le estaba arrebatando sus tradicionales clientes. “No veo la hora en que el gobierno los saqué del país”, fue el cruel argumento que esgrimió como solución.

Algunas instituciones estatales y funcionarios gubernamentales se han sumado a este coro de voces que han hecho uso del estigma y el rechazo como cartas para lidiar con la crisis humanitaria que se ha originado a raíz de la masiva llegada de venezolanos. “Es inaplazable considerar políticas que prevengan que los inmigrantes apelen al delito como una alternativa de vida”, se lee en una carta que el fiscal Néstor Humberto Martínez le envió recientemente a la canciller María Ángela Holguín. El año pasado, el alcalde de Villa de Leyva, Víctor Forero, explicó los altos índices de delitos que experimentaba la ciudad a partir de la presencia de los citados inmigrantes. Incluso, como se deduce de la reciente reacción del alcalde de Cúcuta, César Rojas, hay autoridades que han criminalizado la presencia de los venezolanos y han apelado al uso del Esmad para desalojarlos de espacios públicos.

Quienes hemos estudiado procesos migratorios en Colombia, sabemos que estos discursos y acciones desplegados desde espacios institucionales, antes que ayudar a encontrar salidas adecuadas, alimentan la xenofobia. Tienden a  invisibilizar las potencialidades y aportes que pueden realizar los inmigrantes a los territorios a los que llegan, al tiempo que dan patente de corso para que los ciudadanos pasen del discurso a las vías de hecho. Así ocurrió en los años 20 del siglo XX, cuando varios ciudadanos convocaron protestas para expulsar a los inmigrantes sirio-libaneses, a quienes tildaron de ‘basuras humanas’. Durante ese mismo período, trabajadores afro-antillanos, por su color de piel, también enfrentaron una actitud hostil. Tras adjudicarle el infame poder de llevar a Colombia a un ‘suicidio racial’, el gobierno colombiano elaboró una legislación que prohibía la entrada de todos aquellos elementos que, por sus condiciones étnicas, fueran en detrimento del desarrollo racial del país. Esa legislación careció de efectividad, pero terminó creando la imagen de estos inmigrantes como indeseables y, por tanto, susceptibles de ser rechazados.

El gobierno y los ciudadanos colombianos tienen argumentos de sobra para evitar que los inmigrantes venezolanos sean ahora los depositarios del estigma de indeseables. Aparte de haber integrado una misma nación durante una década, ambos territorios se han beneficiado del histórico flujo migratorio hacia uno y otro país. En los años 20 del siglo XX, los cerca de tres mil venezolanos que migraron a Colombia jugaron un rol central en el desarrollo de la para entonces naciente industria petrolera. Es imperativo recordar, además, que hubo un tiempo en que Venezuela fue el destino privilegiado por miles de familias colombianas. El boom petrolero que registró ese país en los años setenta generó un favorable ambiente económico y dio pie a un movimiento migratorio que, al día de hoy, algunos estiman en cinco millones de habitantes. Familias enteras, entre ellas la mía, pudieron edificar sus casas y levantar a sus hijos gracias a las oportunidades laborales que se les abrieron en territorio venezolano. De manera que es hora de retribuir lo recibido, superar los estigmas y ser solidarios con quienes en su momento lo fueron con los millones de colombianos que migraron a Venezuela.

* Historiador de la Universidad de Cartagena, con Maestría en Historia, Graduate Certicate in Latin American Studies y PH. D en Historia de la Universidad de Pittsburgh.

 

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