La burbuja ideológica (de cómo Facebook nos manipula)

Por Juan Diego Perdomo Alaba *

Nuestro muro de Facebook decide qué leemos de acuerdo a nuestros intereses y preferencias ideológicas manteniéndonos aislados de versiones que desafían nuestras propias ideas. Es por eso que cuando algún zutano de izquierda hace en su cuenta un sondeo entre Petro y Uribe, gana el primero con un 99.9% así en la realidad la mitad más uno del electorado colombiano se incline por el segundo.

Los algoritmos de Facebook son una especie de agentes digitales que se encargan de identificar lo que nos gusta para ofrecernos una visión de mundo afín a nuestras ideas, gustos y preferencias para hacer que lo engullamos y repliquemos. No nos muestra otra cosa distinta porque sabe que la rechazamos y no lo vamos a consumir. La idea es reducir la diversidad ideológica de los usuarios con un perverso fin comercial, pues así les llenamos los bolsillos a Zuckerberg y sus amigos de Internet, porque toda esa ‘big data’ que extraen de nuestras redes es puro marketing hipersegmentado para publicidad dirigida. ¿Chévere, verdad?

Pero regresemos a lo urgente. Un nativo digital X con tendencias políticas de ultraderecha visita y comparte contenidos de El Nodo, un portal afín al uribismo, porque aunque sabe de antemano con qué se va a encontrar, le resulta atractiva su manera de presentar la realidad y acepta su visión subjetiva de mostrarla. Se ajusta a sus intereses e ideas. Se siente cómodo. Sin embargo, estar en esa burbuja nos impide ver otras cosmovisiones, otras formas de pensamiento.

De ahí las ‘noticias falsas’ y la ‘posverdad’, que no es tanto una mentira viral sino una afirmación cuya verdad o falsedad no le interesan al que quiere creerla.

Al ser la opinión hoy más trascendental que los hechos objetivos, si por ejemplo hay una publicación donde se diga que el hijo del presidente, Martín Santos, agredió a una indefensa mesera que al verlo musitó estar asqueada del gobierno de su padre, no importa su veracidad ya que un sector tiene la voluntad de creerlo contra toda evidencia porque interpreta y refuerza sus emociones y creencias. La intriga, pues, se hace viral hasta cumplir su cometido: crear un falsa realidad o realidad paralela, atizar el fuego de la emoción colectiva y soltar las amarras del odio: polarizar.

En síntesis, estamos predispuestos a creer todo lo que confirme nuestra visión de las cosas, lo bueno que se diga de lo que nos gusta y lo malo de aquello que rechazamos, sea cierto o no. Ahí la razón de cuando a veces reclamamos indignados: ¡Hey, perencejo, ¿por qué defiendes lo indefendible?!

Por eso debemos romper las cámaras de resonancia ideológica, salir de la burbuja. Huir del espejo de la unanimidad. Lo logramos leyendo otras posiciones, tomando en cuenta otras ideas. Es sano zambullirnos de vez en cuando en ese mar de la diversidad de conceptos y opiniones, revisando eso sí -rigurosa, responsable y cuidadosamente -, otros contenidos, porque, ojo: una cosa es decir que Daniel Samper es un abusador de menores, lo cual es falso si no hay pruebas, y otra muy distinta pensar u opinar que es un abusador del cliché, la socarronería ramplona y el chiste fácil. Una cosa es la mentira y otra es pensar distinto, la primera sólo tiene dos opciones, creerla o cuestionarla, blanco o negro; en la segunda se construye a partir de la diferencia. Existen los matices.

* Comunicador Social – Periodista de la Universidad de Cartagena

 

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