La chica del tranvía

danilo-contrerasPor Danilo Contreras Guzmán *

Creo, prescindiendo de toda estadística, que el amor romántico es cada vez menos probable, considerando que el consumismo, las redes virtuales y el pragmatismo juegan en contra. No hay tiempo ahora para tonterías (o quizás lo contrario). Este es, seguramente, un prejuicio auspiciado por los años y el abandono en que nos dejan las emociones que hemos desgastado.

Pero, revisando los diarios encontré la curiosa historia de un joven español que en paradójica combinación, publicó en Instagram y carteles pegados en las farolas de su ciudad, Murcia, una carta dirigida a la mujer que atrapó su atención mientras ambos, cada uno por su lado, se transportaban en el tranvía que los regresaría a casa luego de una noche de festejos populares. El joven quiere verla otra vez, contar con una oportunidad. En este desespero amoroso radica el fracaso de la hipótesis de la introducción, en buena hora.

No me detengo en notas de este tipo, pero advierto un rasgo de literatura en los hechos del relato. Es probable que el abnegado número de mis lectores se reduzca por cuenta de la temeridad que significa que un lego en artes deduzca poesía del episodio aludido, a lo que se suma la brusquedad de mis letras; sin embargo, no he podido evitar la osadía.

Sergio, el héroe romántico, narra que sin pensarlo posó su mirada en la hermosa pasajera que describe sin ofrecer detalles distintos a la naturaleza de su cabellera, edad y vestido. El hombre adivinó en la soledad de la joven una tristeza indefinida y se creyó, de inmediato, en capacidad de cambiar aquella aflicción por una alegría. No dudó que podía ser su salvador. El enamorado es hiperbólico y a menudo cae en el ridículo.

Nada expresó Sergio a la mujer que colmó su atención. Guardo silencio, como absorto. En la carta confiesa su cobardía que tal vez no tendrá reivindicación.

El drama no podía prescindir de la política, pues ocurre que la misiva causó un revuelo inopinado puesto que algunas damas la han considerado un acoso indecente, que ofende no solo a la chica del tranvía, sino al género femenino universal. Con razón Nancy Fraser afirma que la lucha por el reconocimiento se ha convertido en el paradigma del conflicto político. Sergio ha sido el chivo expiatorio. Vaya que un texto puede leerse de infinitos modos.

Intuí que Borges me ofrecería razones para redimir al enamorado. No me equivoqué. El argentino me condujo hasta el Dante, quien siglos antes amó sin suceso a Beatriz. “Que la lengua temblando queda muda/ y la vista mirarla apenas osa/ Ella se va benigna y humillosa”, expresan ciertos versos del Dante que parecen los mismos que declara Sergio a su extraviada enamorada.

El mismo Borges narra su amor desesperanzado por otra Beatriz: “…en una desesperación de ternura me aproximé al retrato y le dije: Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges…”.

Sergio, el Dante y Borges comparten entonces, como tantos, la congoja sin esperanzas del desamor.

* Abogado especialista en Derecho Administrativo y candidato a Maestría en Derecho con énfasis en Derecho Público.

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