Los ismos de la corrupción

Por Carlos Ardila González *

(Archivo – 17 de Enero de 2004)

De acuerdo con entendidos en la materia, el nepotismo, el favoritismo, el sectarismo, el burocratismo, el clientelismo y el amiguismo son las actitudes de los servidores públicos, particularmente de quienes detentan el poder en el Ejecutivo, que más propician la corrupción, la cual, a su vez, es la madre de todos los males que aquejan al Estado.

Y es que cada una de dichas cualidades tiene su propia y particular característica, pero todas coinciden en cuanto a su impacto negativo sobre los principios rectores de la Administración Pública, y por ende en lo que toca al establecimiento de un clima favorable al desgreño, el soborno, la desvergüenza y la deshonestidad.

Cabe recordar que el nepotismo es el abuso que un servidor del Estado hace del poder a favor de su familia; que el favoritismo es la parcialidad del que atiende al favor antes que al mérito o la equidad; que el sectarismo es la intolerancia del que favorece injustificadamente a su grupo o partido; que el burocratismo es el predominio de la burocracia en las actividades públicas; que el clientelismo es la protección con que los mandatarios patrocinan a sus conmilitones y más obsecuentes seguidores; y que el amiguismo es la tendencia a conceder cargos o contratos a amigos, en perjuicio -en todos los casos – de personas con mejor currículum y, en consecuencia, mayores méritos.

Cuando se imponen tales ismos, principalmente al inicio de las diferentes administraciones, el ciudadano del común suele sorprenderse con la designación de exfuncionarios de ingrata recordación, cuyas erráticas actuaciones (cuando no venales) le representaron al erario cuantiosísimas pérdidas, en cargos donde volverán a manejar recursos oficiales, recordando aquello del ratón cuidando el queso.

O de profesionales de determinadas áreas, en dependencias tradicional y lógicamente asignadas a expertos en temas muy distintos (los específicos para caso), para lo cual, mañosa y sigilosamente, se modifica previamente el Manuel de Funciones y Requisitos de la respectiva entidad. O de individuos que reconocen haber participado en negocios pocos ortodoxos y, en ocasiones, abiertamente ilegales, pero que justifican su actuación con el argumento de que, para la época, “ellos no eran quienes tomaban las decisiones”. O de ciudadanos cuyo único mérito es ser hijo (o compadre, o muy amigo) de un influyente dirigente político.

Por lo que se ve, muchos mandatarios piensan que el concepto de gobernabilidad está únicamente ligado a la complacencia con quienes fueron sus patrocinadores de campaña (y por ello el nepotismo, el favoritismo, el sectarismo, el burocratismo, el clientelismo y el amiguismo con que afinan sus decisiones laborales y contractuales), olvidando que otro de los puntales esenciales del tan buscado consenso para el manejo gubernamental es la opinión pública, y esta es sensiblemente adversa a los manejos que violenten la Justicia o contradigan los principios y valores, ya que, indefectiblemente, los mismos afectan los intereses colectivos a favor de los meramente particulares.

Qué lástima que algunos dirigentes a quienes les es asignada una cuota burocrática, o una partija contractual, en virtud de los inevitables y entendibles acuerdos políticos, por lo que se observa en demasiadas ocasiones, no cuenten con amigos con la experiencia, las actitudes, la preparación académica y el reconocimiento ciudadano que se requiere para acceder a determinadas posiciones. O para desarrollar un proyecto cualquiera.

O más grave aún: que para algunas administraciones, y por ende para el ejercicio de lo público, se constituya en práctica común designar en importantes cargos a individuos cuyos solos nombres y apellidos causan urticaria entre la ciudadanía, y no precisamente porque sus antecedentes personales y profesionales los muestren como los más honestos y capaces.

Como diría en voz alta un connotado veedor: es lamentable que ciertos gobernantes designen entre sus colaboradores a personas a quienes, con seguridad, jamás nombrarían en sus negocios particulares.

  • Director de Revista Metro

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