Dos amigos

danilo-contrerasPor Danilo Contreras Guzmán *

El negrito tiene un apellido complicado. No es un apellido de la plaza. Él me dice que su abuelo era yumeca (jamaiquino). Tiene cuatro pelaos y un nieto, pero difícilmente está arribando a los cuarenta. Uno de sus muchachos quiere seguir estudiando. Tal vez el mayor. Papi, ayúdame, le dice. Pero el negrito apenas hace el día. Bueno, no siempre. No son pocas las jornadas en que la vaina se pone delgadita y el negrito y sus negritos la pasan en blanco.

El negrito es un tipo gentil y mi vecino. Terminó el bachillerato y le gusta leer. Le aprecio. Es marañero. Hace lo que salga, pero nada torcido a pesar de que el hambre amenaza como una mala hora persistente.

Paradójicamente tengo otro amigo. Es blanco. También le tengo aprecio pues me parece buen tipo. Gentil también. Su apellido es prestante y reconocido por cuenta de sucesivas generaciones de profesionales y empresarios. No le veo tanto como a mi vecino yumeca, pero sé que está por allí. Las redes sociales ayudan.

Sin embargo mi amigo blanco no cree que existan personas que estén tan amenazadas por el hambre como el negrito y los suyos. Yo creo que mi amigo blanco no ha sentido jamás ese ardor en la boca del estómago vacío y esa rabia indescriptible contra nadie en particular, pero que en todo caso se siente contra alguien (o muchos) que debe ser culpable de la injusticia del hambre que se padece. Lo más cerca del hambre que se ha sentido mi amigo de estrato alto es la ausencia de un bocadillo en medio de las tres ‘balas’ puntuales de que ha disfrutado a diario. Sin falta desde su nacimiento.

Sin embargo mi amigo que no es malo; tiene otra perspectiva de la vida, simplemente, e idealiza el hambre que otros pueden llegar a padecer, quizás pensando que el hambre es una excepción. El otro día me escribió a propósito del tema: “Mientras más vacío está el vientre del hombre, se llena más de luz su corazón”. Bella frase. Espiritual, quizás. Pero las estadísticas y la biología siempre suelen golpear la versatilidad de los poetas y los inefables.

Yo no dudo que los sectores sociales que han gozado por tradición o ‘viveza’ de una situación de privilegio en Cartagena ignoran que los negritos como mi amigo de Lo Amador se multiplican por cientos de miles y que sus esperanzas por salir de la esclavitud de la pobreza son solo quimeras. Sin embargo, los humildes son nobles y llegan a votar por los canallas que después les desprecian.

El negrito y mi amigo blanco del norte de la ciudad no se conocen pero espero presentarlos un día, a ver si es posible que sepan más el uno del otro y pueda nacer entre ellos un diálogo y una visión nueva que salve esta patria chiquita y entrañable que es de ambos y mía, y que entiendan que todos tienen derecho a vivir. No solo a sobrevivir.

* Abogado especialista en Derecho Administrativo y candidato a Maestría en Derecho con énfasis en Derecho Público.

 

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