Por qué no marcho

diana-mtz2Por Diana Martínez Berrocal *

Estoy convencida de que la sociedad civil tiene que movilizarse y exigir una mejor calidad de sus políticos, rechazar de manera tajante cualquier forma de corrupción y alzar bien alto esa voz soberana para hacer respetar sus instituciones.

Pero la marcha del 1 de abril carece de legitimidad porque está inspirada en el discurso de odio de una fuerza política viciada por las mismas razones que marcha.  Es un duelo personal, es una lucha de poderes, de ambiciones, de venganza en la que nos quieren involucrar a todos con el sofisma de movilización ciudadana para tumbar el gobierno y recuperar ellos el monopolio de la corrupción.

Y precisamente la corrupción en este país empieza por esa capacidad que tiene la clase política de apropiarse del discurso anticorrupción, culpando a otros para dividir a la sociedad en el pueblo y el antipueblo, la paz o la guerra, la izquierda o la derecha, el Cristo o el anti-Cristo, los uribistas o los santistas. Y por supuesto que es efectivo; de ellos está llena la historia: Hitler, Stalin, Musolini, Chávez… todos utilizaron la manipulación ideológica para llegar al poder, recurrieron al populismo para presentarse como mesías, apelaron a las emociones para encantar al pueblo y, habiendo conseguido su objetivo, debilitaron las instituciones para convertirse en los más temibles dictadores.

Cortándole la cabeza a Santos no se cambia el sistema. Me pregunto: si la marcha es contra el gobierno corrupto de Santos, ¿será que tumbándolo del poder se acaba la corrupción? Eso es como botar el sofá donde viste a tu pareja siendo infiel para que no lo vuelva a hacer. El problema no es Santos, el problema no es Uribe, el problema es que nos han hecho creer que ellos son el problema para dividirnos en la discusión de quién es más corrupto y, así, mantenernos como espectadores de un partido de tenis sin darnos cuenta que la corrupción se nos ha metido hasta los tuétanos.

La mejor marcha que podemos hacer es marchar hacia las urnas con un sentido crítico, reflexivo, despojados de sectarismos y de ciegas pasiones. Despersonificando la política, asumiendo nuestra soberanía con responsabilidad, entendiendo que el poder es nuestro y somos nosotros quienes lo delegamos. Conscientes de que la mejor forma de acabar con la corrupción es con educación y cultura. No hay otra forma de salir de ese círculo vicioso. Si siempre elegimos a los mismos, siempre vamos obtener lo mismo.

Si hoy marcharemos contra Santos, ¿mañana contra quién?

* Abogada especialista en Derecho Público y en Sociología Política.

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