Nos vemos en el jardín

Por Iván Sanes Pérez *

La antesala a la llegada al Jardín presagiaba una gran experiencia, de esas que van acompañadas de un delirio educativo al tiempo que colocan el alma de uno en el lugar que en verdad le corresponde: en clara armonía interna con la externalidad. Avancé en el auto por el camino empedrado que obligaba a bajar la velocidad del carro y las revoluciones citadinas que uno lleva consigo por más capricho que necesidad. “Buenos días”, le decía a la gente del camino. “Buenos días”, me respondía la gente del camino, emulando tiempos pretéritos de ese afable saludo que sobrevive en nuestros inconscientes y que nos fue transmitido desde los tatarabuelos como una herencia celeste en forma de pueblo, en forma de naturaleza hecha camino empedrado y dando la bienvenida al hermoso jardín Botánico.

Al entrar, me recibió Santiago, el director de la Fundación Jardín Botánico Guillermo Piñeres. Me contó una cantidad de historias del Jardín, haciéndome sentir emocionado, pero no conforme con eso de manera generosa me invitó a pararme de la silla exclamando: “Iván, mis palabras no son suficientes, acompáñame y que sea la naturaleza quien te lo explique”.

Lo primero que hicimos fue entrar al invernadero. Un sitio rodeado de plástico y un vidrio especial que permite unas condiciones particulares en el cuidado de las plantas y semillas que ahí yacen, además de que el plástico también evita que entren las iguanas a comerse tan valiosas semillas de plantas autóctonas del mundo entero, que enriquecen la colección viva que allí yace, entre esas está el BAO BAD de Madagascar, las acacias y  el jardín evolutivo de los musgos que nos muestra su historia a través de millones de años. Me quedé exhorto al contemplar esos portentos de la naturaleza en forma de semillas traídas desde distintas partes del mundo y que tenemos aquí tan cerca, aquí tan a la mano, aquí a pocos kilómetros de la ciudad.

Nos fuimos luego a otra parte del Jardín donde conocí los pequeños árboles que están en vía de extinción, árboles que en cualquier momento pueden desaparecer de la faz de la tierra, pero que aquí se conservan con impecable celo y estricto control; árboles y plantas que, por no ser comerciales, nadie siembra; de esos, el que más me llamó la atención fue el ébano, el hermoso árbol que inspiró al poeta a decirle a su musa que en un universo negro como el ébano más puro voy a construir de blanco nuestro amor para el futuro. Necesitamos esos árboles inspiradores, requerimos ese celo por la naturaleza, esa preocupación real por el ambiente para no permitir que cada día más el cemento nos ahogue.

Conocí también el Helecho Arborio y la planta llamada ‘Carroñera’, traída de Sumatra, poseedora de la flor más grande del mundo; es la única en Colombia y la atracción de los turistas que visitan el Jardín.

Entre maravilla y maravilla el director me invitó a adentrarme en el Jardín, pero que lo hiciera solo. “¿Y si me pierdo?”, le reviré con aire inocente. “Pues mejor” – dijo él- “lo más agradable del jardín es perderse”.

Sin pensarlo más, me adentré en el Jardín Botánico; en efecto: me perdí; en efecto: fue agradable, pues me perdí en esa construcción ambiental en forma de número ocho; me perdí como se perdió Mario Benedetti cuando en medio del Botánico de Montevideo compuso su prosa a la selva, precisamente llamada ‘Jardín Botánico’; me perdí en la decisión firme de proponerme crear conciencia en los dirigentes de la ciudad para volver a nuestras raíces, a salvar a la naturaleza (es ella quien nos salva a nosotros), a no dejar perder bellezas como el arbolado de la perimetral; me perdí en medio de un viaje interno que en realidad era externo en franca conexión con la verde hermosura que me rodeaba, con los manantiales que atravesaban la tierra, con las hormigas que arrancaban hojas para irse de camino, con el mamey que recogí del suelo y me comí a placer, con una poesía al natural llamada ‘Jardín Botánico’.

Y heme aquí escribiendo, heme aquí construyendo unas líneas al natural invocando la Academia, las redes y los contactos para hacer desde ya el grupo ‘Amigos del Jardín Botánico’. Volvamos al Jardín, como lo hicimos en el bachillerato. Querido docente, lleva a tu alumno al jardín, es tu deber, es tu naturaleza. Estudiante, presta tu servicio al jardín, pues requieren muchos voluntarios para tan titánica y celeste labor. Padre y madre de familia, lleva a tu hijo al jardín. Amigo, piérdete en el Jardín, deja que la naturaleza te encuentre. Poeta, lleva tu alma al Jardín, que no hallarás musa más sublime que la que inspira la naturaleza en un confuso juego de ‘interno – externo’ con el beneficio a la máxima potencia para el alma y su devenir… Amigos, nos vemos en el Jardín.

* Abogado e ingeniero de sistemas

Twitter: @IvanSanes

 

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