Elegía a Calixto Ochoa

Por Francisco Javier Flórez Bolívar *

Supe de la existencia del cantautor y acordeonero Calixto Ochoa a través de El Parrandero, una máquina de sonido que un vecino de mi abuela Socorro Navarro tenía en Cascajal (Bolívar), mi pueblo. Cada fin de semana, su propietario, Juvenal Caballero, descansaba de su ardua jornada de trabajo como campesino al compás de una banda sonora en la que Ochoa tenía reservado un lugar de privilegio. A comienzos de los noventa, siendo un adolescente, la devoción de Caballero por la música de Ochoa hizo que mi museo mental se poblara con nombres de personajes como Remanga; se nutriera de historias como las de ‘El Compae Menejo’, y se llenara de las geografías que recorrió ‘El amigo Chan’ en su viaje a los Estados Unidos.

A finales de esa década, cuando la música de acordeón ejercía un incuestionable reinado en casa de mis padres, el catálogo que Juvenal Caballero había cultivado durante mis años de adolescente aumentó. Composiciones como Lirio Rojo, Los Sabanales, Playas Marinas, Mata e’ Caña y Charanga Campesina, en la propia voz de su creador o en la de intérpretes como Alfredo Gutiérrez, Jorge Oñate o Tomas Alfonso Zuleta, se disputaban el papel de cómplices que mis papás necesitaban para ambientar sus rutinas. El también cantautor campesino Diomedes Díaz, quien inmortalizó numerosas creaciones de Ochoa, ensanchó aún más el repertorio familiar. En varias de las madrugadas que he visto llegar en Cascajal, usualmente suenan Todo es para ti, Palabra Sagrada, Sueño Triste, Chispitas de Oro, Mi Biografía, o Por eso gozo (La plata).

Mi fascinación por las composiciones de Calixto Ochoa se intensificó en la década del 2000. Para entonces, por mis estudios en Historia, me había entregado a la lectura de perfiles y crónicas de los juglares más representativos del mundo vallenato, entre ellos Ochoa. A través de esa narrativa, supe que había nacido un 14 de agosto de 1934 en Valencia de Jesús, un corregimiento del municipio de Valledupar. Que su infancia, al igual que la de muchos de sus pares, había transcurrido en medio del constante laboreo del campo, y que desde temprana edad su gusto por el verso y su incomparable habilidad en el acordeón le ayudaron a ganarle la batalla a las trampas de la pobreza.

Calixto Ochoa, quien se radicó en Sincelejo en 1956, empezó a tocar la gloria con la grabación de El Lirio Rojo. En esa pieza musical, haciendo uso del otrora lenguaje poético que caracterizaba las composiciones vallenatas, Ochoa canta: “Yo tenía mi lirio rojo bien adorna’o/ con una rosita blanca muy aparente/ pero se metió el verano y lo ha marchita’o/ por eso vivo llorando mi mala suerte”.

Esta obra maestra hizo que Antonio Fuentes, gerente de Discos Fuentes, lo reclutara para hacerle contrapeso a otra gran figura del canto popular: Aníbal Velásquez. Acto seguido, en 1961, bajo órdenes del mismo Fuentes, reclutó a los geniales Alfredo Gutiérrez, Eliseo Herrera, Francisco Cervantes y Lisandro Mesa. La conjugación de tantos talentos se tradujo en la creación de los Corraleros de Majagual, una legendaria agrupación de música popular que, a través de la fusión del embrujo del acordeón y del cautivador sonido de las bandas de viento, estableció un indestronable imperio en la escena musical tropical durante cerca de tres décadas.

La consagración en el mundo vallenato del hijo ilustre de Valencia de Jesús tuvo lugar en el marco del Festival de la Leyenda Vallenata de 1970. Ochoa, en esa versión del ahora decadente certamen, se enfrentó a los acordeoneros Andrés Landero y Luis Enrique Martínez, poseedores de mágicas notas que le habían ayudado a forjar su propio estilo. Estos maestros, junto a grandes ejecutores del acordeón como Nafer Durán y Emiliano Zuleta Díaz, contemplaron la magistral ejecución que hizo de composiciones como ‘El gavilán castigador’ y ‘La puya regional’, que le merecieron en aquel año la corona de Rey Vallenato. Comprendo, ahora, la devoción que Juvenal Caballero profesaba por la genialidad musical de Calixto Ochoa.

En los últimos años, seducido por el contenido y el mensaje que proyectan varias de sus composiciones, he retornado a Calixto Ochoa. Al revisar algunas de sus letras, sobre todo varias de las que convirtieron en leyenda a los Corraleros de Majagual, se me revela como un exaltador de la cultura popular. En Remanga, por ejemplo, emergen voces y experiencias de la ruralía. En otras oportunidades, producto de sus preocupaciones por temas como la muerte (Sueño triste), el dinero (Por eso gozo), o la envidia (La envidia), se me antoja llamarlo un compositor conceptual.

Revelador, al menos para quienes nos interesamos en los temas sobre las relaciones raciales, me ha resultado el lugar que Ochoa le otorga a esa realidad dentro de sus composiciones. En Sueño triste, canción que narra un sueño que tuvo con la muerte, Ochoa no duda en reafirmar su origen racial negro: “El día que el negro Cali muera, que pensará el pobre difunto”, expresa. En Mi color moreno, canción que cuenta una desventura amorosa que sufrió, hace énfasis en el desprecio que una de sus pretendidas le hizo por su color de piel:“El otro día me contaron que me odias por el color”, consigna. Y en Morena, acudiendo al amor como inspiración, expresa el que siente por una mujer de su mismo origen racial: “Morena, ay ay morena/tu eres el idilio de mis ojos/en ti miro el reflejo de mi dicha y bienestar”

Pero tal vez donde con mayor fuerza enfatiza en las desigualdades socio-raciales es en la canción El Esqueleto. Es un canto que, ante la inevitabilidad de la muerte, celebra la igualdad y cuestiona las jerarquías de clase y raza. En la versión grabada por el mismo Ochoa, quedó plasmada únicamente la crítica a los prejuicios de clase:“Por eso es que todo el mundo pa mi es igual/yo respeto al niño y respeto al viejo/le hablo al que tiene plata, al que no la tiene, al acomoda’o y al limosnero”. Y luego agrega: “Se acaba la vida, se acaba el misterio, cuando uno se muere ya no vale na’, aquí vale igual un pobre pordiosero que el más ilustrado de la sociedad”.

Sin embargo, la versión original, a juzgar por una interpretación de su hijo Rolando Ochoa, incorpora unas líneas que abiertamente hablaban de discriminación racial:“Se acaba la vida/ se acaba el misterio/ se acaba el orgullo y también la ambición/ el día que lleguemos al descanso eterno allí no hay ninguna discriminación”. Y luego, para que no quede duda de que está haciendo alusión a la igualdad de los grupos raciales, entona: “Allí somos iguales compadre, vale el viejo lo mismo que el joven, vale el blanco lo mismo que el negro, y vale el rico lo mismo que el pobre”.

Hoy, cuando se cumplen dos años del fallecimiento de “el negro Cali”, una elegía a su canto y composiciones, aparte de hacerme evocar a El Parrandero del ya también fallecido Juvenal Caballero, me hace caer en la cuenta de cuanta poesía, contenido y narrativa han perdido buena parte de las composiciones vallenatas.

* Historiador de la Universidad de Cartagena, con Maestría en Historia, Graduate Certicate in Latin American Studies y PH. D en Historia de la Universidad de Pittsburgh. 

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