Populismo, el verdadero enemigo

Por Anthony Sampayo Molina *

Aquella bipolaridad ideológica entre izquierda y derecha a la que el mundo político ha estado acostumbrado halló curiosamente en el populismo un punto de convergencia, un arma común que deja entrever que en muchas ocasiones las diferencias entre aquellas son más de forma que de fondo, un amigo mutuo que los une disimuladamente mientras los incautos desenfundan sus espadas en procura de que su ideología alcance la victoria. Todo aquello tiene lugar sin que muchos puedan percatarse de que uno u otro discurso es usado simplemente por algunos como otra aberrante forma de engaño, cuyo propósito final, en ambos casos, resulta ser el mismo: alcanzar el poder solo para satisfacer una avaricia sin límites y alimentar aún más un egocentrismo vacío que impide ayudar al pueblo cuyo poder detentan por resultar totalmente incompatible con sus verdaderos propósitos.

Aunque es indiscutible que el populismo siempre ha existido, en nuestros tiempos dicha práctica ha adquirido una fortaleza descomunal, ayudada principalmente por las redes sociales que son capaces de convertir en viral cualquier idea por vacía o absurda que sea. Esa facilidad en la difusión ha generado una competencia que ha trivializado la esencia de las ideas, obligando a que muchos, en un afán por mantenerse vigentes, solo con la intención de figurar mediáticamente, apoyen y promuevan cualquier posición que sea popular en el momento. Es el nuevo populismo: espiar las redes sociales para adaptar a ellas un discurso, olvidando en el caso de muchos políticos que ellos no están para seguir la corriente sino para guiar las aguas por el canal que garantice un verdadero desarrollo.

En este orden de ideas, el arma más letal contra el populismo resulta ser la educación, el pensamiento crítico, la filosofía que, según algunos, no sirve para nada; pero desafortunadamente, esos antídotos contra el populista fueron infectados mortalmente con un peligroso virus, y ahora se han convertido en unos simples conceptos obligados para adornar discursos pero rezagando al momento de hacerlos efectivos. Compatible con lo anterior, encontramos líderes que piensan que es más importante entregar subsidios que educar, estrategia que resulta lógica en la medida en que mientras el primero garantiza una dependencia parásita, la segunda presagia un ciudadano más exigente.

Obsérvese como la plaga populista requiere, además de la pobreza, un ambiente provisto de ignorancia que garantice su paso desapercibido o su protección a ultranza. La responsabilidad de la clase media en la política y en la difusión de ideas resulta absolutamente trascendental pero, contrario a ello, este sector de la población, que afortunadamente ha contado con más medios para combatirlo, ha mostrado un estado de indiferencia y conformismo que solo es capaz de reaccionar con compromiso y conciencia colectiva cuando ya es demasiado tarde para ello. Pero mientras este despertar tiene lugar permiten que la gran masa olvidada, pisoteada y fácilmente manejada, conformada por los grandes círculos de pobreza, determinen el futuro de toda una sociedad a través del direccionamiento e instrumentalización por parte de unos cuantos ricos, explotadores de las necesidades humanas y cuyo único interés es el de mantener un status quo que les garantice o eleve su estilo de vida.

Un ciudadano educado no acepta o rechaza una idea simplemente por haber recibido instrucciones de hacerlo o porque un cómico u original meme que circula en la red así se lo dicta; entre más arraigada se vuelva la idea de que “el buen político es aquel que nos dice lo que queremos escuchar”, más fiascos y decepciones estamos garantizando padecer. Y todo lo contrario: más confianza debe generar aquel dirigente que, a pesar de lo impopular que pueda resultar su idea, insiste en ella, la explica y lucha por ejecutarla. No siempre la opinión de las multitudes resulta ser la más conveniente; por el contrario, esa idea popular puede llevar consigo una garantía de fracaso. He ahí lo importante de una buena elección, una decisión fundamentada, estudiada, no basada simplemente en la simpatía que nos genere el candidato sino en lo aterrizado de sus propuestas.

Vea, pues, cómo el gran enemigo de esta sociedad es el populismo, el cual -como dijimos – no hace distinción entre derecha o izquierda y que, contrario a lo que muchos piensan, no es exclusivo de políticos; es también de periodistas, empresarios o gente del común, los cuales pretenden y necesitan ciudadanos de buena fe que se adhieran a sus propuestas maquiavélicas, mimetizadas tras una retórica hipócrita que resulta esencial sacar a la luz y, así, de una vez por todas, abandonar el círculo vicioso en el que hemos estado prisioneros.

* Abogado Especialista en Derecho Penal y Criminología

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