Por Carlos Ardila González *

En poco más de un mes: el próximo domingo 2 de octubre, los colombianos decidiremos en las urnas si refrendamos los acuerdos suscritos en La Habana por los voceros de las delegaciones del Gobierno Nacional y de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia -Farc, poniendo fin a 52 años de confrontación armada, o si permitimos que nuevos gobiernos continúen explorando otras fórmulas para acallar los fusiles de manera indefinida.

Y con el argumento de que el paso que habrá que dar es trascendental para el país, en esta ocasión, como en ninguna otra, distintos actores piden a gritos que todos los ciudadanos lean frase por frase el texto de lo convenido.

Una ciudadanía a la que jamás se le informó lo que se pactó en otros procesos, como el que se adelantó con los paramilitares, y que cada cuatro años vota por mandatarios nacionales, departamentales y municipales sin conocer a cabalidad sus programas de gobierno (¿sí será que todos leyeron las propuestas de Juan Manuel Santos y Óscar Iván Zuluaga antes de acudir a las urnas el 15 de junio de 2014), está siendo exhortada a leer, una a una, las 297 páginas suscritas por Humberto de la Calle, jefe del equipo negociador por parte del Gobierno, e Iván Márquez, jefe del equipo negociador por parte de las Farc, así como por los restantes integrantes de los dos equipos y los voceros de los países garantes.

Como si no fuera claro que lo que se va a decidir mediante un plebiscito es solo una de dos alternativas: o que las Farc dejen de existir y se conviertan en un grupo político; o que continúen en el monte echando balas hasta cuando una de las dos fuerzas en contienda venza a la otra, y para optar por una u otra opción se requiriera mucho análisis.

Como si no se supiera -además – que el acuerdo contempla el desarme de la guerrilla más antigua del continente, la reparación de las víctimas y su cabal compromiso de no continuar cometiendo delitos a cambio de un tratamiento especial, como ha sucedido varios países en los acuerdos de paz suscritos, y ello no fuera mejor, a pesar de la natural desconfianza que aún tienen millares de colombianos, que la alternativa contraria: dar argumentos a la Farc para que siga en el monte delinquiendo por varias décadas más.

Como si no se conociera que entre los acuerdos se encuentra -asimismo – el compromiso del Estado de impulsar un vasto programa de desarrollo rural y propiciar unas amplias reformas para que la democracia sea real y no formal, entre otros muchos, y aunque haya razones para las dudas y los recelos ello no fuera preferible a lo que hoy existe.

Como si, en fin, no fuera mejor “una paz imperfecta”, como tanto se ha dicho desde el instante en que se conocieron los primeros avances de las conversaciones de La Habana, que “una guerra perfecta”.

Y es que, definitivamente, me resisto a creer que los colombianos todos debamos leer las cerca de 10.100 líneas que conforman el documento, de la página 1 hasta la 297, para saber que es infinitamente mejor ver a Timochenko peleando una Ley en los salones del Congreso que en las montañas de nuestro país ordenando atentados.

O dicho a la inversa, no considero que sea necesario leer el texto del acuerdo para concluir que es mucho mejor enfrentarnos a las Farc con las armas de los discursos que pretender combatirlos con ametralladoras, fusiles y granadas.

Convencido de ello, desconfío entonces de los buenos propósitos de quienes dicen, insisten y reiteran que para tomar una decisión responsable hay que leer las 297 páginas del acuerdo.

Conociendo el talante de muchos de ellos -locales y nacionales, moros y cristianos – tengo razones para creer que se trata más de una estrategia para confundir incautos que de un deseo sincero de elevar el nivel del debate y procurar un electorado informado y un voto consciente. Sobre todo porque, por decenas de expresiones que se han escuchado en los últimos días, es evidente que pocos han leído lo acordado pero, sin embargo, ya han tomado partido por una de las dos opciones.

En términos generales, como ciudadano, creo que los análisis publicados en medios independientes y rigurosos, como La Silla Vacía, deberían bastar para que los lectores de este medio tomen una responsable decisión. Sin embargo, como periodista y sobre todo como director de un portal: Revista Metro, donde se promueve el debate público como una de sus líneas editoriales, consideré conveniente que leer y analizar el ‘Acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera’; y eso hice.

Hecho eso, me ratifico en el concepto de que no se requiere leer el extenso documento para saber si le conviene o no al país comenzar a transitar -¡al fin! – por los caminos de la paz, pero entiendo perfectamente a quienes deseen leerlo y analizarlo, sobre todo aquellos que posean la formación académica necesaria para comprender en su real dimensión y a profundidad los aspectos técnicos y jurídicos que contienen, entendibles -y admito aquí mi ignorancia – solo por abogados especialistas.

Pero ojalá lo hagan teniendo a un lado las declaraciones que sobre el contenido y los alcances del acuerdo han entregado a los medios de comunicación distintos actores tanto nacionales como locales. Sería la ocasión perfecta para que puedan apreciar, por sus propios medios, qué tantas verdades o mentiras le vienen diciendo al país.

Contexto:

– Nuestro aporte al debate

 

* Director de Revista Metro

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