La confianza perdida

danilo-contrerasPor Danilo Contreras Guzmán *

Hurgando en mi modesta biblioteca para hallar una lectura diferente a las desalentadoras noticias, encontré un librito especialmente breve (mis preferidos) y de título apacible: “El arte de conocerse a sí mismo”. El autor, que contrario al título del libro es turbulento desde su nombre, es Arthur Schopenhauer. Se trata de una especie de cuaderno íntimo donde el filósofo acumuló a través de los años ideas y meditaciones.

La introducción, de autoría de otro filósofo, guarda una frase que llamó mi atención: “La filosofía NO es para Schopenhauer una mera elaboración de teorías, sino asimismo la adopción de decisiones vitales y de una determinada concepción de la vida”. No pude evitar que viniera a mi mente el talante de ciertos funcionarios que prescinden de esa tontería que es filosofar y denuncian su inutilidad para la juventud.

En realidad el objeto de esta nota es más prosaico, pero la alusión al libro me sirve para reseñar que Schopenhauer confiesa su temor a los hombres diciendo: “Demóstenes tiene razón cuando dice que terraplenes y murallas son una buena defensa pero que la mejor buena defensa es la desconfianza”. Eso está bien para un pensador, pero no para un gobernante que tiene compromisos prácticos con la sociedad que lidera.

La constitución prevé en un escondido artículo que “Las actuaciones de los particulares y de las autoridades públicas deberán ceñirse a los postulados de la buena fe, la cual se presumirá”. Este es un principio poderoso sin el cual la vida social sería imposible.

Si NO presumimos la buena fe ajena, es impracticable lo cotidiano. Cruzar una calle por la cebra será un obstáculo infranqueable ante el temor invencible de ser arrollado. Como presumimos la buena fe, cruzamos con tranquilidad en la convicción de que se nos respetará el paso.

Pero la confianza social se ve golpeada con instituciones débiles y permeadas por corrupción. Un ejemplo de esto es lo ocurrido con el edificio caído en Blas de Lezo. Debe ser una tragedia la vida de las familias que compraron apartamentos en edificaciones cuestionadas conforme lo denunciado por Planeación Distrital. El crujir o la hendidura de una pared les puede producir pánico. Además es un hecho notorio que el sector de la construcción, uno de los más dinámicos de la economía local, se ha resentido gravemente.

El gobierno anuncia que las construcciones irregulares serán demolidas. Lo dudo. No por falta de voluntad, sino por física incapacidad institucional. Mientras tanto el pánico cunde entre constructores legales a quienes se les han dificultado empréstitos, trámites, licencias y sufren trabas burocráticas que no pasan de ser una reacción pasajera a la tragedia.

Creo que el primer deber del gobierno es mantener un diálogo transparente y permanente con los actores del sector para restaurar la confianza perdida, concertar salidas y emprender una reforma institucional que blinde contra la politiquería ciertos cargos. Lástima que ante estos retos el Concejo guarde silencio.

* Abogado especialista en Derecho Administrativo y candidato a Maestría en Derecho con énfasis en Derecho Público.

 

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