El ateísmo como prueba de Dios

Por Danilo Contreras Guzmán *

No cabe duda que cada página que he cometido es una temeridad, o quizás, sería mejor decir, un atrevimiento. Ese pertinaz proceder se agrava si la opinión vertida versa sobre asuntos trascendentales como la filosofía, la teología, la literatura o las teorías económicas complejas, todos temas que deberían estar vedados al concepto de un lego como el autor.

Sin embargo encuentro justificación para aludir ocasionalmente a estas complejidades en una especie de gimnasia intelectual (casi una compulsión) que tiende a la deliberación y, fundamentalmente, en la tranquila confianza de que son enormemente escasos los lectores de estas conjeturas; pero lo que es mejor, la esperanza de que el corto número de los lectores que pacientemente logran terminar estas peregrinas líneas, tal vez profesan el don cristiano de la clemencia.

Hecha esta salvedad necesaria procedo a referirme al reciente debate protagonizado por el prestigioso biólogo evolutivo, divulgador científico y activista ateo (así se le anuncia) de origen británico, Richard Dawkins y el teólogo y sacerdote jesuita Gerardo Remolina, quien comparte nuestra estoica y menos renombrada nacionalidad.

Todo parece indicar que el debate no fue un discurrir pacífico, como era de esperar con personalidades de sólida formación intelectual. Puedo afirmar lo anterior, pese a no haber sido testigo de excepción, por cuenta de una episódica nota televisada en la que aprecie un lance entre los contendientes, pero también lo deduzco del apasionado reporte que de los hechos ha dejado el profesor Moisés Wasserman en su columna de El Tiempo titulada “Dawkins: Religión y ciencia”.

En aquella nota el maestro Wasserman alude al debate en estos términos “La pelea era sobre si Dios es una ilusión” y previamente denota la naturaleza del certamen con esta frase enfática: “El estadio de la Universidad Javeriana estaba a reventar”. Ciertamente la moderación es un anacronismo proscrito incluso por aquellos de quienes se aguarda un apacible espíritu.

Wasserman describe la posición del cura Remolina como la de quien cree en Dios como un acto “emocional, profundo y personal”, con lo cual, debo confesarlo, guardo plena concordancia pues entiendo la religiosidad como un sentimiento íntimo y trascendente. Justamente por esa concepción suelo criticar a ciertas sectas que involucran la profesión mística de los feligreses con los intereses políticos del pastor o del partido político al cual este pertenece. No dudo en calificar ese proceder como una infamia.

Wasserman prosigue con una deducción que contamina su resumen, según mi modesto entendimiento. El profesor señala respecto de la argumentación del Jesuita Remolina: “Si inscribe esa creencia en una religión (lo que sucede con la inmensa mayoría de las personas), acepta una verdad revelada y una doctrina oficial y necesariamente debe considerar falsas las verdades reveladas de los otros”. Este aparte me trae a la mente una vieja, casi raída conferencia en la que Borges discurría acerca del Budismo. Nuestro entrañable argentino sostenía que el Budismo a diferencia de las religiones ‘Abrahamicas’ como el judaísmo, el cristianismo y el islamismo, profesa la tolerancia. Estos credos monoteístas corresponden con la idea de Wasserman en el sentido de que quien acepta su doctrina, inexorablemente tacha como falaz cualquier otra profesión mística. En cambio, el Budismo, mansamente, puede aceptar que un seguidor sea al tiempo fervoroso prosélito de la Torá, la biblia o el Corán. Borges apunta que el Budismo no precisó del fuego ni del hierro para establecerse.

Osaría pensar que el profesor Wasserman pudo caer en la inexactitud de considerar que un argumento en favor del ateísmo puede sustentarse en la sola consideración de las religiones ‘Abrahamicas’, dejando a la vera la tendencia natural de la humanidad que indaga por una explicación trascendental a la infinitud del universo en el que se encuentra inmerso. Es más, el maestro parece olvidar que el protestantismo que tantos progresos ha logrado aquí por cuenta del pluralismo laico de la Constitución del 91, es una fórmula de trasgresión a la doctrina oficial del catolicismo impulsada hace ya tantos siglos por Lutero. Quiero decir con esto que Lutero afirmando su creencia en Cristo se rebela contra la doctrina cristiana católica. Incurrió en heterodoxia aquel severo monje alemán, sin dejar de ser esencialmente cristiano.

Pues bien, el profesor Wasserman continúa su amena narración del certamen protagonizado por los filósofos volviendo su atención sobre los argumentos de Dawkins. Al parecer el padre Remolina, cándidamente, le formuló al ateo pensador inglés la misma pregunta que le hicieran en alguna ocasión a Bertrand Russell acerca de la hipótesis de encontrar a Dios en el trance de la muerte quien naturalmente (o sería mejor decir, sobrenaturalmente) le juzgaba por su incredulidad. Se dice que con evidente astucia, Russell planteo que le respondería: “Señor, no me diste suficientes evidencias”. Dawkins con la misma flema británica de su fallecido paisano respondió que ante una hipotética comparecencia ante el creador, ripostaría desafiante: “¿Cuál Dios eres tú?, ¿Baal, Brahma, Yahvé, Alá..? Según Wasserman, una respuesta de ese calibre espetada al omnipotente no sería un simple despropósito, pues guarda el cuestionamiento a la multitud de dioses que la humanidad ha adorado con la consecuencia de que la aceptación de un credo implica el rechazo a los otros, percance que nos ha conducido a incontables guerras y matanzas.

Encuentro en el planteamiento de Dawkins cierta temeridad que sin duda podría costarle la condenación al fuego eterno. En mi caso particular de ciudadano común, considero como Russell que si llegare a estar ante el tribunal del Eterno, sería un poco más político y considerado en el trato con el Altísimo, pues claramente pedirle al Señor que se me identifique sería por lo menos una descortesía.

Con esto dejo sentado que el argumento historicista de la multitud de Dioses que la humanidad ha alabado resulta inconsistente, pues el error que pueda viciar tantas creencias no es una prueba de la inexistencia de Dios. Borges que va siendo una especie de evangelista particular, afirma en la misma conferencia que he citado que “La historia es una ilusión universal”, y yo podría agregar tímidamente que la historia nada prueba en términos científicos.

Dawkins sostiene que el Universo y la Naturaleza son una prueba precaria de la existencia de Dios, pues en rigor, esto solo prueba que ellos mismos existen.

Einstein que era algo más que un activista y tal vez el paradigma del científico moderno, no cometió el pecado capital de soberbia y pese a la disciplina de su mente inquisidora, prefirió optar por creer en el “Dios de Spinoza, quien se revela a sí mismo en una armonía de lo existente, no en un Dios que se interesa por el destino y las acciones de los seres humanos”.

Debo declararme (también) ignorante de la teología de Spinoza, sin embargo podría decir que Einstein dejó expresado mi pensamiento al ampliar su explicación sobre su credo en el “Dios de Spinoza”. En cierta entrevista Einstein afirmó: “No soy ateo. No sé si pueda definirme como panteísta. El problema es demasiado vasto para nuestras mentes limitadas. ¿Puedo contestar con una parábola? La mente humana, no importa que tan entrenada esté, no puede abarcar el universo. Estamos en la posición del niño pequeño que entra a una inmensa biblioteca con cientos de libros de diferentes lenguas. El niño sabe que alguien debe haber escrito esos libros. No sabe cómo o quién. No entiende los idiomas en los que esos libros fueron escritos. El niño percibe un plan definido en el arreglo de los libros, un orden misterioso, el cual no comprende, solo sospecha. Esa, me parece, es la actitud de la mente humana, incluso la más grande y culta, en torno a Dios”.

Ante estas referencias de científicos, filósofos y teólogos, poco importa el argumento de un cristiano pecador como el autor, sin embargo es preciso decir que dudo del historicismo religioso pues la historia es discutible, acientífica, pero no dudo que la persistencia de la humanidad en la búsqueda de una entidad superior que justifique y de sentido a nuestra presencia en el universo nos conduce a desconfiar del ateísmo. Ya se dijo arriba que la experiencia religiosa es íntima y trascendente. No se trata en ese caso de comprender sino de sentir, de sentir de un modo hondo, como lo expresara Borges, una compenetración con un ser superior que nos salva de nuestro desolado destino finito. Creemos entonces en un ser destinado a salvarnos a todos. Un ser amoroso capaz de cobijarnos mansamente, sin considerar nuestras faltas que son trivialidades para el omnipotente.

En todo caso y como corresponde, debo optar finalmente por la prosaica alternativa que nos ofrece Pascal, ese viejo y astuto francés que planteó con el impecable pragmatismo de un tahúr que es “más rentable creer en Dios”. En efecto el argumento sostiene que aunque no se conoce con seguridad empírica que Dios existe, lo racional es ‘apostar’ por su existencia, pues si Dios no existe nada se pierde, pero si existe y has profesado el ateísmo tal vez te verás expuesto al fuego eterno. En mi caso el calor extremo me brota la piel.

Queda claro que el título de estas líneas no logró satisfacción pero plantea una paradoja que puede ser interesante.

Borges que a su pesar intentó el ateísmo, terminó por confesar que somos un atributo de Dios.

* Abogado especialista en Derecho Administrativo y candidato a Maestría en Derecho con énfasis en Derecho Público.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Social media & sharing icons powered by UltimatelySocial