Por Francisco Javier Flórez Bolívar *

La democracia colombiana, a juzgar por las piezas publicitarias divulgadas recientemente por Cambio Radical (CR) y una representante del Centro Democrático (CD), se encuentra en peligro. Y lo está no por el fantasma del castrochavismo que con hábil e irresponsable cálculo político ambas colectividades han hecho recorrer en Colombia, sino por la retorcida concepción de democracia que manejan algunos de los integrantes de los partidos en mención. Quien se haya detenido a analizar el contenido de ambas campañas percibe fácilmente lo que enfrentará Colombia en caso de que German Vargas Lleras o “el que diga Uribe” lleguen a la Presidencia de la República: tendremos que navegar en un orden político marcado por una visión pobre y reducida de lo que significa vivir en democracia.

La campaña publicitaria de CR, amparada en los posibles efectos de la penetración del castrochavismo a Colombia, propone que si no se saca del juego al movimiento político creado por las Farc iremos rumbo a la dictadura y el atraso. Desde el CD, creador intelectual del discurso castrochavista, la representante a la Cámara Margarita Restrepo utilizó las redes sociales para propagar el peligroso mensaje de silenciar a políticos como Iván Cepeda, Claudia López, Humberto de la Calle, Sergio Fajardo, entre otros líderes. Aunque las piezas del CR y la de la representante del CD enfatizan en que lograrán sus propósitos  “en democracia” o “en las urnas”, se hace evidente la retorcida noción de democracia que proyectan las campañas publicitarias en mención.

En ningún momento se proyecta el mensaje de facilitar la participación política del número mayor posible de ciudadanos interesados, propuesta por Norberto Bobbio. Tampoco se ven rastros de la democracia participativa que el filósofo alemán Jürgen Habermas convirtió en receta para cuestionar los nefastos efectos de las concepciones tecnocráticas de la política. Se trata realmente de una noción estrecha de democracia que se ha instalado en la mentalidad de ciertos sectores de las élites políticas colombianas. Es una dañina interpretación que supone que al contradictor político no se le controvierte con argumentos, sino que se le debe eliminar simbólica o físicamente.

Esta concepción que empobrece la democracia fue la que puso fin al proyecto de liberalismo popular que articuló Jorge Eliecer Gaitán en los años 40 del siglo XX. Inspiró también a los gobiernos liberales y conservadores del Frente Nacional que, entre 1958 y 1974, decidieron repartirse el poder en Colombia y sacaron del juego a las fuerzas políticas alternativas. Esta misma peligrosa visión de democracia sepultó las esperanzas de paz que emergieron durante el gobierno de Belisario Betancur (1982-1986). En esa oportunidad el saldo no pudo ser peor: fueron asesinados tres mil militantes de la Unión Patriótica, entre ellos dos candidatos presidenciales (Jaime Pardo Leal y Bernardo Jaramillo Ossa) y trece parlamentarios.

Justo ahora, cuando nuevamente el país parece transitar de manera definitiva hacia el postconflicto, a los miembros de Cambio Radical y el Centro Democrático se les da por desplegar campañas publicitarias que desde el mundo simbólico proponen silenciar o sacar del juego a quienes han decidido jugársela por la paz o han defendido las negociaciones con las Farc. Suficiente tiene el país con la inaceptable y sistemática eliminación física de líderes sociales cuya cifra, solo en lo que va corrido del año, ya asciende a 125 asesinados.

Estos partidos políticos, acudiendo a las reglas propias del ejercicio democrático, pueden (y lo han hecho) expresar con argumentos su oposición a la implementación de los acuerdos o sus desavenencias con la Justicia Especial para la Paz. Pero también, acudiendo a la ética de la responsabilidad, deben saber que algunos de sus mensajes no solo llevan a que incautas personas como la exreina Tatiana Castro asuman que pagar por las bolsas plásticas en los centros comerciales, en vez de ser una campaña ambiental, es un signo de castrochavismo. Sus irresponsables mensajes también pueden servir de catalizadores para que actores armados ilegales, como lo han hecho históricamente, eliminen físicamente a aquellos a los que hay que “sacar del juego” o “silenciar”. Ese sí, sin lugar a dudas, es un grave peligro para cualquier democracia.

* Historiador de la Universidad de Cartagena, con Maestría en Historia, Graduate Certicate in Latin American Studies y PH. D en Historia de la Universidad de Pittsburgh. 

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