El sofoco de las afectaciones

juan-c-gossainPor Juan Carlos Gossaín Rognini *

El cambio de fechas en la celebración anual del Concurso Nacional de Belleza tuvo sus consecuencias. Sin un día cívico que permitiera a la mayoría de los cartageneros ausentarse de su trabajo y con un tibio respaldo institucional, se hizo evidente la disminución de personas que asistieron a los dos más tradicionales eventos del reinado.

En el desfile de flores por la avenida Santander, así como en el recorrido de balleneras por la Bahía de las Ánimas, las muchedumbres estuvieron reducidas. Ello no significó, sin embargo, que también miles de ciudadanos y visitantes de otras latitudes -nacionales e internacionales – se hicieran presentes y disfrutarán con mucha ánimo y alegría de este primer atípico episodio carnavalesco en el mes de marzo.

Sin duda todos los comienzos están llenos de expectante tensión, de estresantes y dramáticos momentos. No podía ser diferente entonces con un evento que después de ochenta años de perdurable asociación con las fiestas novembrinas, apareció de repente realizándose en el primer trimestre del año.

Cambio de fechas y disminución de asistentes significan que algo nuevo debe empezar a construirse para que el reinado y sus reinas queden otra vez agendados en la plantilla oficial de Cartagena como uno de los actos imperdibles.

Lo que no ha desaparecido siquiera un poco es el vitrinazo que la ciudad recibe desde los días precedentes y durante todo el concurso hasta su final. Ello lleva implícito aportes sustanciales a la economía local y muchos intangibles emocionales que son necesarios en medio de tanta convulsión política.

Dicho en forma simple: hay gentes de todas partes que disfrutan el reinado, que lo consumen en las páginas de los periódicos, en la radio y la televisión, así como otros tienen la maravillosa oportunidad de vivirlo a través de los desfiles, cócteles y fiestas que en el marco del evento se realizan.

Pero hay más: son días propicios para identificar en La Heroica a celebridades, empresarios e incluso a uno que otro político nuevo con poder regional, pavoneándose y revoleteando alrededor de las reinas, interactuando con modelos y personajes de la farándula o concurriendo como simples parroquianos a muchos de los apetecidos lugares que ofrece el mejor escenario natural de Colombia.

Y bueno, también como en cualquier actividad o evento, -sea en las Fiestas del Bambuco o en los Premios Grammy – , habrá quienes se sientan excluidos e incomodados. Imposible evitarlo.

No conozco de ningún tipo de evento deportivo, cultural, político o de cualquier categoría que no cargue consigo el lastre de los excluidos y de los incomodados. Las razones son innumerables, muchas de ellas justificadas y otras no. El único intento de comprensión posible para este tipo de situaciones va de la mano con asumir que algún día -en otro momento y otro lugar de la misma ciudad – los excluidos e incomodados terminan también convirtiéndose en excluyentes e incomodadores.

Siempre llega el turno de celebrar y disfrutar algo que a otros también afecta. Pensemos solamente, por citar ejemplos, en las cabalgatas, conciertos al aire libre, partidos de fútbol, carreras atléticas, saltos en clavado, más conciertos, festivales de la cerveza, fiestas de independencia, marchas y protestas, en las que ‘todos’ alguna vez hemos participado, para comprender de qué estoy hablando.

Altas dosis de tolerancia y una mínima comprensión del tipo de ciudad en que vivimos pueden también contribuir a despejarnos el sofoco de las afectaciones.

Hasta hoy hemos creido interpretar el rol de nuestra ciudad en un contexto de bullicio e informalidad, propio de aquellas que reciben diversidad y cantidad de gentes durante todos los meses del año y, con ellas, una variedad de actividades que las convocan.

Frente a las nuevas voces que reclaman y hasta se enfurecen con el perjuicio que, al decir de algunos, eventos masivos como el Concurso de Belleza causan, entre esos los cambios viales, el cierre de establecimientos de comercio y el uso de fuerza pública para respaldarlos, es pertinente que autoridades y ciudadanos empecemos a formular planteamientos definitorios de cuál es o debe ser la verdadera vocación de Cartagena y cuál el interés participativo de sus habitantes.

¿Queremos turistas e ilustres personalidades que nos visiten todo el año o deseamos mantenernos aislados disfrutando la comodidad de lo que tenemos en forma exclusiva? ¿Aceptamos que los grandes acontecimientos y la logística que requieren nos causen perturbaciones transitorias o nos negamos rotundamente a licenciar estas actividades?

Bien podría servir la ocasión para empezar a desvirtuar la trasnochada argumentación de quienes soportan sus premisas individuales en el válido derecho que la sociedad les ha otorgado para expresarse libremente, pero desconociendo que ese mismo derecho plantea límites -desde la otra cara de la moneda sobre los cuales no puede atravesarse la voluntad de las minorías.

Sin la legitimación de las mayorías, las democracias se vuelven anarquía. Sin la aceptación de los gustos y disfrutes de otros, la voluntad del pueblo es solo una virulenta e irracional provocación de odios.

Tolerancia y consenso no parecen ser el desayuno que hoy más se consume en Cartagena. Que si un evento es público o es privado, que si es para los cachacos o los ricos, que por qué en una fecha y no en otra, que socava las tradiciones históricas, que con tanta pobreza no se debería celebrar, que la inseguridad, que esto y que aquello, etc.

Y todo esto mientras en el costado nuestro, Barranquilla celebra sus carnavales con la complacencia de la ciudad entera. Allá no encontraremos jamás a nadie que diga que el carnaval los afecta.

Un par de preguntas me rondan mientras voy pensando cómo terminar esta nota.

¿Qué razones puede haber por las cuales desde afuera de Cartagena miran con tanto agrado el Concurso Nacional de la Belleza y existen otros tantos intereses en pugna buscando llevárselo para otro lugar de Colombia, mientras que desde sus mismas entrañas del Corralito de Piedra llegan disparos de los más calificados francotiradores?.

¿No será más bien que el Concurso de Belleza es el pretexto justificado para exteriorizar odios y heridas que no acaban de cerrarse, en una ciudad donde muchos surgen más destruyendo que construyendo? Ataco, luego existo.

Respetando a quienes no compartan mi posición, quiero hacer confesión declarándome en el bando de los que celebran a Cartagena como una ciudad abierta y polifuncional, dispuesta a soportar entre malabares las molestias pasajeras. Si, soy irremediablemente de aquellos que quieren más eventos y más gentes en nuestras calles sin importar que bloqueen las vías un par de horas.

Me gusta el bando de la independencia y las cabalgatas con cientos de caballos tacleteando al atardecer por el Centro Histórico; me gusta la música que suena con el ritmo que sea en los baluartes y fortines, me encanta ver gente asistiendo al estadio aunque no me gusta ver perder al Real Cartagena ni me gusten sus dueños.

Sueño con el regreso del beisbol profesional y el Festival de Música del Caribe.

No me gustan las filas ni los trancones en el Hay festival pero agradezco que esa fiesta de la palabra sea en mi ciudad, así como no me gustan todas las películas del Festival de Cine pero asisto al mayor número posible intentando encontrar una joya perdida.

Me gusta Getsemani con su plaza atiborrada, su cabildo y sus disfraces. Los parques con gente asistiendo a conciertos al aire libre también me gustan y por supuesto que me gusta el desfile de carrozas con los cadetes de la Armada acompañando a las mujeres más bellas de Colombia.

Fiel a mi estilo y mis principios, no son mis gustos los que pretendo que sean acogidos. Simplemente los declaro para demostrar que con ellos no hago daño si alguien no los comparte. A diferencia de los que odian, yo puedo convivir con las decisiones, las personas y los eventos que no me agradan.

A los que hayan llegado hasta el final de esta lectura, ojalá les guste tanto como a mí la Semana Santa en Cartagena, llena de gente. Pero, eso sí, sin tener la tentación de crucificarme.

* Exgobernador de Bolívar, fundador de la firma de consultoría pública ‘Diálogos Urbanos’ y candidato a Magister en Desarrollo y Cultura.

Otras columnas del mismo autor:

– Un escupitajo en la cara

– El comienzo de una era: Trump presidente

1 Comment

  1. Roberto dice:

    De acuerdo con usted, señor ex gobernador Juan Carlos Gossain, deberíamos defender a nuestra ciudad, el Concurso nacional de belleza es un patrimonio de la ciudad…muchas ciudades quisieran que este evento se desarrollara en ellas…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Social media & sharing icons powered by UltimatelySocial