Nieve en Santiago

Por Rodolfo Díaz Wright *

Los inviernos de Santiago de Chile son secos. La nieve puede verse rotunda a la distancia, en la imponente cadena montañosa que por el oriente rodea la ciudad y la acorrala contra el Océano Pacífico, y los tremendos fríos invernales son tan solo acompañados por unos serenitos pendejos, que los santiaguinos se llenan la boca llamándolos lluvia.

Hay días en que una densa capa de niebla desciende sobre la ciudad y entonces las autoridades actúan, ante la inminente emergencia ambiental: se prohíbe el tráfico de un importante número de vehículos, especialmente los antiguos, se verifica que no hayan chimeneas de leña o carbón en industrias y hogares y lo peor de todo, no se pueden hacer asados, en los millones de asadores a carbón, en los que los chilenos disfrutan durante los fríos días, de sus deliciosas carnes, regadas con sus espectaculares vinos, de cuya calidad puedo dar fe sin ruborizarme.

Así que ante el anuncio de una nevada, toda la ciudad se prepara para disfrutarla al mejor estilo nórdico. Nos despertamos a las 3 de la madrugada para comprobar que los pronosticadores chilenos del tiempo son tan buenos como los del hemisferio norte, porque, efectivamente a la hora exacta comenzó el espectáculo y, tengo que admitirlo, por un instante me invadió la extraña sensación de no saber en dónde estaba y hasta pude entender la pretensión, celosamente guardada por los chilenos, de ser un país europeo.

Al amanecer, con las primeras luces, los niños, con espíritu festivo, se disfrazaron de esquimales y comenzaron el simulacro de vivir un día de nevada en regla, al igual que en las ciudades veteranas del norte, en donde el fenómeno es normal. En realidad todo era una ficción: la nieve era una especie de raspao sin almíbar y sin leche condensada, que no permitía amasar las inofensivas bolas y los ‘muñecos’ liliputienses, que algunos lograban armar, se desbarataban antes de que les pudieran poner la tradicional nariz de zanahoria.

En lo mejor de la diversión, en el lodazal de agua hielo, salió un sol bravo que en segundos vaporizó el hielo y acabó con el embeleco de ciudad europea en el medio de los Andes. Volvimos a ver a  ese Santiago querido, con sus parejas besándose apasionadamente, sus verdes eternos, sus vehículos silenciosos, sus chilenos sigilosos y taciturnos, todos fumadores, todos buena gente, moviéndose parsimoniosamente en medio del insuperable olor al marmoleado de sus carnes asadas, recuerdo indiscutido de uno de los mejores vivideros del mundo y de mi invierno inolvidable con mis nietos.

Un solo episodio de esa nevada fantástica me hizo recordar, a toda hora, mi origen pueblerino y mi destino nefasto de heraldo de la oscuridad: tan pronto comenzó la nevada de raspao sin almíbar, se produjo el apagón histórico de 50 horas en La Brabanzón, del que se aprovecharon, hasta los más serios, para echarme las culpas. Me defendí argumentándole a los chilenos que esas cosas pasan hasta en las mejores familias.

* Ingeniero Químico, abogado especialista en Alta Gerencia, Derecho Público y Ciencias Penales y Criminológicas y máster en Derecho Penal Internacional.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Social media & sharing icons powered by UltimatelySocial