Por José Pardo Piar *

Uno de los próceres más queridos en el Caribe colombiano es el General José Prudencio Padilla. La historia cuenta que nació en Riohacha (Guajira), fue un militar destacado, participó en las guerras de la independencia, llegó a ser Almirante de la República y fue acusado de apoyar la Conspiración Septembrina.

Lo que no es muy conocido es la cruel discriminación que sufrió por su origen pardo, la toma del poder que lideró en 1828 en Cartagena de Indias durante tres días y su castigo con el encerramiento en una cárcel en Bogotá. La versión más extendida en el país es que el Almirante participó en el intento de asesinato de Simón Bolívar y por ello fue juzgado, sentenciado y ejecutado el 2 de octubre de 1828.

Sin embargo, la historiadora de la Universidad de Texas en Austin, Aline Helg, considera que esa no fue la verdadera causa del ajusticiamiento del Almirante Padilla. En su intervención en el III Simposio sobre la Historia de Cartagena: La ciudad en el siglo XX republicano, afirmó que “… desde comienzos de la guerra contra España, Bolívar estaba obsesionado con la idea de que la pardocracia (literalmente, el gobierno de los pardos) podría transformar a Venezuela y a la Costa en otro Haití”. La ejecución del único general pardo de la Nueva Granada, fue, entonces, “para darles una lección a los pardos en general y a los costeños en particular”, dice Helg.

Esa parte de nuestra historia local muestra la marcada discriminación racial en Cartagena. De hecho, en ese lamentable episodio, al decir de Helg, el venezolano Mariano Montilla, asentado en Turbaco, urdió una trampa contra el Almirante Padilla, acusándolo ante Bolívar de fomentar una revuelta civil armando a las clases bajas y oscuras de “jetsemaní” y algunos esclavos de Cartagena.

Ese comportamiento racista en la nueva república no es un hecho aislado; por el contrario, tiene nefastos precedentes. El historiador Javier Ortiz cuenta que en “…1822, cuando no se había disipado por completo el ruido de la artillería y el olor a pólvora de las luchas por la independencia, se publicó el documento Colombia: relación geográfica, topográfica y política de este país”.

Esa geografía, comenta Ortiz Cassiani, fue relacionada por algunos con el diplomático cartagenero José María del Real. Allí se afirma que “la población de Cartagena se cree sea de 25.000 almas. De estos los descendientes de los indios que ocupan los arrabales, son los más numerosos. El resto son chapetones, o y Europeos”. Patético ejercicio de invisibilización de la otredad afro cartagenera.  

Ahora, cuando las autoridades locales han recocido a Cartagena de Indias como sitio de memoria y conciencia afro, existe una ruta del esclavo, se ha creado y desarrollado la cátedra afro como estrategia pedagógica y de apropiación social, y la herencia africana es resaltada como un componente esencial de esta sociedad multicultural e interracial, cabe preguntarse si, independientemente de los pecados cometidos como políticos, la sevicia en los ataques inmisericordes y mortales al primer alcalde afrodescendiente de Cartagena elegido por el voto ciudadano y a un joven pardo de un barrio humilde y popular, no son más que una consuetudinaria y secular muestra del racismo y clasismo que corre por la venas de una anacrónica casta con mentalidad monárquica, atlántica y confesional que habita en Cartagena la fantástica.

Y no puede otra cosa que ‘fantástico’ (y vergonzoso), que la misma élite empresarial y social, que condena con tanta ligereza a los pardos, entierre sus perversidades cometidas durante los últimos tres siglos y convoque a un homenaje para un ‘blanco’ cartagenero que está involucrado, por la Fiscalía, la Contraloría y la Procuraduría en el despilfarro de cientos de miles de millones de pesos del erario colombiano. Y, lo peor, que la gente les vaya. ¡Vaya, vaya Caballero!

* Analista político.

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