En vez de construirlas, la corrupción se roba las canchas de los cartageneros

Por Juan Diego Perdomo Alaba *

En la cancha del barrio La Troncal y Buenos Aires donde hoy hay una guerra campal por su dominio, aprendí a jugar fútbol. Hice decenas de goles, puse mil pases y ataje taponazos hasta con mi vida. Cómo no recordar el gol de chilena en el mismo partido donde boté el penal que nos dejó por fuera del campeonato.

Allí nos juntábamos todos los sábados con la pinta de moda: el dril caqui, la camiseta Gotcha y las Reef. Bailábamos y tarareábamos las champeticas que ponía el viejo Marrugo en su picó de dos cajas. Allí concertábamos con las chicas si la ‘minitek’ del festivo siguiente iba a ser de Salserín, Rikarena, Chichi Peralta o Elio Boom. A $500 la entrada donde Rafa.

De la vida solo nos preocupaba que el palo de ciruelo del parque estaba cada vez más marchito y que el de mamoncillo era montado en las madrugadas por un grupillo de Los Calamares.

Cuando llegué con mi mamá al barrio en 1991, el parque, ubicado justo al frente de mi casa, era un peladero que recién habían rellenado de cascajo y piedra coralina para nivelar el terreno porque supuestamente el municipio haría allí un centro recreacional. -Qué dicha – pensé. Pero al cabo de unos años las promesas quedaron reducidas a un par de arcos de minifútbol; imagínense, jugar allí era suicida, pero qué va, era nuestra vida. La felicidad.

Ya en la década del 2000 se hizo la gestión para que el Distrito hiciera una cancha de ‘golito’ y otra de micro. La comunidad acondicionó allí una suerte de gimnasio y juegos para los niños y plantó árboles en su entorno. Desde hace años ese siempre desde fue nuestro punto de encuentro y el de varias generaciones de moradores de barrios aledaños.

Pero ahora resulta que la cancha tiene dueño, tal como ha sucedido en más de una docena de parques en los barrios suroccidentales de la ciudad. Porque en Cartagena de Indias nada es público, ni siquiera la vía por donde transitamos. Ni el aire que respiramos, porque solo falta que le hagan una APP para que nos la cobren por peaje. A todo le aparece un tercero que sale de la nada. Así pasó con Chambacú, con Contecar, con la Ciénaga de la Virgen que en poco nos la expropian. Los cartageneros somos los acreedores de quienes se la vienen robando desde hace décadas. Ya no sabemos en qué momento nos van despojar de nuestras propias casas, porque hasta la cultura, que es nuestro intangible más preciado, nos la vienen arrebatando hace rato. Hasta cuándo, pueblo servil, conforme y pusilánime. Hasta cuándo.

Dicen los vecinos del sector que el urbanizador, don Héctor García Romero, -sí, querido lector, el mismo de Chambacú-, ‘olvidó’ en su momento ceder el parque al municipio. Continuó a su nombre y por allá en el dos mil y pico lo embargaron, le quitaron unas propiedades en Manga y como no fue suficiente para pagar la deuda, ubicaron el terreno donde está el parque. Finalmente un banco remató el predio que compró un inversor -que no invasor…- español por poco más de $70 millones. Otra versión indica que García sí lo cedió al municipio, pero nunca se supo por qué este lo dejó perder: “algo turbio hubo en ese asunto”, acotó un vecino.

Me cuenta un amigo de infancia que hace un par de meses la alcaldesa (e) de la Localidad número uno, Yolanda Wong Baldiris, llegó a hurtadillas a entregar el predio, pero “ni siquiera se bajó de la camioneta a comunicarnos qué pasaba; firmó y se fue”. ¿Qué pasó allí, Yolanda, amiga? ¡Explícanos!

Hay que tener muchísimo poder para llegar a las 3 de la mañana con más de 100 policías a realizar una diligencia de posesión y posterior cerramiento del predio. También estuvo presente el Esmad con más de 70 de sus efectivos, siempre tan atarbanes abusando de su autoridad, maltratando salvajemente a la comunidad. Hay en clínica más de cinco personas impactadas por perdigones y afectadas por los gases lacrimógenos. Nadie responde. Todo un problema de orden público y el secretario del interior Fernando Niño Mendoza ni por ahí.

Me duele lo que sucede porque allí viví 22 años de mi vida y sé lo qué es ser desalojado injustamente de lo que se supone es propio. Esa cancha, donde me aporrié la infancia entera y fui feliz, y que la comunidad reclama como propia, dentro de poco podría ser dos moles de cemento: dos muros de la infamia.

Alcalde Sergio Londoño: le suplico por favor intervenga en la situación. Evite una desgracia, el tema es delicado, los ánimos están caldeados. Por primera vez pónganse del lado de la gente. Usted tiene comunicación con los poderosos de aquí y allá, medie. Restitúyale a la comunidad el predio que ha cuidado por más de 30 años, tenga un gesto de grandeza con la ciudad, con la Cartagena nuestra, la del barrio, la de extramuros, la de acá.

 

* Comunicador Social – Periodista de la Universidad de Cartagena

 

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