Memorias de un proceso de paz

Por Alexander Lopez Causado *

Una vez más realizo este viaje de regreso y en la memoria las imágenes se tropiezan unas con otras como queriendo otorgarse la exclusividad de mis recuerdos. La cotidianidad sigue allí, envolvente y monótona. Las montañas con poco follaje muestran su desnudez, las casas descoloridas dejan entrever la tristeza, y los habitantes con sus desventuras saben reír a cualquier hora del día. Para quien llega, las percepciones cambian; para quien se queda, la realidad sigue siendo la misma. Avanzo y en cada recodo de calle, evoco travesuras de niños, amores juveniles y parrandas al calor de vallenatos juglarescos. Salgo de la abstracción y reconozco caras familiares que dan la bienvenida, a propios y extraños, con gestos sonrientes y expresiones de afecto. No hay duda, estoy despierto y en el pueblo donde nací.

1. LOS RECUERDOS DE TULIO BALDOVINO

Es el mes de junio y, bajo la infinitud de un cielo fulgurante de dos de la tarde, todo parece sucumbir ante la inclemencia de un azaroso verano. El escenario es el parque que hace las veces de punto central de la población. Cuatro o cinco bancas en las que se puede divisar aún la silueta desgastada de una mujer enmarcada en una hoja, saboreando un pocillo de café Almendra Tropical. En una de ellas están los periodistas de un programa de Telecaribe alistando las cámaras y el repertorio de preguntas. En el otro extremo, con una mirada extraviada y embriagada de recuerdos, se encuentra Tulio Baldovino, un hombre de contextura recia y de palabra certera atemperada por los años. Mira a su lado, justo donde hay un muro coronado por una placa y con letras débiles en las que se puede leer una de esas frases que se escriben para curarnos del olvido y confinarnos a la gloria: “Aquí en Don Gabriel, pueblo enclavado en las montañas de María, se adelantaron los diálogos por la paz de los colombianos, entre el gobierno nacional y el Partido Revolucionario de los Trabajadores PRT (Septiembre 4 1990 – Enero 26 1991)”.

Por primera vez, en el tiempo que llevamos sentados allí, le escucho murmurar algo:

-La paz que se firmó aquí, nos trajo la guerra.

De inmediato advierto que la frase es una especie de antinomia y que en esa paradoja se encierra la realidad de este corregimiento sucreño que ha vivido del cultivo del maíz, tabaco y la siembra de tubérculos.

-Esto era un pueblo apacible, comenta, como si un rafagazo de nostalgia pasara por su mente.

-Aquí los hombres se morían como debe ser, con achaques de viejos, y si había algún problema lo resolvían a punta de trompadas con cuadriláterosy réferis improvisados”.

Los periodistas le hacen señas de que se encuentran listos para la entrevista a la que ha sido invitado, en homenaje al cantautor Don Gabrielano Miguel Ignacio ‘Nacho’ Paredes, y la conversación se centra en labores del campo, aspectos culturales y vida de jolgorio. Pero las palabras de Baldovino actúan como un estimulante de la memoria y recuerdan lo que significó el proceso de paz celebrado en la población de Don Gabriel con el grupo insurgente Partido Revolucionario de los Trabajadores -PRT.

Empezaba la década de los noventas y los cambios geopolíticos se hacían sentir, llegando a los rincones más apartados del orbe: caída de los muros, disolución de utopías, desilusión socialista, apertura de mercados y neoliberalismo. Para ese entonces Colombia entraba en un tránsito esperanzador que hacía olvidar la inestabilidad sociopolítica de su historia. El M-19 había abandonado las armas y comenzó andar por el camino de la legalidad como grupo político; el Quintin Lame ultimaba los detalles para su desmovilización; a esto se le sumaba las iniciativas del ELN y las Farc-Ep de sentarse a dialogar y los avanzadas negociaciones con el EPL y el PRT. El diario EL Tiempo hizo, para ese momento, una radiografía de los procesos de paz que se adelantaban con estos grupos subversivos y, con respecto a este último, registró la confianza que había en ese momento, por los acercamientos, y celebraba el fin de las confrontaciones: “El Partido Revolucionario de los Trabajadores y el gobierno se encuentran reunidos en el campamento de paz de Don Gabriel, para tratar de resolver este viernes y de una vez por todas los conflictos armados que por ocho años ha sostenido esta organización de izquierda” (Diciembre 28 1990).

Pedro Felipe Pérez recuerda que para esa época “fue el inicio de una política de negociación para tratar de desmovilizar a grupos insurgentes a cambio de burocracia, participación política y cambio de vida”. Nacido en Don Gabriel, Pedro evoca el sentimiento vivido con la llegada del grupo guerrillero a la población. “Para Don Gabriel fue un momento de expectativa grande, ya que se tenía como principal objetivo el arreglo de vías, educación, salud, infraestructura y generación de ingreso”. No obstante, su hermano Germán rememora que, si bien había expectativas, sintieron temor, pues nunca habían visto tanta gente extraña y armada. Pero luego en un tono jocoso afirma:

-A la vez también estábamos alegres, porque íbamos a salir en televisión.

En efecto, Don Gabriel, un pueblo con más de dos siglos de historia, formado en un cruce de caminos a orillas de un arroyuelo, fue desconocido largo tiempo por los cartógrafos del Agustín Codazzi pues aún no figuraba en los mapas y muy poco se sabía de él, dado que sus vías de comunicación, por lo general, se encontraban en mal estado. El pueblo, para ese momento, estaba sumido en el abandono y la indolencia gubernamental; por eso, cuando por primera vez la prensa escrita y las cadenas nacionales comenzaron a registrar el nombre de la población, la alegría de sus habitantes no se hizo esperar “porque era una forma de afirmar nuestra existencia y compromiso con el país que nos había abandonado”, asegura Germán Pérez, al tiempo que reinaba el desconcierto del público común, pues les llamaba la atención aquel pueblo remoto con nombre de potentado.

El periódico El Tiempo, en su edición del 27 de diciembre de 1990, tuvo que realizar una descripción minuciosa para ubicar a estos lectores desconcertados: “Don Gabriel, sede del campamento del PRT está localizado a unos 45 minutos de Ovejas por una carretera en regular estado” y, un mes después, este mismo diario hizo una descripción más precisa al utilizar el calificativo de “corregimiento diminuto” en el que sus pobladores se reunían y contaban chistes en “una versión extraña de sábados felices”.

Fue desde las negociaciones de paz con el PRT que las cosas comenzaron a cambiar para Don Gabriel, pues no solo fue haber sido registrado por la prensa, sino también, cambios sustanciales como resultados de los acuerdos pactados como bien lo resaltaron los medios noticiosos del momento: “El gobierno elaboró un borrador del acuerdo con el PRT. El mismo comprometió acciones sociales para sacar adelante programas varios, entre ellos alcantarillado, escuelas, centro de salud, más crédito del sector agropecuario, acueducto y vías de comunicación” (El Tiempo 28 de Diciembre 1990).

Aunque no todos se cumplieron, hubo algunos que sobresalieron y fueron determinantes para muchos de sus pobladores. Pedro Felipe recuerda que “el pueblo quedó con el colegio, algunos desmovilizados recibieron sus tierras y la participación política se vio opacada por las persecuciones y la gran mayoría de sus dirigentes murieron”. En efecto, detrás de una negociación de paz hay muchos intereses creados, pues está de por medio obtención de tierras, participación política, odios infundados y demás. Pese a esto hay un valor incuantificable en todos los esfuerzos y voluntades de paz entre gobierno y guerrilla, cualquiera que sea la época, el gobernante de turno o las tendencias del grupo subversivo.

2. ACUERDO DE PAZ, FIRMA DE LA VIOLENCIA

Los periodistas apagan el flas de las cámaras y Baldovino ha tomado el impulso para seguir hablando de su situación de desplazado, como consecuencia de la violencia que se generó después del proceso de paz con el PRT. Recuerda que, así como los sabuesos encuentran el rastro que su presa ha dejado, otros grupos subversivos fueron haciendo su arribo, apostándose en este o aquel territorio cuya condición especial era la hospitalidad aduladora que iban encontrando.

-En este pueblo no hay ladrones, dice, mientras celebra lo espontáneo de la frase con la cual rememora un cuento de García Márquez.

-Ladrones, ladrones como tal, no, afirma; -lo que hay son borrachos que en la alegría de su juerga y para celebrar con estoicismo de macho ebrio, se roban una o dos gallinas para el sancocho, coronando así con éxito la parranda.

Sonríe entonces y recuerda la vez en que, siendo corregidor de Don Gabriel, en medio de una parranda en la que se encontraba, fue invitado a un sancocho por otros celebradores de domingo. Con la inocencia de quien actúa de buena fe, se dirigió al lugar del convite. Al día siguiente, la resaca del cuerpo se tornó en guayabo moral al saber que las gallinas de ese sancocho habían sido robadas a una viuda de la población que además era su adversaria política.

Vuelve e insiste que eso era lo que teníamos en la población hasta el momento en que llegaron los grupos subversivos. Pedro Felipe Pérez coincide con Baldovino al afirmar que “en la región existían delitos menores con los cuales las personas convivían, pero luego comenzaron a darse incursiones de grupos como el ELN y las Farc y se apoderaron del territorio, perpetrando muertes selectivas a campesinos por ser dizque colaboradores del ejército. A su vez el ejército incursionaba aplicando la fuerza, abusaban… pateaban a campesinos y torturaban, y hasta creo que fue el principio de los Falsos Positivos”. Después la situación empeoró y comenzaron las amenazas a los que mostraban su inconformismo ante la dominación a que fueron sometidos los pobladores dongabrielanos.

No obstante, otra amenaza se veía cernir; la llegada de grupos paramilitares aceleró el proceso de violencia y ayudó a engrosar la larga cifra de desplazamiento en el país. Campesinos como Baldovino tuvieron que dejar sus tierras, mal vender sus pertenencias y marchar hacia el casco urbano en donde, si bien se refugiaban de una violencia física, se sometían a la tortura de la añoranza y a la pérdida insoslayable del terruño que los edificó.

-Uno es, no porque tenga un nombre o un sexo definido, sino por lo que ve cada día, por el olor a campo fresco, por el sonido de lo que te rodea, que siendo el mismo, es algo nuevo cada vez que se repite, sentencia Baldovino sentado en este parque que hace parte de su ser.

3. EL RETORNO A MEDIAS

Los pobladores como Baldovino y otros más, no han regresado del todo. No saben qué les depara el porvenir, pues temen a esa fragilidad e inestabilidad de la política colombiana. “Ahora podemos venir, cultivar y andar hasta altas horas de la noche”, asegura, “pues hay una tranquilidad porque ya la guerrilla y los paramilitares se fueron de estos lugares, quizás por la presión del ejército, no lo sé, tal vez decidimos no ser más bobos útiles”. Tiene esperanza en que las cosas cambien; no lo ha dicho pero sé que se alegra de que haya nuevos diálogos de paz con grupos al margen de la ley. Cuando le pregunto que, si de él dependiera, estaría dispuesto a facilitar de nuevo al pueblo como lugar de una negociación de paz, sonríe y afirma:

-Con tal que se dé una paz de verdad, en que todos los sectores tengan una voluntad real, sí. No importa a qué precio, sé que hay intereses de por medio. Yo lo único que quiero es que se dé, de una vez por toda y así volver para siempre a mi pueblo”.

* Literato de la Universidad de Cartagena, con estudios de maestría en el Instituto Caro y Cuervo. Actualmente docente de la Universidad de Cartagena. 

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