50 años del torero que cayó del cielo

Luis Ríos, ‘El Pinturero’

Por Carlos Ardila González *

Apenas acababa de cumplir diez años cuando lo conocí, pero el recuerdo de ese encuentro, por lo que habría de ocurrir al día siguiente, quedaría grabado por siempre en mi memoria.

Sería el ciudadano español José Antonio Araquistain quien nos dijera que el jovencito que había llegado con él al edificio Vinieto, donde estábamos visitando a unas tías, era un torero de su país que 24 horas más tarde debía presentarse en el redondel de la Plaza de Toros de la Serrezuela, en el barrio San Diego.

Antonino, como preferían llamarle sus numerosos amigos, hizo que el joven torero saludara de mano a los presentes de todas las edades, e incluso que estampara sendos besos en las sonrosadas mejillas de mis recatadas tías y varias de sus vecinas, a quienes suplicó que no dejaran de asistir al espectáculo taurino.

“Será una faena inolvidable”, aseguró, entregándonos a todos pases de cortesía; ‘El Pinturero’, aquí donde lo ven, no solo es un gran torero sino además un valiente paracaidista, y justamente mañana -domingo 18 de diciembre de 1966 – saltará sobre La Serrezuela en paracaídas”.

Y fue, en efecto, una fecha inolvidable. Pero lo fue porque a Luis Ríos, que era el nombre de pila de ‘El Pinturero’, luego de lanzarse en un paracaídas de un pequeño avión desde una altura de 3.000 metros, una fuerte brisa lo empujó hacia el mar, frente al barrio El Cabrero, impidiéndole caer en el también llamado Circo Teatro, donde una muchedumbre de fanáticos esperaba verlo triunfar en medio de gritos de olés y sorbos de manzanilla.

Faltaban, según se supo horas después, pocos minutos para las cuatro de la tarde cuando ocurrió la tragedia.

Antonino Araquistain

Lo que luego habría de saberse es que ‘El Pinturero’, según informes del forense, luchó por mantenerse a flote, pero el paracaídas lo envolvió y falleció, al parecer, por asfixia. De acuerdo con testigos del hecho, el joven torero y paracaidista (el día de su muerte tenía escasos 21 años) fue rescatado en el mar por unos pescadores que lo condujeron rápidamente a la playa, donde un médico que alcanzó a llegar al lugar intentó en vano reanimarlo. De allí fue conducido al Hospital Santa Clara, donde fue confirmado su deceso.

Uno de los pescadores que lo rescató dijo a los medios de comunicación que, además del traje de luces azul y plata que portaba, “le brillaba como un bombillo de Navidad encendido una medallita de oro de la Virgen de la Macarena que llevaba en el pecho”.

En La Serrezuela, los aficionados, expectantes, no daban crédito a lo que los periodistas radiales informaban. Pero aún en medio del drama, el espectáculo debía continuar, y cuatro novillos de la ganadería de María Victoria Soto fueron magistralmente lidiados esa tarde por el diestro cartagenero Boris Díaz Granados. Aún recuerdo, como si fuera hoy, que el joven torero recibió de rodillas al primero de la tarde, y asimismo que clavó un par de banderillas a uno de los astados luego de haberlas partido en dos con sus propias manos.

El sepelio del torero – paracaidista

Se dijo al día siguiente de su fallecimiento que el cuerpo de Luis Ríos, ‘El Pinturero’, sería trasladado a Lugo, la amurallada ciudad española donde había nacido, pero el hecho es que el 21 de diciembre fue sepultado en el cementerio Santa Cruz de Manga, prácticamente a escondidas.

‘La muerte de El Pinturero’, de Enrique Grau

De acuerdo con lo que poco a poco fue conociéndose, al sepelio del fallecido diestro ibérico solo fue el columnista Édgar García Ochoa (en ese entonces del Diario de la Costa, hoy de El Heraldo de Barranquilla) “y unas pocas personas más, entre ellas Antonino Araquistain”, como nos informó recientemente un periodista retirado.

Según dicha fuente, quien pidió no ser citado, “en ese entonces sí había una verdadera afición por los toros, no como ahora que todo gira alrededor del lucro, pero el anuncio de la presentación de un torero – paracaidista no gustó en un sector de los entendidos, principalmente los miembros de la Peña Taurina de Cartagena, muchos de los cuales ese día no asistieron al espectáculo sino que se fueron a pasar la tarde en un club de la ciudad”.

García Ochoa habría de contar tiempo después que lo sucedido el 18 de diciembre de 1966 a ‘El Pinturero’ en Cartagena “fue una tragedia tanto en el ruedo como en los tendidos”, ya que “una vez traído el cadáver nadie quería hacerse cargo del funeral; todos los involucrados en la empresa sacaron el bulto; me fui en un taxi con Antonio (Araquistain) y lo enterramos en el cementerio de Manga”.

Dieciséis años más tarde: el 8 de febrero de 1982, por gestiones de la Cancillería española, los restos del malogrado torero fueron trasladados a su ciudad natal.

Los homenajes a ‘El Pinturero’

En Lugo, España, donde aún viven sus hermanos María Carmen y José Ríos, la municipalidad gallega bautizó una calle con el nombre del torero – paracaidista, como tributo a su memoria.

En Cartagena, Colombia, el homenaje al diestro desaparecido corrió por cuenta del pintor Enrique Grau, quien pintó sobre lienzo a ‘El Pinturero’, en su último salto a la eternidad, con dos querubines que lo guían hacia su destino final (ver cuadro).

Y también por cuenta del poeta nadaísta Gonzalo Arango, quien le compuso el poema ‘Réquiem para un ye-ye’, que posteriormente fue musicalizado por la cantante Eliana, de la misma corriente cultural (escuchar audio).

Cincuenta años después de que ‘El Pinturero’ cayera del cielo y fallara en su intento por capotear la muerte que lo sorprendió en Cartagena, yo también quise- a mi manera – rendirle un tributo al primer y único torero volador del mundo: fui al lugar donde aquel sábado 17 de diciembre de 1966 lo vi por única vez; llegué al lugar donde debió bajar a enfrentar “4 hermosos novillos toros”, como rezaban los carteles de la época; y luego estuve en la playa donde fue llevado tras ser rescatado del mar. Y en cada lugar deposité una flor en su memoria.
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* Director de Revista Metro

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