¡Yo sí quería referendo!

Por Anthony Sampayo Molina *

Una frase repetida hasta la saciedad durante el debate llevado a cabo en la Cámara de Representantes y que fue utilizada tanto por aquellos que estaban a favor como en contra de la convocatoria a un referendo era: “aquí lo primordial son los derechos de los niños”. Este argumento, caballito de batalla para ambos bandos, se percibió, de parte de quienes se oponían a realizar la consulta al pueblo, más como una forma de dramatizar sus argumentos que como un fundamento real sobre el cual surgía su posición.

Hay que partir de una premisa: lo que se debatía no era si se aprobaba o no la adopción de niños por parte de parejas del mismo sexo o personas solteras; lo que debía decidir el Congreso era si accedían a preguntarle o no el tema al pueblo, luego que este mismo, a través de dos millones trecientas mil firmas, pidiera ser escuchado. El pueblo soberano, constituyente primario, el pueblo que los puso allí donde están, que paga su sueldo y al que deben rendir cuentas. Como todos sabemos, lo que se decidió en esta democracia representativa modelo, en el seno de una desprestigiada corporación que desde hace rato no representa la sociedad ante los índices de favorabilidad más bajo de su historia, fue que “en nombre del pueblo, el pueblo no debe decidir”.

Los argumentos del representante Pinto, ponente de la proposición, fueron de los más centrados y coherentes con la naturaleza del debate; los mismos giraron en torno a la soberanía popular y al derecho innegable que tiene el pueblo de decidir sobre aquellos aspectos que de forma medular incidan en su desarrollo social. Por esta razón, aquellos argumentos en pro o en contra de la adopción en la forma planteada por los proponentes, debían ser expuestos no en el debate en el Congreso sino en el seno de la sociedad, la cual, una vez analizada una y otra posición, entraría a decidir.

Se decía en el debate que el referendo resultaba discriminatorio para la comunidad LGBTI porque les impedía adoptar niños. Pues bien, es importante aquí resaltar que soy un absoluto y total defensor de las conquistas que esta población ha ido obteniendo en el país, así como de la especial protección recibida por parte de las autoridades, sin embargo, para este caso en particular toca tomar distancia por una razón fundamental y es que no se puede tomar a otro ser humano y mucho menos si se trata de un niño, como un trofeo, similar a un acta de matrimonio al reconocerse el derecho a casarse, como símbolo de la conquista de un derecho civil, más aún cuando dicho derecho civil no existe, porque recordemos que no existe tal cosa como el derecho a adoptar. La adopción no es más que un procedimiento legal encaminado a resarcir a unos niños derechos que han perdido, por eso es que el debate se debe centrar en los menores y no en el deseo de unos adultos.

Igualmente emerge como un contrasentido que digan que al negar la convocatoria al referendo se está pensando principalmente en los niños, cuando al mismo tiempo no están consultando la opinión de la sociedad a la cual van a ser arrojados una vez sean adoptados. Y viene a ser esta la razón fundamental por la que yo sí quería un referendo. A excepción de unos pocos desadaptados, ya nadie puede realmente pensar que las mujeres constituyen un ser inferior, que la raza es algo determinante para la valoración del individuo y somos testigos de cómo se convierte en una situación cada vez más común ver homosexuales que no ocultan sus preferencias, sin que esa condición particular genere algún tipo de incomodidad o rechazo de parte de heterosexuales. Sin embargo, a este punto se ha llegado a través de un proceso de evolución social, un proceso difícil en que los protagonistas han debido enfrentar dificultades y pelear batallas que poco a poco generaron frutos, pero a costa, en muchos casos, hasta de la pérdida de vidas.

Así las cosas, ¿resulta realmente justo involucrar a unos niños en esta nueva batalla? ¿No sería más lógico esperar que la sociedad avance un poco más, que aquel reconocimiento social igualitario crezca antes de convertir en víctimas pasivas de dicha lucha a unos niños? ¿Realmente esa decisión han de tomarla nueve magistrados en nombre de toda una sociedad? Colombia siempre ha pecado del síndrome del ‘machete’ o, como se conoce en el interior del país, de ‘la copialina’, creyendo y asumiendo que, porque en naciones más avanzados las cosas funcionan de tal o cual manera, toca importarlas inmediatamente sin tomarse el trabajo de analizar nuestro contexto. Que en ciertos países ‘del primer mundo’ la adopción bajo esas condiciones sí funciona…, ¡pues felicitaciones!, pero muchos de nuestros niños no van a vivir allá, van a vivir acá y van a ser los prejuicios y las dificultades de aquí las que van a tener que enfrentar.

Si los opositores del referendo no querían la realización del mismo por tener la plena seguridad de que lo iban a perder, pues más egoísta y egocéntrica resulta la decisión de hacerle el quite a la consulta, lo que demostraría que en realidad no se está pensando en el derecho de los niños sino que se les está viendo como una herramienta cuyo fin es buscar, a la fuerza, el reconocimiento social de una comunidad determinada.

No es estar en contra o favor de la adopción ni se trata de discriminar a una comunidad; se trata de que a través de un mecanismo de participación ciudadana debe poder demostrarse si es o no el momento y si la sociedad está ya preparada para acoger bajo ciertas condiciones particulares a inocentes niños, cuya decisión u opinión no es consultada, pero que indefectiblemente han de afrontar unas consecuencias.

Por eso, reitero, yo sí quería un referendo.

* Abogado Especialista en Derecho Penal y Criminología

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