La fallida pedagogía para la paz puede salvar el planeta

henry-sarmiento2Por Henry Sarmiento Periñán *

Mucho se ha especulado acerca de por qué los colombianos decidieron votar NO el pasado 2 de octubre de 2016 en el plebiscito en el cual se consultó si se apoyaba o no el acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera. Algunos atribuyen la victoria del NO a fenómenos meteorológicos que impidieron parcialmente la asistencia de ciertas comunidades a las urnas; otros le endosan la culpa al abstencionismo, una vez más protagonista d eprimer orden; y algunos le endilgan la responsabilidad a maniobras engañosas y constreñimiento ideológico de los promotores de la opción ganadora.

Esfuerzos loables como el de la comunidad universitaria y organizaciones no gubernamentales, que se dieron a la tarea de realizar eventos donde se analizaran los acuerdos y se plantearan retos en el escenario de un posible posconflicto, no pueden olvidarse.

Lo innegable es que el gobierno nacional, empeñado en el noble esfuerzo de alcanzar la paz, descuidó un aspecto importante y decisivo para lograr el apoyo popular: la educación.

Puesto que es necesario fomentar una cultura de paz en Colombia y así construir nuevos modelos de resolución de conflictos, la cátedra de la paz, establecida por la Ley 1732 de 2014 y reglamentada por el Decreto 1038 de 2015, es obligatoria para instituciones tanto oficiales como privadas en los niveles de educación preescolar, básica y media; y las universidades la desarrollan en concordancia con sus programas académicos.

Aunque es un buen comienzo y se verán frutos a futuro, el alcance de esta estrategia pedagógica está limitado a las escuelas y universidades, dejando de lado a una mayoría adulta, en especial a quienes se encuentran en zonas rurales o marginadas de la ciudad, que participa en los procesos democráticos y toma de decisiones en el presente.

Mal hizo el gobierno nacional al suponer que, en poco más de un mes, el país que según la última encuesta de hábitos de lectura y consumo de libros lee un promedio de 1,6 libros al año, leería por completo las 297 páginas de un acuerdo final en el que abundan los tecnicismos, y se iría a las urnas a depositar un voto concienzudo, cuando lo que se debió implementar fue una iniciativa institucional seria que, más allá de las escuelas y las universidades, abriera espacios de socialización, debate, reflexión y construcción de paz en todas las comunidades del país, teniendo en cuenta sus particularidades pues, aunque suene ambicioso, era necesario después de 52 años de conflicto.

Esta es una lección que necesariamente debe aplicarse a la educación ambiental, que tradicionalmente se ha enfocado en las edades tempranas donde se forman los hábitos y ha dejado de lado a los adultos, que en últimas deciden qué se consume o no, y desde su posición pueden proponer soluciones para las problemáticas ambientales que los aquejan, beneficiando a sus comunidades e impulsando desde diversos sectores el mejoramiento de la calidad de vida.

* Estudiante de Derecho de la Universidad de Cartagena

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